Abatido por la violenta pérdida de su esposa y por los desgarrados lamentos de su pequeña, Joe recurre al bálsamo de la distancia, se marcha un año a Génova. Michael Winterbottom en su último film explora la anatomía del dolor, su mirada desciende hasta los cimientos emocionales de sus personajes y muestra el rostro del sufrimiento. Todos están vulnerables en la primera etapa del duelo. Sobre la fase de la «negación» en Caos Calmo, Nani Moretti realizó un memorable trabajo.
Winterbottom continúa con su heterodoxia formal restando peso al desenlace, su análisis se hace más preciso. Los afectos se desestabilizan y los conflictos amenazan. El relato gana en compromiso y el cine se hace más humano. El otro protagonista, la capital de la Liguria, aparece como un homenaje a su presente. Atrás queda la antigua potencia mediterránea que la cámara apenas enfoca. Se registra el tráfico en los famosos túneles como elemento que aporta tensión. Joe, el profesor, indaga en sus alumnos sobre la identidad. Entre las respuestas se escucha el silencio de las callejuelas medievales y las imágenes en escorzo para el espectador atento. Hoy los genoveses reflexionan sobre si un alminar puede alterar el paisaje del puerto.
Después de Camino a Guantánamo, un alegato contra el choque de civilizaciones, Génova es el film más certero de Winterbottom, un título obligado en la filmografía de un director controvertido, radical y comprometido.