17 de junio de 2016
17.06.2016

Inevitable

17.06.2016 | 08:10

Me gusta que el play-off nos saque de nuestra habitual zona de confort. Esto no hay quien lo pare. Estábamos acostumbrados a nuestras miserias de andar por casa, a nuestros dramitas cotidianos, a nuestras historietas intrascendentes, a intentar iluminar entre el pesimismo más arraigado una pequeña llama de esperanza, aunque solo fuera por salud mental y por respeto al trabajo sano de ese vestuario cuando, de repente, una ola salta un dique y la marea se desborda, y uno se ve justo en la acera contraria, tratando contra pronóstico de relativizar éxitos y amortiguar euforias, de recordar de dónde se viene y que nada se logró sin humildad y sufrimiento, pero no, pero es imposible ya poner el freno. Como mucho, y confío en Kiko para ello, lo máximo que espero es lo que dicta esa pared camino al Voramar: que las aguas no se pueden detener sino encauzar. No es tarea fácil, porque el Castellón ha entrado en la dinámica de lo incontrolable, de lo exagerado, de lo fantástico, una oda continua al pensamiento mágico, y no saldrá de ese estado de combustión en masa, pase lo que pase, hasta el pitido final del partido de vuelta en la Bòbila.

Y no importa que me guste o no, y no importa que nos guste o no, porque es inevitable.

Me preocupa, también, un poco, este abrazo repentino a la fe en el ascenso, porque creo que al equipo le ha sentado muy bien el sigilo. Tan de tapado llegó a la promoción, tan poco entusiasmo había despertado durante el curso, que surgen teorías por ahí para explicar lo que consideran inexplicable. Si ganaron los dos partidos a la Peña Deportiva, en Castalia y allí que no había perdido en toda la temporada, fue porque aquellos eran muy malos [vale, pues]. Y si pasaron contra el Atlético Malagueño, un filial de Primera con mejores jugadores, fue por una intervención divina, un milagro de nuestro Señor, un favor sentido de la Lledonera [vale, pues, también]. Ya me los veo, si los futbolistas logran el triplete contra el Gavà, otro segundo de grupo temible, que no pierde desde enero: el mérito será de los que miramos desde el asiento, por llenar Castalia y eso.

Al final tendrán que devolver las primas, los pobres, si las cobran. Se antoja inevitable.

En ese sentido, siempre me ha llamado la atención esa capacidad del fútbol para avivar nuestros impulsos más irracionales. A mí me hace gracia lo de la Lledonera, porque nadie se acuerda de ella cuando los que fallan son los nuestros y los que aciertan los otros, y porque qué pensarán los malagueños a su vez del ninguneo de la Virgen de la Victoria, pero al mismo tiempo me paso todo el play-off acumulando tics y supersticiones, eligiendo un jabón distinto dependiendo de si jugamos en casa o fuera, calcando planes semanales de creciente tensión competitiva, repitiendo absurdos rituales con devoción y en silencio.

Lo tengo asumido, sí. Estamos un poco enfermos. Es inevitable.

Cuando iba al instituto, cada mes mataban a Robe el de Extremoduro o a Manolo Kabezabolo. Los dos siguen vivos, y ya ha llovido desde eso. La gente tiene ganas de muertos: lo más doloroso en la penuria del Club Deportivo es el reincidente afán por enterrarlo. He perdido la cuenta de las veces que me han dicho estos años que el Castellón está muerto. Hace tiempo que adelantamos en la cuenta a Robe y Kabezabolo, pero pasan los años y el albinegrismo todavía sigue vivo. Es más, no conozco una explosión de vida similar en la ciudad a la que nos aguarda el domingo en Castalia. Y es que por mucho que se empeñaran, todo esto era y es inevitable.

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