24 de marzo de 2016
24.03.2016

el pitero

23.03.2016 | 23:57

No hay deporte que viva tanto de la polémica arbitral como el fútbol. Aficionados, prensa en general, contertulios en particular, disfrutan/amos como gorrinos en charca cuando un árbitro se equivoca y decide el resultado de un partido con una u otra decisión. Cuando de por medio hay uno de los dos grandes, ni les cuento. En otros espectáculos, por mucho que las decisiones sean mucho mas decisivas por lo continuo de lo pitado (léase baloncesto), se incide bastante menos en la influencia final del arbitraje. Aunque, la verdad sea dicha, el nivel mediático que alcanza lo futbolero no tiene parangón, ni de lejos, con cualquier otra acontecimiento deportivo.

Seguramente el negocio que rodea al fútbol sea el menos interesado en que se ponga solución a algo tan intrínsecamente humano como es el error. Error por obra u omisión, cuando no por incapacidad manifiesta o falta de agallas/personalidad, que de todo hay como recientemente hemos comprobado. Un error arbitral en favor, o fallo de alguno de los extraordinarios dinosaurios de nuestra Liga, enciende ánimos y abre polémicas tan aburridas por repetitivas como encendidas. Páginas y portadas de periódicos, debates radiofónicos, columnas de opinión acuñando términos como «Villarato» o refiriéndose a los favores hacia el rival desde la época franquista dependiendo desde dónde se opine. Por no hablar de las tan de moda tertulias televisivas con tipos de mirada desbocada, pupilas dilatadas y cuellos más estirados que los de los patos mientras se gritan perrerías mientras deciden a quién ayudan más los árbitros de turno. Porque tras años vendiendo que el otro es el más beneficiado, no pueden admitir que también se les ayuda a ellos en la misma medida. Y al pequeño que le den.

Pocos se han atrevido a mojarse con una solución al respecto y cuando se les plantea una solución final consideran que sería algo antinatural para el fútbol. En ese sentido, Benito Floro fue de los pocos capaz de mojarse: sí a las tecnologías a pie de campo, sí a la repetición de jugadas conflictivas para acertar en la resolución de la mismas. Demasiado dinero en juego, proyectos y ascensos o descensos que dependen de una solución arbitraria. Y lo cierto es que no hay más: o aceptamos la tecnología o nos quedamos con lo que hay por los siglos de los siglos. Y como sea que esto funciona, llena horas de discusión en cafeterías, peluquerías, radios y televisiones por lamentables y chabacanos que lleguen a ser, no parece que haya motivo para el cambio.

Por si fuera poco, va en nuestro carácter. El árbitro en España se sitúa en la misma categoría de las suegras y tan solo un escalón por encima del político, aunque en los últimos años el demarraje de estos últimos les haya puesta en cabeza de la lista de los denostados. Nos las damos de país moderno cuando en le fondo seguimos siendo los del NODO para muchas cosas, por mucho que cambiásemos el 600 por el mini.

De los árbitros hablamos todo dios, especialmente cuando nuestro equipo sale perjudicado. y nos limitamos a decir aquello de «esta por la que nos debían» cuando se inventan el penalti de turno a nuestro favor. Con todo, no estaría nada mal que tratáramos de ganarnos cierta legitimidad a la hora de la crítica, reconociendo como tales el saco del debe y del haber. Y servidor ha dicho públicamente una y varias veces esta temporada que pocos motivos de queja tiene el Villarreal esta campaña. Hasta que la famosa balanza de errores pesa más a favor cuando recordamos (si es que queremos hacerlo), como en Coruña, Villamarín y alguna cancha más se nos ha perdonado algún que otro penalti que a buen seguro hubiera cambiado los sucedido. Pero dicho lo escrito, pocas veces uno presenció (y miren que van años) un espectáculo tan denostable como el del pasado fin de semana en El Madrigal.

Mas allá de la incapacidad, por desgracia tan habitual en todos los ámbitos, mucho más lamentable es la cobardía de la que hizo gala el susodicho. Porque una cosa son los errores, que los hubo a capazos, y otra lo que se quiso dejar de ver y lo que se quiso ver sin que existiese. Tras tres años creo que es la primera ocasión que dedicamos unas líneas de más al tema arbitral. Y puede que la última.

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