María Tomás, Valencia
«Los adolescentes no son marcianos, son hijos nuestros». Lo decía el psicólogo, periodista y educador Jaume Funes en el Club Diario Levante, donde acudía invitado por Akoe Educación para transmitir un discurso positivo sobre los adolescentes en una sociedad «que les trata como un problema cada vez que aparece alguna dificultad». Como muestra, el debate sobre si una niña de 16 años puede abortar sin consentimiento o tomar la píldora del día después. «Desde que no los necesitamos para trabajar hasta los 20 años, el adolescente necesita un estatus de responsabilidad diferente. No está en la mayoría de edad ni en la infancia y eso nos obliga a aclarar para qué sirve la adolescencia y qué hacemos con ellos entre 1º de ESO y 1ª de Bachillerato».
Descubrir a los hijos, averiguar si están agobiados o enamorados, ayudarles a mantener la curiosidad por saber y por continuar teniendo deseo de aprender son algunas de sus claves. No lo son el control, la exigencia de unas buenas notas o el ejercicio del poder. «Ellos no atienden la autoridad sino nuestra capacidad de ganárnoslos siendo adultos próximos y positivos. Hemos de demostrarles que nos interesa su vida y no soltarles eso de que lo suyo son chorradas modernas o que antes todo era mejor». Entre otras cosas, porque la esencia de la adolescencia es confrontarse con el adulto. Una forma de autoafirmación. «Hemos de asumir que estamos para servir de pared de frontón, porque su deporte favorito es el rebote». Entonces, Funes instó a padres y educadores «a no caer en la trampa del adolescente torero que exhibe el pañuelo rojo para que embistas».
En su opinión, el adulto debe «ocupar la trastienda, no esperar su agradecimiento, que vendrá más tarde, y asumir que no les enseñamos sino que les ayudamos a que aprendan lo que no saben sin que tengan que reconocer que no saben».
Un dato. «El conocimiento no se transmite. Inevitablemente, procede de la experiencia y es el adulto el que le ayuda a decantarlo». ¿Cómo? «No con la cultura del esfuerzo como sinónimo de la letra con sangre entra —aprender no tiene porqué ser aburrido, dijo— sino con la cultura de la implicación activa en el aprendizaje». La curiosidad.
Una forma de hacer frente a las tres afirmaciones propiedad del adolescente: el yo lo sé todo, el tranquilo que controlo y el eso a mi no me pasa. Para todo ello, el adulto «debe saber situar los conflictos y tener claro que tenerlos no significa hacerlo mal». Su propuesta es que los padres asuman que el adolescente puede decidir sobre su vida. «Lo que no puede ser es que se puedan arriesgar por no tener los criterios para tomar esas decisiones», una situación que implica directamente a la tarea educadora, según Funes. «La adolescencia es un tiempo para sacar experiencia de lo que experimentan», afirmaba.
También animaba a saber evitar la angustia del padre sobreprotector. «Las seguridad no es construir una campana a su alrededor sino ayudarles a que aprendan que existen los riesgos y que algunos de ellos les pueden destruir». Sobre todo, en una sociedad que ha cambiado la forma de adquirir el conocimiento. «El problema no es el ordenador sino entender cómo se enseña en una sociedad digitalizada». Para Funes, cada adolescente puede recorrer un camino diferente para acceder a la información que, además, puede ser contradictoria. «Lo importante es ayudarle a descubrir qué camino ha recorrido y ayudarle a que recorra otros». También, porque en la sociedad del conocimiento «las influencias son múltiples y los valores que adquieren serán muy diferentes. Necesitarán a una persona adulta que les ayude a aprender esos valores. Los que adquieran dependerán de nuestra capacidad para enseñárselos», espetó.