MANUEL PORTOLÉS
Diferentes estudios realizados en la década de los pasados 70, coinciden en determinar que el matrimonio elevaba el estrés en las mujeres, y en consecuencia este contrato beneficiaba a los hombres. Los cambios sociales ocurridos en las últimas décadas en occidente, justifica una revisión de la «biología matrimonial».
Investigadores de la Universidad La Trobe (Australia) tras analizar la salud mental de 11.000 adultos han concluido, que hombres y mujeres sufren el mismo nivel de estrés matrimonial, culpable de inducir en el 12 % un aumento de la tensión arterial. El trabajo descubrió también que el 25 % de las personas de ambos sexos, se sienten desamparadas durante su etapa de soltería, y que son las mujeres casadas con hijos las menos propensas a sufrir trastornos mentales. Podríamos decir, hasta aquí, que mujeres y hombres son más felices cuando están juntos, pero casados.
Sí, sí... ¡qué bonito!, pero ¿qué ocurre cuando se vive «en común», sin documento jurídico? La respuesta la encontramos en la Universidad de Newcastle (Gran Bretaña), donde un grupo de nutricionistas afirma que la «cohabitación», no documentada en el juzgado, engorda. Los resultados muestran que las mujeres que deciden irse a vivir con el novio o «amigo fuerte», tienden a engordar al empeorar sus hábitos alimenticios; más platos de carne, guisados y pasta, más contenido calórico, más azúcares y más grasas. Por otro lado, el estudio afirma que las mujeres son una buena influencia para los hombres. Los chicos adquieren costumbres más saludables para su vida y comen mejor que cuando vivían solos; comidas más ligeras, más sanas, y con más frutas y verduras. Otro estudio, realizado con 3.000 parejas oficiales (con papeles), concluye, en los mismos términos: la mayoría de las mujeres ven como negativa la influencia de su compañero para su dieta.
No discuta si usted se ve identificado en estas conclusiones, pues estos días publica Archives of Internal Medicine que una mala relación conyugal puede causar ataques al corazón. Investigadores de la Universidad de Londres han determinado, tras estudiar a 9.000 sujetos (funcionarios públicos que fueron estudiados durante 12 años), que el estrés y la ansiedad que generan las relaciones incompatibles aumenta el riesgo de desarrollar enfermedad cardiaca en un 34 % (como ataques cardiacos o dolor de pecho). Buceando en los datos y descartando otros factores de riesgo (obesidad, tabaco, alcoholismo y antecedentes familiares) el resultado sigue siendo alto, un 23 % más de riesgo.
También sabemos que el estrés de los padres ampara niños obesos, lo leímos este verano en Obesity. El trabajo (Universidad de Florida) determinó que el estrés paterno (y el acoso escolar de los compañeros de clase) dificulta en los niños con sobrepeso (también en los obesos) el desarrollo de comportamiento saludables; lo mismo ocurre si los padres padecen síntomas depresivos. Si en ambas situaciones, los padres no son capaces de apoyar emocionalmente a sus hijos, no les cuidan la alimentación, y no les alejan del sedentarismo, los pequeños caminarán al sobrepeso y a la depresión.
Pero volviendo al tema matrimonial, nos encontramos esta semana con un trabajo de la American Psychosomatic Society, que afirma que las parejas casadas que tiene una convivencia dificultosa entre sí, experimentan un endurecimiento de las arterias coronarias. El estudio realizado en la Universidad de Utah (EE.UU), indica que las mujeres que eran hostiles con sus cónyuges eran más propensas a desarrollar ateroesclerosis (arterias duras), y si ellos también eran hostiles la calcificación arterial aumentaba. En cambio, cuando los caballeros o sus señoras actuaban de forma controladora, la aterosclerosis predominaba en los varones.
Y aunque parezca increíble, investigadores de la Universidad de Ohio (EE.UU), descubrieron que una discusión entre casados podría retrasar la curación de una herida, al menos 24 horas. Las parejas muy hostiles cicatrizaban con índices más bajos, hasta del 73 %, presentando además un aumento de las proteínas-citoquinas (como IL-6) que se relacionan con procesos de inflamación (también con enfermedad cardiovascular y envejecimiento). Los sujetos del estudio se sometían dos días después de la «gran discusión» (sobre dinero, hijos, vacaciones o tareas de casa) a un análisis escanográfico de su arterias para visualizar las placas de ateroma (fibras, lípidos y colesterol en su pared interna). Los datos demuestran que la «discusión marital» tiene el mismo efecto sobre la aterosclerosis que el tabaco, la presión sanguínea, el sedentarismo o el colesterol.
Y por último, a pesar de todos los datos, ¿pero que mirarán las mujeres en los hombres a la hora de elegir su pareja?. La respuesta se publica estos días en Personality and Individual Differences. Los varones con «catadura» masculina (mandíbula cuadrada, nariz grande y ojos pequeños) no atraen a las mujeres para contraer matrimonio, pues ven en ellos seres dominantes, infieles, malos padres y poco cariñosos. Y en cambio, si son buenos para el «enlace», según ellas, los hombres con facciones más delicadas (labios carnosos, ojos grandes y cejas arqueadas), pues les transmiten más sensación de fidelidad, mayor nivel de compromiso en la pareja y una buena aptitud hacia la paternidad.
Señoras y señores, «buen rollito» y buena cara, por sus hijos, que beben de sus arterias.