Un padre generoso contempla impotente cómo sus hijos ya maduros aún no encuentran su rumbo. La cineasta francesa Cécile Telerman indaga en Toda la culpa es de mi madre una inquietud de gran actualidad en su país: la importancia de la identidad y el rol de la familia como elemento necesario para su formación y transmisión. Recientemente, el jefe del Estado francés ha sugerido la conveniencia de realizar una consulta popular sobre este tema con la intención de fijar los valores esenciales para su cohesión. Mientras se desvelan las claves del relato en esta comedia ágil, sus personajes aparecen vulnerables buscando el equilibrio en sus vidas. Charlotte Rampling, una vez más, destaca por su capacidad de interpretar un alma contradictoria, como ya hizo en 1973 en Portero di Notte, de Liliana Cavani. Como una matriarca indiscutible, ella guarda durante décadas la verdad de la que dependen los suyos. Abuela tierna y cariñosa y madre inflexible. La película es un retrato simpático sobre una familia que, después de mucho tiempo de esperar, empezaba a olvidar la existencia del amor. Felizmente, las cosas cambian, la fortuna y el tiempo suelen formar alianza para ayudar a los desesperanzados. El amor acostumbra a sorprender en el momento más inesperado. Y si no, se sigue esperando.