Ken Loach, licenciado en Derecho en Oxford, formado como cineasta en la BBC y acusado de antibritánico por sus denuncias de los excesos del thatcherismo, demuestra con su última obra, Buscando a Eric, un filme sobre «hooligans» pacíficos y entrañables, que es más inglés que nadie. Loach retrata los problemas del británico de a pie que sufre las dificultades de una prolongada etapa postindustrial sin que se vislumbre la salida. Ya lo hizo en Un mundo libre (2007), donde vemos como dos generaciones son incapaces de entenderse al vivir entre el paraíso social de los dorados sesenta y la crisis laboral que sufren los jóvenes contemporáneos. En Buscando a Eric, el director nos muestra un grupo de amigos preocupados por el extraño drama de uno de ellos. Abandonado a su suerte, Eric protege a dos hijastros «nini»
—ni estudian, ni trabajan— que se aproximan a la frontera de la delincuencia. Ken Loach toma prestada la imagen carismática de Eric Cantona, un controvertido mito del equipo de fútbol del Manchester, para construir una divertida comedia y sugerir posibilidades de solución surrealistas al drama de su personaje. Entre impresionantes secuencias de jugadas históricas y planos generales de los aficionados entregados a su pasión, el autor de El viento que agita la cebada logra un filme que materializa la magia del fútbol en la pantalla. Huston lo intentó con Evasión o victoria (1981), ayudándose del mítico Pelé, aunque no lo logró del todo. Ken Loach lo consigue plenamente, porque es capaz de desvelarnos en su cinta lo más íntimo de esta pasión: el valor de la participación colectiva. Hasta dónde puede llegar el milagro de la amistad.