15 de marzo de 2016
15.03.2016

La Liga

15.03.2016 | 01:03

El partido ante el Sevilla del domingo, además de estropearnos la digestión de la paella dominguera, merece una lectura algo más pausada que la ofrecida el lunes escrita a vuelaordenador. Tal vez el árbol no nos deje ver el bosque, y el partido, más el gol en propia puerta, más la manera de interpretar ese gol que significaba el empate para el Sevilla, tan distinta por parte de uno y otro equipo, más la derrota y lo que esta puede significar, dados los rivales que esperan a uno y otro, magnificando lo que en principio solo es un resultado adverso. En realidad el Vila-real debió conceder una mayor trascendencia al encuentro perdido en casa ante Las Palmas, porque como es bien sabido, a Sevilla y dado el historial frente a los hispalenses, se debió llegar con los deberes hechos. Lo pasado sin embargo pasado está y lo importante no es caerse sino saberse levantar. Una jugada desgraciada, todo y sus formidables consecuencias puede caerle a cualquiera. Lo peor es que llegara frente al Sevilla, allí, pero para las cuestas arriba quiero yo el burro, que las de abajo yo me las subo, dicho sea cuando hay que afrontar los choques más difíciles que esperan al submarino que, además, llegan a mogollón.

Este es un equipo fiable, que si fue capaz de eliminar de la Liga Europa al Nápoles, uno de los dos mejores equipos italianos y ganar por dos a cero al Bayer Leverkusen, abriéndose ampliamente la posibilidad de llegar a cuartos de final, debe creer en sus propias posibilidades ante cualquier rival. Con dificultades, muchas y grandes, los partidos ante los trasatlánticos están por jugar y quién sabe lo que puedan dar de sí. Lo fundamental es que el equipo crea en sus propias posibilidades, que no se vea vencido de antemano, que pelee y compita como ha venido demostrando que sabe y puede a lo largo de la temporada y que asuma el hecho de que el cuarto puesto de que disfruta no le ha caído del cielo. Nada de lo que ocurrió en Sevilla puede considerarse normal, ni el gol en propia puerta, ni que Areola y resto del sistema defensivo conceda cuatro goles en un solo partido, ni que la reacción a partir del empate resultara tan desgraciada.

Ya quisiera el Sevilla, ahora mismo, disponer de cinco puntos de diferencia a favor respecto del submarino, porque independientemente del partido del domingo el Vila-real ha demostrado ser mejor equipo que el del histrión Unai Emery, un entrenador por otra parte, con notables dotes a la hora de dirigir un grupo de futbolistas, con sus egos y su exagerada autoestima. Ni el Vila-real ha perdido todavía los complicados encuentros que se le avecinan, ni el Sevilla ha conseguido todavía ganar todos los matchs que le quedan por dilucidar. Todavía queda un buen tramo de Liga que pelear y será el sentido de la responsabilidad más la fe en las propias posibilidades quien dicte sentencia definitiva.

La temporada no acabó con la derrota en Sevilla y si bien los contrarios que le esperan al submarino ofrecen mayores dificultades que aquellos con los que los que los andaluces han de verse las caras, torres más altas cayeron. El Vila-real debe recordar los resultados obtenidos en la primera vuelta ante los grandes, creer más o menos ciegamente en sí mismos y actuar en consecuencia, porque pase lo que pase la temporada seguirá siendo para enmarcar. Es una oportunidad para alcanzar un puesto en Champions y está en su mano.

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