JOSEP LLUÍS GALIANA VALENCIA
"Han dicho de mí que soy un hombre que busca a Dios. Esto no es cierto. Yo no busco a Dios. Yo sólo intento perderlo. Nosotros no sabemos nada de Dios. Y el fantasma que hemos construido sobre él en nuestra fantasía, el ídolo que denominamos Dios, es el impedimento fundamental en el camino hacia lo único que podemos encontrar de verdad: el camino hacia nosotros mismos." Con esta cita del escritor austríaco Gustav Meyrink, el presidente del patronato de la Fundación Rosacruz, Eduard Berga, tendió el puente que une la entidad que él representa con la poesía de Juan de la Cruz. Responsable de la edición del libro de Carlos Mengod, Juan de la Cruz. Símbolo y espiritualidad, presentado el pasado viernes en el Club Diario Levante, Berga afirmó que la obra poética del carmelita descalzo "está igualmente llena de desprendimiento y de renuncia, de un alcanzarlo todo no poseyendo nada y también él quiso perder a ese dios construido por un mundo de imágenes, fantasías e ideas y, en ese andar por una noche oscura, supo encontrarse a sí mismo".
El estudio de Carlos Mengod está impregnado "por la lectura sosegada y profunda de la poesía de fray Juan", añadió Berga. "Una poesía -señaló el autor del libro- en la que lo importante es el símbolo, lo no visible, lo misterioso, lo que está detrás". Considerado como un poeta vanguardista y moderno para su época por la Generación del 27, Juan de la Cruz "coge lo mejor del Renacimiento y lo eleva". No obstante, la mentalidad vanguardista de Juan de Yepes (1541-1591), así se llamaba antes de cambiar su apellido, no sólo se encuentra en la decidida elección por la nueva métrica italiana, introducida en España por Garcilaso de la Vega en plena batalla postconciliar, sino por su concepción universalista de la espiritualidad.
La teoría de los cuatro elementos
"La doctrina de Juan de la Cruz, explicó Mengod, se relaciona íntimamente con la teoría de los cuatro elementos", en los que se basaba la física de la época: tierra, aire, agua y fuego. Por esta razón, el investigador valenciano ha dedicado un capítulo a cada uno de esos elementos, menos al fuego por encontrarse distribuido a lo largo de toda la obra lírica del carmelita descalzo. "El Fuego es el símbolo de aquello, de "un no sé qué", que permanece en el secreto animador de toda vida y toda creación".
El primer capítulo, dedicado al símbolo de la Cruz (que adoptó como apellido espiritual) "no sólo evocaba la misión que iba a desarrollar con su vida, aseveró Mengod, sino que también sintetizaba su concepción de la espiritualidad al mismo tiempo que estructuraba su obra escrita. El pequeño dibujo de Cristo crucificado que se conserva en el convento de la Encarnación de Ávila está en sintonía con su doctrina de la desnudez y la sobriedad de la cruz, y sus opiniones sobre la utilización de las imágenes en la religión." Mengod se preguntaba "cómo pudo mantener Juan de la Cruz la universalidad de su mensaje liberador en un entorno religioso, que él mismo advierte, impregnado de ignorancia espiritual e intolerancia fanática."
Mengod fue desgranando el contenido de su estudio y analizando aquellos poemas imprescindibles que jalonan la producción lírica juancruciana como La noche, un poema verdaderamente vanguardista y un símbolo transversal en toda su poesía; El monte (tierra), símbolo universal con el que reivindica la espiritualidad hebráica; El pájaro solitario (aire), y La Fonte (agua). Los poemas fueron recitados por Irene Mira con el acompañamiento musical del guitarrista vasco Ivai Rekondo.