MANUEL PORTOLÉS
VALENCIA
«La naturaleza es combustible para el alma», es lo que afirmaron investigadores de la Universidad de Rochester (EE.UU) al presentar a los medios de comunicación su estudio que publica este mes Journal of Enviromental Psychology; es decir, el contacto con la naturaleza refuerza la vitalidad del ser humano, aumentado el afecto y la generosidad. El estudio demuestra que las personas con mayor vitalidad tienen más energía para realizar sus tareas diarias, y son también más resistentes a muchas enfermedades, incluidas las que afectan al sistema inmunitario; además, el simple recuerdo de las experiencias vividas en la naturaleza hace sentirse más feliz y optimista, según este estudio realizado por psicólogos.
Visitar la naturaleza, o un simple parque introducido en ambiente urbano, reduce la presencia de síntomas de agotamiento que, sin causa física, algunas personas sufren en las ciudades; el 90% de los urbanitas se sienten con más energía, si practicaron alguna actividad al aire libre. Los autores de esta investigación sugieren, que antes de atiborrarse de café y pastillas para combatir el cansancio, se vaya de visita a la naturaleza. Por lo tanto, es vital que las ciudades se pueblen de espacios naturales, e incluso los edificios se diseñen con ventanas que miren hacia algún elemento natural, y sus interiores se pueblen con las plantas más adecuadas a cada ambiente profesional.
Sin embargo, a pesar de tener identificadas más de 300.000 especies de plantas, éstas encierran todavía muchos secretos. Estos días en la revista Nature, científicos del Instituto Max Planck (Alemania) han descubierto una variante del gen «ACD6» que hace que las plantas sean resistentes a los patógenos a la vez que disminuye la producción de hojas, y por lo tanto, tengan una menor tasa de crecimiento; cuando estas plantas (en el experimento Arabidopsis thaliana) provistas de este «gen protector» son atacadas, responden mucho mejor que las que no lo incluyen en su genoma. Entonces, se preguntan los investigadores, ¿qué es mejor invertir en resistencia a las enfermedades o en biomasa?. El dilema evolutivo continúa. Cuando las plantas son acosadas por agentes infecciosos, las más resistentes crecen con lentitud y son menos competitivas que sus homólogas menos resistentes. Quizás esta sea una de las razones por las que en la naturaleza (no olvide visitarla de vez en cuando) tenemos plantas grandes vulnerables a los patógenos y pequeñas muy resistentes.
El suicidio del trigo
En la Universidad de Varsovia (Polonia), afirman que las plantas piensan y recuerdan, y en función de ello son capaces de actuar en un sentido u otro. El descubrimiento, que se presentan estos días en la reunión anual de la Sociedad de Biología Experimental, en Praga, señala que los vegetales transportan información obtenida mediante los estímulos lumínicos (electroquímicos) que llegan a una hoja, a las otras hojas vecinas, a semejanza de un sistema nervioso. Los científicos iluminaron una hoja de una planta, mientras las otras de su entorno permanecían en oscuridad, y vieron como en las «no iluminadas» se producían reacciones químicas en cascada. Los investigadores también han comprobado que este tipo de reacciones son diferentes en función del color de la luz con las que se las ilumine.
Otro descubrimiento vegetal, y sorprendente, que viene esta semana en la revista Proceeding of the National Academy of Sciences, demuestra como dos hongos inducen suicidio celular en el trigo. Los hongos, de nombre Pyrenophora tritici-repentis y Stagonospora nodorum producen una toxina «ToxA» que inducen en el trigo una reacción denominada muerte celular programa, que a su vez está regulada por el gen «Tsn1». Estos hongos necrotrofos (que se alimentan de tejido muerto) engañarían al trigo desregulando las capacidades de control del gen «Tsn1», y especialmente durante las horas de luz del día (fotosíntesis); durante la noche la toxina no reacciona con el gen.
Y por último, ¡no me olvido de los peces!, investigadores de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) han demostrado que los peces gruñen y se gritan unos a otros mediante la contracción de los músculos de la vejiga natatoria. Así, por ejemplo, han comprobado que los bacalaos son generalmente silenciosos excepto en el desove, lo que les lleva a pensar que quizás estos sonidos sean una llamada para la sincronización de la fertilización de los huevos. Sea como fuese, las plantas y los peces no dejan de sorprendernos. Que así sea.
El mar huele a dimetil-sufuro del plancton
La revista Science recoge esta semana un estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), donde se explica que de la misma forma que las aves marinas y las focas localizan su comida identificando a través del olfato una sustancia de azufre producida por el plancton, los organismos microscópicos que forman este plancton también se sirven de aromas bajo el agua para buscar su alimento. Además, el estudio indica que el mar huele, en buena medida, a un compuesto de azufre producido por el plancton denominado dimetilsulfuro (DMS), un gas producto de la degradación biológica de otra sustancia, el dimetilsulfoniopropionato (DMSP), fabricada por el fitoplancton marino. Varios investigadores habían demostrado que el olor del DMSP y DMS atrae a peces, erizos de mar, pingüinos y focas.