Anna es decidida, valiente y generosa, pero en la complicada dinámica del siglo XXI ha perdido el rumbo. El mar de fondo la arrastra y no lo puede evitar. Ventura Pons, verdadero maestro de la visión intimista, encuentra en la historia de Anna una oportunidad para hablar de toda una época. Pons se consagró en 1978 con su película Ocaña retrato intermitente, lúcido documento sobre un rebelde intuitivo que marcó una etapa en el cine y con el que conquistó Cannes. Tres décadas después, el cineasta catalán vuelve sobre el conflicto entre el individuo y su tiempo. Anna ha regresado marcada por el mal del continente negro, la desesperanza, y no encaja en la opulencia de Occidente. Se siente sin norte y busca el remanso de una isla. En un área de servicio, se encuentra con sorpresas humanas. Cortázar ya anticipó la metáfora de la carretera como un mar ignoto y hasta proceloso en los Autonautas de la cosmopista y retrató la inhumana inmensidad del asfalto en Autopista del sur. Pons recoge la angustia de Anna y su resuelta valentía. Ella no sigue cantos de sirena y prefiere seguir su incierto rumbo. A la deriva nos deja la estimulante impresión de que quizás aún queda un espacio para la esperanza positiva. Siempre que Anna siga dispuesta a todo. La vida sólo está empezando.