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El cincuentón Eric Bishop trabaja de cartero y hace el reparto regularmente desde hace mucho tiempo, pero su vida se ha hecho muy irregular. Sufre varios golpes y cada vez se le complica más. Su segunda mujer le ha abandonado dejándole al cuidado de dos hijastros veinteañeros que no encuentran trabajo ni lo buscan. Además, su hija, que finaliza sus estudios superiores, le pide que cuide de su bebé cada día y aunque él está encantado de atender a su nieta, le supone un problema porque tiene que devolverla en casa de su primera esposa a la que abandonó hace mucho sin una explicación. Eric aún la quiere pero no puede aclararlo, porque es incapaz de afrontar sus secretos ocultos. Las desventuras se acumulan acercándole a tentaciones autoagresivas y la depresión avanza. Sólo un milagro podría rescatarlo de la peligrosa pendiente en la que se encuentra.
En su último largo, Buscando a Eric, Ken Loach (Warwickshire, 1936), director inglés comprometido con el cine social, se inclina por la comedia para construir una historia imaginativa que se desarrolla dentro del apasionado mundo de los aficionados al fútbol. La película describe con ternura la relaciones de compañerismo que se establecen entre el protagonista, un funcionario abrumado por los problemas familiares y sus amigos de siempre: un animado grupo de «hooligans» que se desviven por encontrar soluciones a la extraña crisis de su compañero. Hundido en su depresión, Eric piensa en su ídolo al que mira cada día en el póster de su habitación, Eric Cantona, la superestrella del Manchester, adorado por miles de aficionados. El anónimo Eric abriga la esperanza de que el gran Eric algún día podría servirle de inspiración para encontrar la clave que solucione sus complicados problemas.
Ken Loach ha comentado que se trata de «una historia sobre la amistad y sobre el hecho de aceptarse a uno mismo. Una película contra el individualismo; se es más fuerte en grupo que solos».