13 de julio de 2016
13.07.2016
Las cuarenta 

Contradicciones

13.07.2016 | 13:20

Cuando la liguilla del Club Deportivo Castellón ya convenimos todos, sin pedirlo nadie, la necesidad de agitar las banderas y taparnos las narices por mal que oliera. Se vino a priorizar el ascenso y dejar para otro momento aquellas faltas que algunos venimos denunciando desde ni se sabe. Pero llegada la hora ni siquiera la vanidad del ya lo dije yo compensa esa sensación de que nos están robando la vida por momentos.
La calidad humana y la profesionalidad del vestuario no se resintió de los impagos y tampoco se hubiera dejado influenciar por ninguna critica a la gestión, pero más por miedo a ser señalado de gafe que por exceso de albinegrismo, se aparcaron cuestiones que hoy crecen cual metástasis.

Lejos de aprovechar aquella corriente positivista y cobrar el rédito de tanta ilusión desbordada, el presidente prefiere reabrir viejos frentes y quedarse como a él le gusta –onanista que es–, solo y víctima, pero de su manifiesta falta de recursos económicos con los que maquillar el desgobierno a que nos somete adornado con provocadoras y antitéticas manifestaciones. Porque sólo él podría parir como justificación para no renovar a Kiko Ramírez el fracaso en el ascenso, pero mantener en el cargo a Ramón Moya, que lleva fichados 46 jugadores con idéntico y desalentador resultado. O cuestionar al representante de Charly Meseguer por ser el mismo de mercenarios como Rubén Suárez o Javi Selvas, mas no poner en entredicho al secretario técnico que los avaló, verbigracia su amigo del alma.

Pero ya ni tanta ligereza causa asombro alguno si recordamos que había sido capaz de querellarse contra un grupo de aficionados que le insultaron y luego se arrepintieron, mientras él no pedía perdón tras perder la demanda; o ahora, no valorando las repetidas muestras de desaprobación «porque son cuatro que no representan a nadie» (sic) pero entender que otros cuatro que le beben los vientos –o eso dice él– sí que lo hacen en nombre de la gran familia albinegra. Ese enfrentamiento permanente con el gran proveedor de Castalia, la afición, es lo que había corregido en pocas semanas Jordi Bruixola, con la sencilla pócima de la normalidad, la complicidad y la gratitud.

Ha sido éste un gestor capaz también de recuperar la confianza de las instituciones y de no pocas empresas que rumiaban la posibilidad de ayudar al club. Un mérito demasiado grande como para que el ego del presidente no temiera a Bruixola, con lo que su marcha sigue alimentando más dudas y sombras en torno al proyecto de Cruz y sus verdaderas intenciones, quien ya ni esconde su juego –vuits i nous i cartes que no lliguen– y reclama a viva voz una ilegalidad al ayuntamiento en forma de cesión del estadio para avalar un crédito personal, amparado en la alarma social de una supuesta aluminosis.

Y lo peor de todo es que nadie se cree que pueda afrontar a partir de septiembre los pagos con Hacienda y la Seguridad Social. Una obligación demasiado importante para quien carece de propios con los que sufragar más que un flotador a base de cuatro noticias banales para no ahogarse en el mar.

Demasiado pobre para tanto orgullo quien ni siquiera ha atendido los plazos para la compra de las acciones y en noviembre se enfrenta a la demanda por la titularidad de las mismas, con el único argumento de que puede prolongar su mandato, ergo sus dislates y nuestra ruina, a base de recursos. Me dicen que Osuna le llegó a ofrecer dinero para que se fuera y Cruz lo rechazó. No sé si creerlo, como tampoco que esté formando un equipo sabedor como lo somos todos de que va a recuperar el club. Acostumbrados a los fracasos y contradicciones de Cruz sin que en Castelló pase nada, ya ni siquiera llama la atención que tengamos que recurrir al culpable del expolio y del descenso para seguir vivos.

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