MANUEL PORTOLÉS
VALENCIA
Diversos escándalos han salpicado en el último año a la prestigiosa Fundación Nobel (Stockholm, Suecia), con intervención de la Fiscalía. Uno de ellos, trata de un posible soborno al aceptar viajes a China solo tutti plan de algunos de los académicos para explicar a sus autoridades cómo se realizan el proceso de selección nominal al prestigioso premio. Y el otro alboroto versa sobre la posible presión de una multinacional farmacéutica, AstraZeneca (patrocinadora de la «Web Nobel»), en la decisión final del premio Nobel de Medicina 2008 a un investigador (Harald zur Hausen) que mantiene con ella ciertos vínculos ; el científico contribuyó con sus investigaciones al conocimiento del virus del papiloma humano, promotor del cáncer de cuello de útero y casualmente este laboratorio dispone de unas rentables vacunas.
Tras estas acciones contra el complejo sistema de nominaciones, un grupo de investigadores de prestigio solicitan que después de un centenar de años de galardones se actualicen sus premios hacia la ciencia moderna en un mundo tan rodeado de investigación y tecnología (occidental obviamente), y con graves problemas globales (superpoblación, cambio climático, contaminación…). Por ello, los críticos solicitan a la Fundación Nobel nuevos premios como el de Medio Ambiente o Salud Pública.
El lunes comenzó con el Premio Nobel de Medicina, la comunicación a los ganadores de estas distinciones dotados con casi un millón de euros, medalla y diploma incluidos, y le han seguido los de Física y Química. Paralelamente en el Sanders Theatre de la Universidad de Harvard (EE.UU) se entregan los premios «Ig-Nobel», los «anti-Nobel», una parodia de los originales que pretenden de otra forma acercar la ciencia, algo más divertida, a la sociedad. Los originales fueron creados en 1901 tras la lectura del testamento del inventor de la dinamita, Alfred Nobel, y los ficticios en 1991 por Ignacious Nobel (Ig-Nobel) inventor de la «soda pop».
La presencia de mujeres entre los Premios Nobel es más bien escasa, solo tomando como referencia los últimos cinco años, de 2004 a 2008, se han entregado 57 medallas y tan sólo 5 han ido a parar al cuello de mujeres; en este período ninguna premiada en física, química o ciencias económicas. Este año el premio Nobel de Medicina lo compartirán a partes iguales dos damas y un caballero: Elizabeth H. Blackburn (University of California), su ex-becaria Carol W Greider (Johns Hopkins University, Baltimore), y Jack W Szostak (Harvard Medical School, Boston).
Estos investigadores americanos de nacionalidad comenzaron hace 30 años a cartografiar los extremos de los cromosomas, unas estructuras conocidas como telómeros. Pero la historia comenzó realmente en los años 30 del siglo pasado cuando al someter a rayos X (agente mutagénico) moscas de la fruta, Drosophila melanogater, dotadas de cromosomas gigantes, se observó que a diferencia del resto del genoma, en los extremos de éstos no se habían producido alteraciones. Otros experimentos llevaron a la conclusión que los telómeros conferían a los cromosomas una estabilidad estructural que les impedía, entre otras cosas y durante la división celular (mitosis), pegarse unos con los otros, lo cual hubiera sido caótico para la vida celular.
Después se supo que éstos extremos actuaban como un reloj molecular interno que limitaba el número de divisiones celulares, ya que tras cada una de ellas se perdía, digamos se mordisqueaba, un muy pequeño trozo. Los hoy premiados, y en especial Blackburn, descubrieron una enzima, transcriptasa reversa, la telomerasa como responsable de reorganizar estas «puntas» de los cromosomas; su actividad, como la longitud de los telómeros, varían con la edad. Sin embargo, esta enzima no está constantemente encendida, presenta alta actividad en los embriones cuyas células se dividen con rapidez, o en tejidos como la médula ósea (fabrica diaria de células sanguíneas), y se apaga cuando las células son adultas. Ahora bien, en las células cancerosas la actividad de esta enzima se mantiene y recupera los telómeros, dejando a cero el contador molecular de divisiones, y de esta forma las células se dividen y dividen, convirtiéndose en malignas e incluso «inmortales».
Estos descubrimientos, premiados esta semana con el Nobel de Medicina, conducen a nuevos enfoques terapéuticos en especial en el cáncer y en el envejecimiento celular, pues el control terapéutico de la telomerasa podría ofrecer alguna solución en los próximos años.