28 de agosto de 2016
28.08.2016

Tacones lejanos

27.08.2016 | 23:19

Hace poco más de un año, la actual alcaldesa de Castelló, entonces candidata electoral, se recorrió las plazas y teatros de nuestra ciudad al grito de «mi coche oficial serán mis zapatos». Este eslogan, que le quedó muy bonito en no pocos titulares, quedó en eso: en una fachada de cartón piedra tras la cual el tiempo ha demostrado que no hay nada. Pocas semanas fueron suficientes para que pudiéramos apreciar la profundidad, por así decirlo, de sus palabras. Y es que enseguida la alcaldesa cambió sus tacones por el coche oficial, mientras el vicealcalde hacía lo propio: cambiar el patinete, que tanta fama le había conferido, por las cuatro ruedas y el motor de toda la vida, acompañados de chófer oficial.

Y es que, una vez instalada en nuestra ciudad la política de gestos y el postureo como estilo de comunicación institucional, ya no era necesario seguir aparentando, ya sería suficiente con vivir de la crítica fácil al PP y sumarse al irresponsable carro del «y tú más» para justificar su incompetencia. Evidentemente, la gestión quedaba así en un segundo, tercero o cuarto plano en el mejor de los casos. Y es que no es lo prioritario. Al fin y al cabo, ¿qué más da acabar o no con los desahucios si puedo «esconderlos» en el cajón de las cosas que no se tocan? ¿Qué más da «heredar» del PP un superávit de 3 millones de euros si ya he aireado por los periódicos que Castelló está en una situación de corralito? ¿Para qué voy a hacer un presupuesto realista si puedo gastar el dinero en lo que me plazca modificando las partidas en contra de la opinión de los técnicos? O ¿para qué quiero completar las infraestructuras antinundaciones de la ciudad si eso da pocas fotos y mucha faena?

Y así estamos, sufriendo una política de paripé que, lejos de resolver los problemas reales de las personas, se limita a vender supuestos logros que se esfuman como el humo porque dejan de tener interés para el bipartito una vez ha sonado el clic de la foto. Y es que, tras los flashes, poco queda, solo el precio a pagar por subirse al carro de la propaganda más goebbeliana. Un precio que no es otro que el dejar de lado nuestras necesidades como ciudadanos y nuestras ambiciones como ciudad, mientras nuestros gobernantes se centran en salir guapos en la foto cruzando los dedos para que el PP no salga con datos que desmonten cual castillo de naipes sus noticias falsas y malintencionadas.

Y así es como estamos pasando este verano: con más suciedad que nunca en Castelló mientras el bipartito se empeña en decir que la ciudad está impecable. Frente a las decenas de imágenes de insalubridad que nos hacen llegar los vecinos y frente a la evidencia respaldada por los datos que arroja un recorte de más de 800.000 euros en limpiar Castelló, el bipartito se aferra a la propaganda más descarada para asegurar que no hay suciedad. ¡Como si no oliéramos o no viéramos la realidad al pisar la calle! Pero claro, como se suele decir, no están dispuestos a que la realidad les estropee su suculento titular.

Y ahí no acaba el asunto, porque son decenas y decenas de cuestiones sin resolver las que nos asaltan todas las semanas. Sin ir más lejos, el Síndic de Greuges ha amonestado recientemente al bipartito por no responder a las consultas y necesidades ciudadanas. Pero reconocer este patinazo sería pedirles demasiado a los falsos adalides de la transparencia, cuya área está dirigida por el vicealcalde, profeta de la participación ciudadana en Castelló, enviado de los cielos para arrasar con más de 20 años de participación ciudadana e instaurar su verdadera participación. Una participación, por cierto, que solo él entiende porque, como ya se ha encargado de hacernos ver a todos, él conoce la verdad y la luz, mientras el resto de los mortales solo vemos oscuridad y algunas sombras, algo así como en la alegoría de la Caverna de Platón.

Por eso es tan importante que seamos capaces de dejar entrar el aire y ver que, tras las declaraciones de intenciones, los brindis al sol y la política cosmética del bipartito, no hay más que una alcaldesa que prometía acabar con los coches oficiales gracias a sus tacones. Unos tacones que, con la inestimable ayuda de un almodovariano vicealcalde, han acabado siendo tacones lejanos, muy muy lejanos a los castellonenses.

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