17 de octubre de 2016
17.10.2016
Exfutbolista de Castellón, Valencia y Villarreal

«El fútbol me encanta, pero no la gente que lo rodea»

Pedro Alcañiz Martínez (Castelló, 1965) conoce el fútbol como pocos. No en vano, marcó goles en todas las categorías: de Primera División a Segunda Regional. Vistió la elástica del Castellón en tres periodos distintos, subió al Valencia a Primera y al Villarreal a Segunda. Hoy, pese a los desengaños de la experiencia, sigue amando su deporte favorito

17.10.2016 | 12:56
«El fútbol me encanta, pero no la gente que lo rodea»

A la barra del pub Waticano de Castelló se acerca, de vez en cuando, algún chaval despistado que desconoce quién le sirve la copa. Al descubrir dónde y cuándo jugó a fútbol Pedro Alcañiz, suele llegar la reverencia de disculpa. Y cuando a Alcañiz le dicen que no lo conocían por la edad, dispara la réplica: «A Pelé tampoco lo viste jugar y sí sabes quién es».
Pocos futbolistas vertebraron el fútbol valenciano de los ochenta y los noventa como Pedro Alcañiz. Jugó en Castellón, Valencia, Villarreal, Almazora y Benlloch, de Primera División a Segunda Regional, sin saltarse un solo escalón. En todas las categorías y en todos los clubes, por supuesto, marcó goles Pedrito.

Usted nace en Castelló por culpa del fútbol.
Mi padre fue futbolista y vino al Castellón a jugar. En los años sesenta, era el capitán. Conoció a mi madre, se casaron y se quedó aquí a vivir. Yo crecí así, siempre quise jugar al fútbol y ser futbolista. Empecé de central porque mi padre era central. No tenía ni la edad y me falsificaron la ficha en un club llamado Estrella Roja. Luego ya pasé a la delantera, primero en el Atlético Estudiantes y pronto en el Castellón. También jugábamos en el colegio Herrero y en la calle todos los días, primero en Huerto Sogueros, porque vivía ahí, y luego en la Trinidad, cuando nos cambiamos de casa. Iba subiendo de categorías y era siempre el máximo goleador. A mí el fútbol me lo enseñó Manolo Adell, y antes Pepe Palatsí, los dos en la cantera del Castellón.

El Castellón del viejo Castalia.
Debuté en edad juvenil, con Antonio Torres de entrenador. Llamaron a mi casa un sábado por la mañana para que fuera a entrenar. Me estaba cortando el pelo mi madre, dejé la cabeza a medio arreglar y fui corriendo al entrenamiento. El primer año sobre todo jugué en la Copa de la Liga, que ganamos. Ahí ya me quedé en el primer equipo, mientras hacía la mili. El año del pichichi entrenaron Antal Dunai y Roberto Gil, que luego fue quien me llevó al Valencia. En el vestuario me apadrinó Javier Ibeas. Yo era el niño para todos, y Javier es quien me llevó por el buen camino. Ibeas para mí es el gran capitán del Castellón. Tenía el respeto de todos porque se lo ganaba. Cuando había que ir a hablar con la directiva se partía la cara por todos. Y cuando tocaba entrenar o jugar, se dejaba la piel en el campo.

La estrella de la cantera, que sube al primer equipo, marca 23 goles con 20 años y es pichichi de Segunda. ¿Da vértigo?
Mi padre, por su experiencia en el fútbol, fue siempre quien no dejó que se me subieran los humos. Fui con las inferiores de la selección alguna vez, hasta la sub-21. Ahí era el único de Segunda División. Tenía muy claro que no iba a ni a salir. Llegué al banquillo y estaba alguno tipo Martín Vázquez. Pensé, si no juega este cómo voy a jugar yo. La camada, que luego es campeona de Europa, fue la base de la absoluta en los siguientes Mundiales. Yo enseguida me fui al Valencia. Era una oportunidad que no podía desaprovechar. Aunque estuviera en Segunda, el Valencia siempre será el Valencia.

Se encontró un Valencia recién descendido.
Me encontré un equipo con un montón de jugadores valencianos o muy identificados con la casa: Sixto que en paz descanse, Fenoll, Fernando, Sempere, Giner, Quique, Voro, Camarasa, Arroyo€ Íbamos a entrenar y todos los días nos juntábamos una docena de jugadores almorzando. El capitán era Arias, pero tenía un carácter que dejaba hacer, y nos venía bien, porque el vestuario fluía solo. Había un grupo para el que el escudo del club era súper importante.

Y de entrenador, Alfredo di Stéfano.
Di Stéfano era otro mundo. En los entrenamientos, y ya era mayor, hacía cosas con la pelota que no he visto jamás, así que imagínate cómo sería cuando jugaba. Como entrenador tenía sus cosas, como todos, pero en la convivencia era buenísimo, con chispazos de genio, aunque las mejores anécdotas no son confesables. ¿Alguna que sí? Iba a los ultras y les enseñaba las canciones que debían cantar. Conmigo no tuvo muy buen feeling porque él tenía sus roces con Roberto Gil, que era el secretario técnico que me había fichado. Aún así, el año del ascenso marqué diez goles y estuve muchos meses sin jugar porque me operé del pubis. Me perdí por ejemplo el partido del Javier Marquina contra el Castellón. Nos ganaron 1-0, en una acción de estrategia que yo conocía. Les avisé de que iban a hacer esa falta. Nos la hicieron, y gol.

En Mestalla, ya en Primera, le entrenó Víctor Espárrago.
De Espárrago no puedo contar nada bueno. Creo que no fue honesto conmigo, pero al Valencia le fue bien. Eso sí, era muy trabajador y serio, pero a mí me decepcionó. Como todos los jugadores, pensaba que tenía que jugar más. De los futbolistas que estuvieron conmigo, el mejor era Madjer, que hacía cosas espectaculares. Había otros como Subirats, que era una filigrana, o Arroyo o Fernando, que técnicamente eran la leche, pero Madjer era especial. La famosa cola de vaca de Romario a Alkorta, a Madjer se la he visto hacer con el interior y con el exterior.

¿Cómo era Arturo Tuzón?
Tuzón era el mejor. Un gran tipo. Él y su directiva sacaron al Valencia del pozo y lo devolvieron donde merece estar. El ascenso fue una crónica anunciada. Se celebró, porque era importante subir el primer año, porque si no luego cuesta mucho, pero la realidad es que la calidad de esa plantilla estaba por encima de todos los rivales. La base de ese equipo luego compite en Primera y en los años siguientes en zona alta.

En 1989 vuelve al Castellón.
El Valencia no quería traspasarme. Don Arturo (Tuzón) me dijo que confiaba en mí y que solo dejaba irme cedido, pero a mí esa opción no me gustaba. Al final yo le hice ver que con ese entrenador no tenía sentido que me quedara. Quería un acicate grande y volver al Castellón en Primera lo era.

Con Luiche de entrenador.
Luiche no sé cómo explicarlo. Tenía sus cositas, algunas también inconfesables. Recuerdo antes de ir a jugar a Madrid, que hizo unas declaraciones provocando. Luego nos apalizaron, iban ganando de goleada y veíamos que cogían el balón de la portería rápido a por más. «La próxima vez que vuestro entrenador esté callado». Nos metieron siete o por ahí [risas]. Creo particularmente que Luiche no supo aprovechar su momento. El primer año aún lo pasamos bien con sus cosas, porque nos salvamos, pero el segundo fue duro.

Pero usted marcó más en el segundo que en el primero.
En la primera campaña, me lesioné en los comienzos de la temporada y no terminé de arrancar. El inicio de la segunda fue muy bueno. Me puse pichichi, metí cuatro goles en media hora al Tenerife... pero luego estuve tiempo sin jugar, me volví a lesionar€ Fue un año además de muchos conflictos en el vestuario. Se formaron grupos, imagino que como en muchos equipos cuando las cosas no van bien. Tampoco la directiva de Domingo Tárrega supo gestionar el tramo final.

Se sufre una guerra cainita que alcanza a los medios.
Lo que se decía de Dobrowolski es un ejemplo. Dobro en mi opinión es uno de los mejores que se ha puesto la camiseta del Castellón. Junto a Planelles, que yo conozca. A veces le desesperaba nuestro nivel. «Tiras una pared y te devuelven un ladrillo», decía. Con él se creó mucha leyenda urbana. Aprovechando algunas verdades, como el accidente que sufrió en la autopista, se inventaron una serie de mentiras que ese año hicieron daño. De mí por ahí se ha dicho de todo, y siguieron haciéndolo después durante muchos años. Al final lo mejor es no hacer caso. El peor momento quizá fue un día que fui a recoger a mi madre al Mercado después de un entrenamiento. Le vi la cara y supe que pasaba algo. Después de insistir me confesó que le habían dicho que yo había matado a Sonia Rubio. A eso llegaron, el colmo.

Creo que en Castalia solo se ha valorado con el tiempo la importancia de estar en Primera.
Puede. En su momento no se valoró ni se aprovechó lo que se podría haber aprovechado. Fue una ocasión perdida en aspectos como la creación de una ciudad deportiva propia. Todo el mundo quería salir en la foto, pero nada de eso se hizo, nada que perdurara y quedara como legado, y el club perdió una gran oportunidad. Todo lo que yo soy, para lo bueno y lo malo, se lo debo al Castellón, pero al club le ha faltado altura en determinados momentos. Y ojo, yo al Castellón lo querré siempre, pero eso no quiere decir que tenga que querer a la gente que esté dentro del club, o a la que me haya maltratado.

Tras el descenso, estuvo cerca de firmar por el Sporting, pero unos informes que salieron desde Castelló frenaron la operación.
El caso es que bajamos. Yo no tenía ni representante. Tenía 25 años, había sido el máximo goleador del equipo, terminaba contrato y no me dijeron ni pío. Ni adiós. Me quedé muy afectado. Sufrí un desengaño con el fútbol y anduve jodido, sin equipo durante un tiempo. Perdí la ilusión. En Vila-real estaba Pascual Font de Mora de presidente, con López Sanjuán de entrenador. Pedí ir a entrenar unas semanas para no perder la dinámica, pero me encontré cómodo allí y al cabo de los meses decidí quedarme. Subimos a Segunda y estuve dos años más.

En el Villarreal se encuentra con el marcador que más problemas le había dado.
No me gustaba nada jugar contra Pascual Donat. Era muy pesado, asqueroso. No me dejaba ni tocarla. Él lo sabe porque lo hemos hablado mil veces. No pude con él nunca en la vida. En los entrenamientos lo quería en mi equipo. Pero la peor defensa era la del Recreativo de Huelva: Cumbreño, Cepeda, Maraver e Higinio. Las repartían como panes. No tenían ni que hablar. Simplemente las daban.

¿Cómo era el Villarreal de entonces?
Un asunto familiar. El alma mater era Font de Mora, que era un enamorado del fútbol. Tenía las cosas claras, era el jefe. Preparaba un proyecto espectacular. En mi opinión, si no fuera por él el Villarreal no existiría. Es quien lo saca del barro y lo lleva al fútbol profesional. En cuanto a jugadores, el mejor era Adriano. Era un crack. No solo el mejor de esa época, sino de muchas. Tenía una grandísima calidad y los huevos más grandes que he visto.

Con el Valencia subió a Primera y con el Villarreal a Segunda.
Y eso que a López Sanjuán lo echan antes del play-off. Fue una de esas cosas que pasan en el fútbol y no las entiendes por mucho tiempo que pase. Era un tío que llevaba a la plantilla fenomenal. Pero un día, después del entrenamiento, estábamos en un bar tomando todos algo juntos y llegó Font de Mora discutiendo por no sé qué, se empezaron a calentar, y de repente Sanjuán estampó una jarra de cerveza sobre la mesa, y ahí se acabó. Lo echaron. Subimos con Esteban Linares. En Segunda estuvo Osman Bendezu y luego Carlos Simón. Llegó después de un 2-4 ante el Lleida y dijo: «en el fútbol actual es imposible que a un equipo le metan cuatro, ¡imposible!». Esa semana jugábamos en Eibar: nos metieron cuatro.

¿Y después del Villarreal?
Prácticamente me lo volví a dejar. Aunque aún no tenía ni 30 años. En el Castellón estaba Paco García Hernández y me llamó porque me quería. Yo ya le dije que no se esforzara porque el presidente, Tárrega, no lo iba a permitir. Y así fue. Me fui al Benlloch a Regional a jugar con mis amigos. También pasé por el Almazora después, con Nahum Mingol de entrenador, y subimos.

Y aún le dio tiempo a regresar al Castellón.
Con 31 años, un día de verano que estaba en Benlloch, llamaron a casa y era Paco Causanilles, entrenador entonces. Me comentó que bajara a entrenar y yo no daba crédito. Le dije que no me mareara, que no quería saber nada, que estaba retirado. Total, que al final me convenció para ir a un entrenamiento. Luego me quería hacer jugar un amistoso pero yo me fui a Madrid a la boda de mi hermano. Tal y como llegué al hotel, sonó el teléfono y era Causanilles. Otra vez, «vente, solo jugarás un rato€». Me dio tanto la paliza que al día siguiente de la boda de mi hermano me pegué el madrugón y llegué al Marquina, donde jugaban, quince minutos antes del partido. Salí en el segundo tiempo y marqué un gol con el pecho. El miércoles había amistoso con el Valencia, y ahí ya le pedí que si quería que jugara me firmara un contrato, pero me dieron largas. Con el Valencia empatamos, volví a marcar y entonces no querían que me fuera del vestuario sin firmar...

Firmó, y no empezó mal.
Marqué nueve goles, pero echaron a Causanilles y no jugué más. Aún así terminé máximo goleador del equipo. Pasó que llegó Osman Bendezu, como en el Villarreal, y ahí se acabó Pedro Alcañiz. En el primer entrenamiento ya me echó. Según él por reírme mientras hablaba, y me apartó. En fin, hacía cosas raras. En el Villarreal una vez, se pasó la semana diciéndole a Adriano que estuviera preparado, que iba a jugar, y llegó el día del partido y le dijo que no jugaba porque no tenía bien los biorritmos. Adriano se levantó y dobló la puerta del vestuario de una hostia. Los biorritmos, macho.

¿Era, como se suele decir, más fácil jugar en Primera o en Segunda que en Regional?
Ahora no lo sé, pero para mí antes sí. Ibas por ahí a los pueblos y la única diversión que había era ir al partido. Y yo lo he pasado muy bien jugando, pero me han pegado mucho, me han dicho de todo. De fracasado para arriba. Hemos estado en vestuarios encerrados durante horas, sin poder salir. También había gente que se ponía a insultar desde el calentamiento, y al final venía con mucha educación a disculparse (risas). Yo he jugado sin problema en todas las categorías. Desde Segunda Regional a Primera División. Y he marcado en todas. Creo que Víctor Salvador y yo debemos ser los únicos. Igual he ido a jugar a Atocha, a San Mamés, al Bernabéu o al campo de La Jana, que era de tierra. Y me lo he pasado igual de bien en un sitio que en otro. Cada momento tiene su miga. Después de la tercera época en el Castellón fui al Benlloch otra vez. Cuando me aburrí de que me pegaran pasé a jugar en veteranos, y hasta a fútbol playa.

Ese amor por el deporte contrasta con la carrera corta en la élite.
A mí el fútbol me encanta, pero no la gente que lo rodea. Me desengañé. Y pensé que para qué aguantar. El fútbol es lo más bonito del mundo, pero la gente le echa tanta mierda encima que al final huele.
La nostalgia es peligrosa. ¿Echa de menos ser futbolista?
Pese a todo, claro que se echa de menos. La adrenalina de salir a jugar y de ver la gente cómo lo siente, padres, hijos, nietos€ Eso es la hostia. Y la posibilidad de hacerles felices. No hay nada en la vida que puedas hacer que en un momento llenes de alegría a miles de personas. Eso es marcar un gol, y vivirlo es maravilloso. Yo se lo digo a mi hijo, es lo más bonito que hay, aunque también le advierto de los sacrificios.

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