Con 60 millones de muertos, en su mayoría civiles, la radicalidad criminal del fascismo aún no encuentra una respuesta verosímil que lo explique. En la esquizofrenia del Tercer Reich, altos mandos intentaron el magnicidio. Hubo diecinueve atentados fallidos contra el Führer, el más conocido fue el del coronel Stauffenberg, que llegó a la pantalla con el nombre de la operación «Valkyria» (2009). Michael Haneke tiene una singular capacidad para retratar mentes atormentadas. Lo hizo en «La pianista» (2001) acerca del masoquismo con Isabelle Hupert y en «Caché» (2005) sobre el odio autodestructivo. En «La cinta blanca», el cineasta dirige su cámara hacia la búsqueda de la oscura profundidad del cruel pensamiento nazi y lo encuentra en un pequeño pueblo germano de principios del siglo XX, donde impera la rigidez moral y se impone una educación perversa, mientras se incuba un enfrentamiento sordo entre los campesinos y el amo, un todopoderoso barón terrateniente. Con largos planos fijos y sugerente fotografía en blanco y negro que evocan el expresionismo de aquella época y que nos recuerdan también al mejor Bergman en «El huevo de la serpiente», Haneke desarrolla la intriga mientras el claroscuro refleja la angustia de los personajes como ya lo hiciera Murnau. El objetivo certero de Haneke deja a la vista las semillas del horror y muestra el sustrato donde germinó: la violencia contenida, los castigos implacables contra los niños, la falsa moral y el autoritarismo salvaje. «La cinta blanca» inquieta e impresiona al espectador, pero sobre todo se hace inolvidable por su acertada disección de los orígenes del fanatismo. Estamos, sin duda, ante una obra maestra del cine europeo.