19 de junio de 2017
19.06.2017

Los veranos

19.06.2017 | 08:56

E l verano es peligroso porque te empuja a romper rutinas. Te ves con unos días libres y planificas supuestas aventuras. El objetivo es hacer algo distinto pero básicamente terminas haciendo lo mismo de siempre, pero peor y más caro. El verano es una Nochevieja extendida en el tiempo: se permite ser un hortera y la realidad nunca cumple las expectativas. Sospecho que el verano es un invento del demonio: en los momentos más duros piensas incluso que trabajar no está del todo mal, o te apetece volver al colegio.

En el verano de 1996 mis padres me enviaron a un campus de fútbol. Soy tan viejo que entonces ni siquiera estaban de moda. El más listo fue mi primo Víctor, que decidió que no iba a pasar medio mes de julio entrenando tres horas por la mañana y otras tres horas por la tarde. Ni siquiera teniendo en cuenta que él jugaba de portero. Dijo que le dolían los pies porque había cogido unos hongos en la ducha. Se pasó los días viéndonos correr y sudar como cabrones, mientras comía helados y en la tele ponían el Tour que perdió Indurain, la caída del mito.

Aquel campus lo organizaba a las faldas del Moncayo, en un monasterio, un ex jugador del Zaragoza, y de ese club eran la mayoría de los monitores y muchos alumnos. No voy a decir que no aprendiera nada, porque sería mentira, pero igual no lo aprendí de la manera esperada. El mejor de todos los que allí estábamos era mi compañero de litera. Se llamaba Juanjo y era de una aldea de Cuenca. Por las noches me decía que allí no había equipo y entrenaba con su padre y unos balones, y quería que lo fichara el Zaragoza. Vinieron a verlo uno de los últimos días, cuando se organizó un partido contra el equipo del pueblo. A los cinco minutos, a modo de bienvenida, le partieron la nariz de un codazo y a tomar por culo el Zaragoza, amigo.

Veníamos de un fútbol salvaje, pero a partir de cierta edad te enjaulan en nombre del método. Una mañana tocaban penalties: había que plantar la pelota, dar tres pasos hacia atrás, elegir dónde lo ibas a tirar, visualizar la acción y entonces sí, ejecutarla. Mientras lo explicaban mi alma se convertía en una batería de robot, y mi primo ponía caras junto a la portería. Yo sabía qué estaba pensando. En la pista del pueblo un penalti era un trámite, no una ceremonia. Víctor solía fusilar al portero al tiempo que emitía un grito furioso e inapelable: «¡Punterazo y al capazo!».

Allí y a los 13 años de entonces, igual que en cualquier época y parte, lo mejor del fútbol es lo que no se adivina. Quizá ahora a esa edad ya tengan todos representantes, pero bastan cinco minutos de torneo infantil para apreciar qué no ha cambiado, qué no cambiará nunca: lo espontáneo. Al poco de llegar al campus formaron equipos aleatorios de tres futbolistas. Nosotros no nos conocíamos de nada, pero empezamos a pasarla, a moverla y a danzar como si fuéramos hermanos de toda la vida. Triturábamos a cualquiera y el entrenador se enfadó porque pensó que le estábamos engañando, que nos habíamos juntado adrede, y solo se convenció cuando vio que veníamos de ciudades distintas. Sospecho que el éxito de un equipo se construye con ese tipo de complicidades. Sospecho que el fútbol se basa en milagros así de inexplicables. Sospecho, para desgracia de los directores deportivos, que son imposibles de anticiparlos.


Cuantos más métodos he conocido más he sospechado de ellos, y lo mismo vale para la pelota que para el periodismo. A un entrenador le dio por acabar los entrenamientos con una sesión de relajación. Esto pasaba en invierno, que no todo va a ser culpa del verano: nos tumbábamos en el campo y nos pedía que no pensáramos en nada, que nos concentrásemos en la respiración y no sé qué milongas del ramo. Yo solo podía pensar en los deberes que tenía que hacer, en los exámenes que no había estudiado y en las chicas que no me hacían caso, y en lugar de acabar el día feliz por haber jugado a fútbol llegaba a la ducha con los niveles de estrés al máximo.

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