MANUEL PORTOLÉS
En España también se investiga las concentraciones de CO2 (dióxido de carbono) en la troposfera, la capa de atmósfera que está en contacto con la superficie terrestre, es decir, donde nos encontramos y donde se desarrolla gran parte de la vida sobre el planeta. Investigadores de la Universidad de Valladolid publican este mes en Theoretical and Applied Climatology que en áreas rurales poco habitadas las concentraciones de CO2 también han aumentando significativamente en los últimos tres años; datan este incremento en 3 ppm (partículas por millón) por año.
Las consecuencias son de gran interés pues los niveles de este protagonista gas, dependen en áreas libres de contaminación, como deben de ser las rurales, de la respiración y fotosíntesis vegetal, de las emisiones que abandonan la tierra, pero también de la evolución de la propia atmósfera, y vemos que ésta no goza ya de buena salud global. Estos resultados realizados en «la baja atmósfera», según los investigadores, son las primeras y hasta ahora únicas mediciones en el territorio peninsular; lo cual me parece increíble disponiendo durante años de un Ministerio de Medio Ambiente, llamado también «y de Medio Rural y Marino» que se concluye hibernado para el CO2.
Y si el tema ya estaba complicado, aparece la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de los EE UU, y declara que los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, son peligrosos para la salud. Gases que emanan negativamente de centrales eléctricas y fábricas, y también de los vehículos que queman combustibles fósiles (petróleo y carbón). La contaminación del aire esta ya relacionada con enfermedades como el asma y otros problemas respiratorios, pero también con el cáncer y el desarrollo de dolencias cardiacas. Si una agencia estadounidense como la EPA pone sobre la mesa declaraciones de este tipo, es según su directora la doctora Lisa P Jackson, porque «la administración americana ya no ignorará ni la ciencia ni la leyes, ni tampoco eludirá la responsabilidad que tenemos con nuestros hijos y nietos». Sin embargo, varias agrupaciones empresariales opinan que declarar esta situación como peligrosa puede desencadenar numerosos litigios y regulaciones que afecten a la economía; es decir, «la pela es la pela» y la ciencia me importa un bledo, tanto como cosa insignificante o como quenopodiácea (planta rastrera).
Avalancha de resultados
También estos días, cruciales para el clima, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha indicado que 2009 podría ser uno de los diez años más cálidos desde 1850 cuando comenzaron a registrarse las temperaturas con instrumentos científicos; este 2009 fue más cálido de lo habitual para todo el mundo, excepto para Canadá y los EE UU con más frío. Sin embargo, aunque se enfríen más todavía las temperaturas hasta final de año, está claro ya para la OMM que el decenio de 2000 a 2009 ha sido el más cálido de los últimos 30 años.
El informe final sobre el clima en 2009 de la OMM, con todos los datos de este año, se publicará en marzo de 2010, pero mientras tanto adelantan algunas cosas de interés: (1) la tormenta extratropical Klaus (finales de enero) fue la peor del decenio, con vientos de fuerza similar a los de un huracán de categoría 3 (afectó a Francia y España); (2) lluvias extremas sobre zonas del Mediterráneo (septiembre), como en el sureste español, donde se registraron 300 mm en menos de 48 horas, cuando el promedio anual era 450 mm; (3) la extensión del hielo marino en el Ártico durante el deshielo fue en 2009 la tercera (2007 y 2008 delante) más reducida desde que comenzaron las medidas vía satélite en 1979; y (4) los fenómenos climáticos extremos siguen aumentando, como las grandes inundaciones, sequias prolongadas, olas de calor y de frío intenso, o enormes tormentas de nieve.
Y por si quedaban dudas, científicos de la Universidad de Buffalo, publican en Proceeding of the National Academy of Science nuevas evidencias de que el calentamiento global de las últimas décadas es distinto del que podríamos llamar «natural». Es decir, que la posibilidad de que el cambio climático de hoy, pudiera ser una simple variación natural (dejan huella geológica) se «derrite». Tras analizar los sedimentos recogidos en un lago ártico, se detectó que eran diferentes a los encontrados en calentamientos pretéritos. En el análisis retrospectivo que incluye los últimos 200.000 años se observan periodos tan calurosos como los actuales pero obviamente por causas naturales, el hombre poco podía interferir en el clima en aquella época.
El océano se vuelve cada vez más ácido
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza ha presentado en la Cumbre del Clima de Copenhague la guía «Acidificación de los Océanos – los hechos», que sintetiza los datos científicos más recientes acerca de este fenómeno y de la extinción masiva de especies marinas. El aumento de emisiones de CO2 en la atmósfera acidifica el agua del mar y amenaza a especies y ecosistemas, valiosos para la alimentación humana y la economía. Cerca de la mitad de la productividad del planeta se debe a los océanos, y los seres humanos la aprovechan directamente a través de las pesquerías de peces y mariscos. El océano absorbe también el 25% del dióxido de carbono que se emite cada año, y produce la mitad del oxígeno que se respira. La situación se clasifica como grave.