Jaime Rosales acomete enérgicamente dos iniciativas en su último film. Una renovación en la narrativa y una valiente propuesta para sensibilizar al espectador acerca de la violencia absurda. En Tiro en la cabeza aparece Ion, un personaje indefinible, trivial. La cámara le sigue, él pasea, conversa, e intercambia caricias con su pareja, un modelo de lo cotidiano. Rosales incorpora un personaje inesperado: la cámara tiene una conducta especial. No sabemos si la maneja un documentalista, la policía o un voyeur. El teleobjetivo se apropia del escenario y atrapa los primeros indicios. No hace falta escuchar, el espectador interpreta el silencio. Hitchcock ya lo hizo en La ventana indiscreta (54). Gus Van Sant también en Elephant sobre la matanza de Columbine, a pesar de su austeridad, fue Palma de oro en Cannes en 2003.
La tensión se eleva como en un thriller. Sabemos lo que va a pasar pero no cuándo. En un instante llega el vértigo de la violencia. Un joven de paisano con apariencia de policía cuza su mirada con Ion, se dispara la adrenalina y se impone el caos. Rosales realiza dos películas en una: un documento sobre la ficción y un drama sobre hechos reales. En un momento crítico, todo cambia: el papel de la cámara y la forma del relato.
Tiro en la cabeza es un contundente alegato contra la prolongación de lo absurdo. Controvertido pero eficaz, el film es una propuesta directa a la conciencia. Todos quedarán impactados. Incluso ellos.