Costa Gavras dirige su mirada hacia el drama de la inmigración. En Edén al oeste comparte la huida desesperada hacia el futuro de un joven que ha alcanzado la costa mediterránea. El protagonista irá conociendo distintos rostros en su larga odisea. Su mirada desvalida le delata; todos saben que huye. París recibe del cineasta un tierno y justo je t´aime. En los años 50, cuando él era un joven griego, fue acogido en las reuniones en casa de Yves Montand y Simone Signoret, donde conoció a Glucksmann, Henri-Levy, Semprún o Debray. Allí maduró su compromiso y se gestó su primera película. Elías, protagonista de Edén al oeste, está perdido y los parisinos le ayudan. Ellos saben que tienen más de cuatrocientos mil sin papeles y no temen al efecto reclamo. Atrás quedan lejanos y oscuros recuerdos: la violencia contra los norteafricanos en los sesenta. El filme evoluciona entre la épica de Homero y la sensibilidad social de Víctor Hugo. Siempre habrá un omnipresente inspector Javert para los que llegan sin mirar atrás. Sin embargo, el director nos transmite que ellos tienen algo que los hace valiosos: su capacidad para mirar siempre hacia delante. Es, sin duda, un mensaje estimulante y esperanzador y no sólo para ellos, sino para todos.