17 de julio de 2016
17.07.2016
25 años y un día

Las minorías absolutas

Las elecciones de 1991 dejaron a muchos consistorios divididos en dos mitades, sin dejar opción a que entrara en ellos un tercero en discordia

17.07.2016 | 19:58
El CDS es un ejemplo de partido que primero estuvo y luego desapareció.

Como hemos indicado en capítulos anteriores, las elecciones municipales de la primavera de 1991 fueron todo lo contrario a las «primaveras» tal como las conocemos actualmente. El bipartidismo impuso su ley, que no era otra que la ley d'Hondt, y dejó fuera de los ayuntamientos a grupos que hasta aquella fecha habían ejercido el papel de Pepito Grillo, bien como socios de gobierno o como grupos de oposición. Siglas para el recuerdo de los que estudiamos EGB y BUP e incomprensibles para las nuevas generaciones son: EIC, UPV, CDS o EUPV.

El nacionalismo en Castelló conoció su primera expresión política en la histórica Esquerra Valenciana de la época republicana. Este partido fundado por el patricio Huguet tuvo en la democracia actual, por así decirlo, una hisjastra: Esquerra Independent de Castelló (EIC), pues se parecía lo mismo que un huevo a una castaña. En común compartían el amor a la patria valenciana y la catalanofonía, pero mientras que la antigua formación matuvo un marcado carácter burgués, su epígono era claramente asambleario y anticapitalista. EIC en los comicios de 1979 obtuvo dos regidores y su cabeza de lista (una mera formalidad de orden) fue el filólogo Vicent Pitarch y le seguía el apicultor José Mata. El tercero en la candidatura era nuestro confidente Ferran Sanchis, el eslabón perdido entre los conmilitones del citado Gaetà Hugu­­et, su padre Emili o Ferran Vivas entre otros, y aquella new age de barbudos sin corbata. La lógica de esta organización heterodoxa hizo que, en el ecuador de la legislatura, dimitieran los dos primeros ediles, que el señor Sanchis no aceptara tomar el relevo, y que se tuviera que correr la tanda hasta Ricard Colom y Mingo Llorens. Tras este atribulado mandato, las urnas los devolvieron a su casa.

Igual que EIC se creyó la sucesora de Esquerra Valenciana, UPV se pensó que era la continuadora de EIC, también asambleraia y menos anticapitalista. Pero los nuevos nacionalistas para regresar al ayuntamiento en 1987 necesiaron aliarse con Esquerra Unida, la heredera del PCE que también había desaparecido de la vida municipal después de que su figura más relevante, la dirigente Josefina López, se pasara a la socialdemocracia. EUPV-UPV, la coalición resultante y redundante, la encabezó Toni Porcar y obtuvo una única acta que ayudó al gobierno de Gozalbo desde el área de ermitas. El otro socio de este alcalde efímero fue el CDS, un partido fundado por Suárez que sólo estuvo presente en la vida local durante este cuatrienio. Precisamente fue la formación centrista la que en las Corts Valencianes se opuso a la rebaja del 5% mínimo para entrar en el parlamento autónomo, una barrera que los nacionalistas sólo lograban superar en comunión con los comunistas.

Como el dueto EUPV-UPV fue una de las muletas en las que se apoyaba el president Lerma, entonces en minoría (la otra era el CDS), los valencianistas y sus socios plantearon la rebaja del porcentage para la obtenención de diputados. Pero los suaristas se sumaron al PSPV y vetaron la propuesta, pues se creían ajenos a este problema. Mas tarde, en las elecciones de 1991, bien que se arrepintieron de haber votado en su contra, pues con un pobre 3,8% se precipitaron hacia el abismo extraparlamentario del que ya nunca salieron­.

«Un grauer un vot»
A fuerza de ser rigurosos también diremos que el actual PP, continuación de Alianza Popular, fue tanto o más minoritaria que las formaciones aludidas. El grupo unipersonal que componía José María Esquín (Coalición Popular) representó en solitario a los «siete magníficos» de Fraga en el primer ayuntamiento democrático de Castelló. Y fuera del período que revisitasamos aquí, Esquerra Unida, con un comportamiento electoral muy similar al curso del río Guadiana, ha vuelto a aparecer y a desaparecer en reiteradas ocasiones a lo largo de estas décadas. Por su parte, los socialistas conocieron en el tránsito de los 80 a los 90 el fenómeno de transfuguismo, que es una forma solipsista de minorizarse. El edil Caparrós, del que ya hemos dado sobradas referencias, fundó en la capital Democracia Socialista, con la que se presentó a los comicios del 91, sin más resultado que un puñado de papeletas que, al fin, fueron decisivas para que Gimeno se hiciera con la vara de mando y apear a sus excompañeros de la alcaldía.

De la balsa de Medusa en que se convirtió el CDS derrotado en aquellas elecciones municipales, uno de sus miembros, José Luis Peteiro, quiso sobrevivir construyéndose su propia «balsa»: Grau Unit. Este partido, circunscrito al caserío marítimo, tenía la aspiración de convertir el distrito en las Alquerías del Niño Perdido escindidas de Vila-real o el Moró segregado de Vilafamés, en definitiva, a amputar una parte del término de Castelló. No obstante, el independentismo no ha arraigado en estas tierras y el tal Peteiro, en público, sólo decía propiciar que el Grau fuera considerado por la Administración como «una entidad local menor» o que su teniente-alcalde tuviera un reconocimiento mayor al de sus homólogos de otros barrios. Vaya, un quiero y no puedo entre el municipio y la pedanía que, pronto, le hizo entablar relaciones con la UPV de Porcar, también nacionalista pero de un grau superior. El grito de guerra de este partido del frente litoral fue: «Un grauer un vot!».
Salieran elegidos o fueran rechazados en las urnas a las primeras de cambio, los minoritarios han sido la sal y la pimienta de la vida municipal. Algunos han prosperado y han alcanzado cotas de representación insospechadas durante las legislaturas en las que eran aplastados por los rodillos de las mayorías absolutistas.

A modo de homenaje a todos ellos, recordamos a un regi­dor, también solitario, que en los años de la Segunda República declaró ser un amante del progreso. Tal fue su empeño que, sabiendo de la existencia de los tranvías eléctricos en otras urbes europeas, solicitó que el alcalde de Castelló «electrocutase» (sic) ­la Panderola.

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