Sin reservas

El carrusel Rita: del 'caloret' al sofocón

17.09.2016 | 11:46

La número tres ha pasado a ser la última de la lista, a quedar fuera. Rita Barberá, la titular del carnet número tres del PPCV, ya no milita en partido al que ingresó en 1976. Fue antes de la refundación, en los tiempos de Alianza Popular, y cuentan que la joven militante tuvo que superar las reticencias iniciales de Manuel Fraga a quien acabó ganando para su causa cuando le prometió que haría del partido la primera fuerza política de la Comunidad Valenciana. Lo logró y se ganó a pulso ser conocida como «La Jefa».

Antes tuvo otras nominaciones no menos curiosas. En 1973 fue designada 'Musa del Humor' en la Olimpiada del Humor que por aquel entonces era una de las actividades culturales más significadas organizadas por el ayuntamiento franquista de la capital del Turia. Poca broma: el año anterior la designación recayó en Natalia Figueroa unos meses antes de convertirse en esposa del cantante Raphael. Leo en un perfil de Rita Barberá que ese año «el Jefe de la Policía Municipal de Valencia, encargó al director de la Banda de Música de la Policía que compusiera un pasodoble para la influyente hija de José Barberá». Era su padre, un prestigioso periodista que llegó a presidir durante 30 años la Asociación de la Prensa de Valencia.

Rita llevaba en la sangre el gusanillo de la prensa y el de la política. Licenciada en Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales por la Universidad de Valencia y en Ciencias de la Información por la Universidad, realizó sus prácticas de periodismo en Radio Valencia, donde acudió a cubrir la histórica inauguración de la factoría Ford de Almusafes, antes de ser redactora de tribunales (precisamente) y de urbanismo en el diario Levante. Fue entonces cuando cambió el periodismo por la política e inició su meteórica carrera como candidata de AP a la presidencia de la Generalitat Valenciana en las autonómicas de 1987 que ganó Joan Lerma. Sería su última derrota ante los socialistas. Cuatro años después perdió las municipales ante Clementina Ródenas pero su alianza con los regionalistas de Unión Valenciana le dio la alcaldía. Eran otros tiempos y al PP no le daba entonces por exigir que se dejara gobernar a la lista más votada cómo suplicó la noche que Rita se llevó 'la hostia' que susurró a oídos del president Fabra al comprobar que todo tiene su fin y que veinticuatro años después una coalición de izquierdas le arrebataba la alcaldía de Valencia, su alcaldía.

Por encima de presidentes de la Generalitat (Zaplana, Olivas, Camps y Fabra), o de líderes provinciales con poder absoluto en sus feudos (el 'otro' Fabra, Rus y Ripoll), Rita fue el máximo referente del poder que el PP llegó a acaparar en la Comunidad Valenciana. La amiga de Rajoy era ella y a ella paseó Camps en un Ferrari azul en la foto que se convirtió en icono de los años de vino y rosas; de mayorías absolutas en las urnas y, como se está sabiendo ahora, de absoluta corrupción en las arcas públicas.

Con ella no hubo nunca término medio, tampoco en el adiós. El carrusel Rita giró desde el minuto cero a un ritmo vertiginoso hasta el descarrilamiento final. Aquella Musa del Humor acabó siendo la alcaldesa más votada de España. La política mejor pagada será investigada por entregar dos billetes de 500 ? y recibir una transferencia de mil. «La Jefa» pasa de ser tan idolatrada por los suyos cómo odiada por la oposición, a denostada (por los suyos) y señalada por todos (por los suyos y por la oposición). Deja de ser «la mejor» cómo le gritó Rajoy en una plaza de toros llena hasta la bandera para tener que bajarse sola del AVE en la estación de Valencia ya que nadie quería recibirla en la sede de la calle Génova. Ese tren pasó para siempre y para Rajoy su amiga de ayer es hoy sólo «ruido».

Rita Barberá sufre estos días en sus carnes los efectos de un 'caloret' que nada tiene que ver con aquel al que se refirió cuando balbuceaba todo su poder de seducción desde las torres de Serrano para invitarnos a una nueva edición de las fiestas josefinas en el Cap i Casal. Este de ahora es mucho fuerte, más intenso. Ha pasado de aquel 'caloret' circunstancial al sofocón que la tiene desparecida tras saberse que el Tribunal Supremo va a investigarla por un presunto blanqueo de capitales relacionado con la financiación ilegal del PPCV.

No ha resistido la presión política y mediática de los nuevos tiempos que corren en la política nacional y en algunos círculos de su partido. Rita deja el PP por la puerta de servicio, la misma que utilizó al abandonar el ayuntamiento de Valencia, para tomar aire y superar el sofocón. Lo hará desde su escaño en el Senado donde se atrinchera para evitar la pena de telediario de esos interminables paseíllos ante los tribunales de la ciudad en la que no hace tanto tiraba masclests y le componían pasodobles. La senadora territorial conserva el escaño que el PP nacional no le reclama formalmente, más allá de manifestaciones puntuales de algunos militantes, para poder mantener su condición de aforada y de 'forrada' con su sueldo como senadora.

Tendrá como compañero al senador castellonense de Compromís Carles Mulet, azote del PP allí donde tiene la oportunidad de ejercer su acción política. También al representante de Bildu y a los 'secesionistas' catalanes. De nuevo el carrusel: Nadie pudo imaginar nunca nunca que la mujer de rojo, acostumbrada a ocupar escaños de primera fila y a elegir compañeros de fotos en los saraos de la F1 o la Copa América, apuraría sus días en política agazapada junto a sus enemigos más acérrimos; esos a los que aún considera «peligrosos separatistas» y a los que acusa de todos sus males..

El partido que la idolatró durante décadas, el mismo que la nombró senadora pese a su situación procesal, se sube al carro del clamor institucional y le exige que devuelva un escaño fruto de una decisión política de les Corts y no de las urnas. No tienen otra: Isabel Bonig tampoco está para muchos sofocones a propósito de la corrupción que asola a su partido. O limpia a fondo o la limpian a ella, como le pasó a Alberto Fabra. Pero Rita echa mano del cancionero popular que entonaba de pequeña para contestar que «lo que se da (a Rita) ya no se quita». Y en esas estamos, intentando ganar esta última batalla después de 'muerta', como El Cid en la conquista de Valencia. Eso da seguro para un tercer pasodoble que podría pasar a musical de éxito si finalmente «la Jefa» hace un Marcos Benavent y se convierte en la última versión de aquella otra Rita La Cantaora. Pero va a ser que no.

La ganadora de la Olimpiada del Humor del 73 no da para tanto. ¿O sí?... Veremos si para el carrusel.

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