10 de marzo de 2016
10.03.2016

de alemanes y pitos

10.03.2016 | 00:24

Hoy alemanes, que no es poco, y el domingo el Pizjuán. Casi nada. Y como vamos para bingo la próxima semana segunda ración de Bratwurst y partido ante el Barcelona. Como diría el niño del chiste de Eugenio, a este paso hará falta comprarse un tampax para dar abasto, porque debe de ser la leche: puedes ir en bicicleta, nadar, montar a caballo? y a lo mejor hasta aguantar toda esa tralla que se avecina. Ante tal panorama y con lo mucho que hay en juego, no parece este el mejor momento para perderse en caminos cruzados que no llevan a buen puerto. En gilipolleces, que es como se ha dicho toda la vida, para entendernos.

Ha habido que perder tan solo un partido en este 2016 para que se abriese una pequeña brecha en algo tan sagrado como es la relación entre equipo y grada cuando se quieren conseguir objetivos grandes. Incluso superiores a lo que cualquiera hubiera imaginado allá por el mes de agosto. Hasta para los que piensen que es justo pitar al equipo tras perder su primer partido en tres meses. Y dejo al margen la Copa del Rey, que con el tratamiento que se le ha dado esta temporada se la ha rebajado a la categoría de chupito de Urdangarín.

Una banal polémica, un sinsentido que no hubiese ido a mayores si Marcelino lo hubiese obviado como lo anecdótico que el caso requería. Tan poco sentido tiene que alguien devuelva al grupo en forma de pitos su agradecimiento por el esfuerzo realizado hasta la fecha como que el técnico eleve a noticia nacional lo que no pasó de un mero murmullo durante algunos minutos con algún pito suelto (entiéndase el mismo como la onomatopeya de la crítica en lo futbolístico y no la ligereza de cascos en lo sexual de alguno de los asistentes al Madrigal, aunque en temas de cintura para abajo, que cada falo aguante su vela).

Llegado a este punto uno trata de entenderlos a todos, aunque al final es imposible ser de derechas y de izquierdas, pese a que Albert Rivera piense lo contrario. Entiendo que Marcelino quiera un ambiente en el Madrigal como el que disfrutara en sus años de futbolista en Gijón. Y en cierto modo sería la leche para el equipo. Pero cada cual es cada cual y cambiar una forma de ser es poco menos que imposible. Gritar más no te convierte en mejor hinchada, pero empuja al equipo en ciertos momentos y de eso no cabe duda. Para bien o para mal el Villarreal no cuenta con uno de esos grupos de animación que habitúan en los estadios y que, al final, son los que mueven al resto. Esa es la diferencia y no otra. Lo tuvo en ciertos momentos y el ambiente fue otro, pero a cambio sucedieron demasiadas cosas que en el club no gustaron. Y la política al respecto es radical: un estadio familiar sin más banderas que las amarillas y sin violencia de ningún tipo. El día que se pueda conjugar, si es que es posible, lo uno y lo otro, todos saldrán ganando.

De la misma forma respeto a quien, pese a las victorias, no le guste a lo que juega el equipo este año. Tras tantos años vendiendo que el fútbol bien jugado es lo que veíamos aquí cada domingo, y que el resto nos podían ganar pero era el antifútbol, ahora es difícil que contemos lo contrario no sin cierta dosis de pudor.

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