19 de abril de 2016
19.04.2016

cuaderno de bitácora

19.04.2016 | 00:17

La semana pasada tuve el placer de viajar con el Villarreal a Praga. No es algo que haga habitualmente, pero he de confesar que valió la pena. No es lo mismo el trabajo diario en la ciudad deportiva con futbolistas, directivos, cuerpo técnico y compañeros periodistas, que hacerlo a 1.600 kilómetros de distancia. No lo es. Será la magia de la ilusión o el hecho de encontrarse todos en un contexto extraño, pero lo cierto es que este tipo de viajes unen, estrechan lazos en todos los sentidos, o al menos esa es la impresión que yo me llevé.

Desde un primer momento, el ambiente fue de clasificación. Desde la llegada de los jugadores al aeropuerto de Castelló, pasando por la rueda de prensa previa de Marcelino y Trigueros, e incluso en las declaraciones de varios jugadores tras el entrenamiento en el Letná. El Villarreal parecía una gran familia. De hecho lo es. Y este tipo de cosas empujan para lograr objetivos. El ambiente entre los compañeros de prensa envidiable, la relación con el club amable y cercana. Todo facilidades. Queja ninguna.Lo cuento porque este tipo de detalles son difíciles de percibir si no se viven de cerca y somos pocos los privilegiados que lo podemos hacer. Y digo privilegiados porque considero que poder disfrutar de unos cuartos de final de Europa League con el Villarreal, viajando con el equipo, durmiendo en el mismo hotel, compartiendo experiencias con ellos, tanto para periodistas como para aficionados, no tiene precio. Poder contar que el Villarreal sigue haciendo historia, hacerlo in situ, transmitiendo las sensaciones que los principales protagonistas viven en cada momento, es vital.

En este sentido me quedo con dos detalles. Tal vez insignificantes tras sellar la clasificación, pero para mí, sin duda importantes. Me quedo con la emoción de un Marcelino que no podía esconder su satisfacción ante los medios de comunicación a la conclusión del partido. Marce acababa de hacer realidad un sueño. Se emocionaba al recordar lo conseguido, fruto del trabajo bien hecho. Sin duda desde el cielo su padre habrá agradecido su dedicatoria. Por otro lado, con el detalle de la plantilla, dedicándole el triunfo a Eric Bailly, quien días atrás había perdido al hijo que esperaba tras varios meses de gestación. Este tipo de cosas te dan a entender que este no es un vestuario normal. Es una gran familia, con sentimientos y realidades que van más allá del fútbol, pero que bien encauzados pueden ser capaces de conducir al Villarreal al mayor hito de su historia.

Pero la ilusión por hacer algo grande en Europa no debe hacernos perder la perspectiva. No se ha ganado en Vallecas y será difícil hacerlo en el Bernabéu. Tranquilidad. Nadie dijo que fuese a ser fácil entrar en Champions. Queda claro que no nos van a regalar nada. Hay que seguir remando contra Madrid, Real, Valencia, Depor y Sporting, y hay que hacerlo con la máxima entrega y humildad, rayando la excelencia como hasta ahora, sin dejar de valorar el trabajo, esfuerzo y rendimiento, muy por encima de lo esperado, de una plantilla para la que ya era un premio volver a viajar por Europa.

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