Manuel Portolés
Morfeo, el dios de los sueños, es, para algunos mitólogos, hijo de Nix (su madre, la noche) e Hipnos (el sueño). El poeta romano Ovidio (43 aC- 17 dC), cuenta en su obra Las Metamorfosis, que Morfeo dormía en una cama de ébano ubicada en el interior de una cueva tenuemente iluminada, y rodeado de adormideras. Hoy, dos mil años después, gran parte de la sociedad lucha contra el placer de dormir (el 16% duerme menos de seis horas/día), unos combinando hipnóticos (aumentan la cantidad de sueño) y antihipnóticos, según necesidades, y otros intentando mediante fármacos (melatonina) modificar su ritmo circadiano. Jugar con el sueño puede ser peligroso.
Un estudio reciente, publicado en la revista especializada Sleep, realizado en la Universidad de Texas (EE UU) con militares voluntarios, demuestra que la capacidad de tomar decisiones con rapidez se reduce al no descansar. Los menos durmientes integraban de peor forma la información que se les suministraba durante el día que los que caían en los brazos de Morfeo plácidamente, y, por lo tanto, los primeros reducían sus capacidades para la toma de decisiones rápidas e instintivas y sobre las cuales habían sido entrenados. Con esta actitud de reducir el tiempo de sueño, y en función del trabajo (policías, bomberos, sanitarios...) están colocando en riesgo a las personas sobre las cuales recaen sus decisiones.
Hasta ahora, varios estudios relacionaban la carencia crónica de sueño con el aumento de enfermedades cardiacas, diabetes e incluso obesidad. En American Journal of Clinical Nutrition, científicos de la Universidad de Luebeck (Alemania) demuestran que la falta de sueño puede afectar la salud humana al reducir la actividad física. Cuando los sujetos durmieron ocho horas dedicaron hasta un 25% de su tiempo activo en realizar ejercicios intensos, con cuatro horas de sueño estos porcentajes fueron menores. En este estudio la falta de sueño no modificó los niveles sanguíneos de las hormonas reguladoras del apetito, ni hizo que los individuos observados, todos ellos varones, ingirieran más alimentos al día siguiente.
Sin embargo, otros grupos de investigación sí que han visto que la falta de sueño altera los niveles de leptina y grelina, conocidas como «las hormonas del hambre», aumentando el apetito diurno. La leptina se segrega en las células de grasa y regula el peso corporal, si baja su nivel aumenta el hambre, y si sube su concentración le indica al centro de mando (cerebro) que el «depósito» está lleno, y activa la eliminación de calorías, y la grelina es segregada por el estómago para aumentar el apetito.
Hoy no duermo, pero mañana sí
Es frecuente que se intente resolver la deuda intrasemanal con el sueño dedicándole más tiempo del considerado normal o saludable (siete u ocho horas al día, en adultos) el fin de semana. Sin embargo, hace unos días se publicó en Science Translational Medicine que dormir extraordinariamente bien una noche no devuelve la pérdida crónica de sueño; es decir, que el déficit de funcionamiento acumulado persiste para aquellas personas que frecuentemente duermen menos de ocho horas. Así, la solución de esperar, por ejemplo, al fin de semana para rellenar la tarjeta del sueño no es muy adecuada; podremos tener la sensación de que funcionamos mejor, pero ésta es sólo a corto plazo, dicen los investigadores del Hospital Brigman and Women´s (Boston, EE UU), ya que «los efectos nocivos de la pérdida de sueño a largo plazo perduran más tiempo».
Los investigadores señalan en su estudio que la pérdida crónica de sueño por dormir seis horas diarias durante dos semanas causa un nivel de «incapacidad» (somnolencia repentina, errores y accidentes poco habituales) semejante al de permanecer en vigilia 24 horas, y estas circunstancias negativas no desaparecen después de un largo sueño de recuperación.
Y por último, les comentaré un estudio aparecido en el mes de enero en la revista Archives of Pediatric and Adolescent Medicine, realizado con centenares de niños y niñas de 3 a 6 años, que demuestra básicamente que disponer en los niños de menos horas de sueño (por debajo de ocho) elevaría los niveles de glucosa en sangre (hasta 2,15 veces) y, por lo tanto, estarían en mayor riesgo de adquirir diabetes y obesidad. El trabajo viene de la Academia de Ciencia de China (Shanghai) y la afirmación es rotunda, e independiente del sexo, de la alimentación inicial, de su actividad física, la masa corporal o el tamaño de la cintura. Felices, dulces y prolongados sueños.