JOSEP LLUÍS GALIANA
Integral de Sonatas para violín y piano de Ludwig van Beethoven (II). Pedro Rebollo, César Sánchez Fernández y Omar Romero (violines) y Francisco Escoda (piano). Patrocina: Clemente Pianos. 16 de febrero.
La indisposición de uno de los intérpretes truncó el orden cronológico, programado en un principio, de las Sonatas para violín y piano de Beethoven. Así las cosas, el pasado martes, durante el segundo concierto, se pudieron escuchar en el Club Diario Levante las sonatas números 6, 7 y 10, interpretadas por los jovencísimos violinistas, alumnos de Vicente Huerta, Pedro Rebollo, César Sánchez y Omar Romero. Efectivamente, como explicó Huerta, las tres sonatas que conforman el Op. 30 —Trois sonates pour le piano-forte avec l´accompagnament d´un violon— no guardan una unidad estética definida. Si la nº 6, en La mayor, (junto a la nº 8) reafirma los postulados clasicistas de su primera etapa vienesa (forma sonata, tres movimientos contrastantes, un Allegretto con variazioni escolástico para finalizar, etc.), la nº 7 sorprende al oyente por su ambición formal —cuatro movimientos—, desarrollos mucho más largos, complejos y novedosos —las cinco secciones del Adagio cantabile— y el espíritu impetuoso que anida en los pentagramas de esta partitura como el Scherzo. Allegro, donde se percibe el halo de transcendencia que perseguirá la música de Beethoven hasta el final de sus días.
El tono jovial, tierno y sumamente expresivo de la Sonata nº 6 fue aprehendido por Pedro Rebollo con sensibilidad. Mostró un timbre cálido, cercano a la voz humana. En el Adagio, este músico nacido en Fuente Álamo (Murcia) alcanzó la serenidad que exige una música que respira silencio, si bien en el Allegretto con variazioni se echó en falta más rigor en el tempo y en la estructuración del discurso.
César Sánchez Fernández abordó con carácter y aplomo la nº 7. No es una sonata fácil. El tono elegido por Beethoven, Do menor, «patético»; el fuerte contraste anímico que maneja la partitura: de lo heroico y enérgico a lo divertido y galante, de lo grave y circunspecto a lo expresivo; los amplios desarrollos y la exigencia instrumental, convierten esta sonata en una obra muy exigente para sus intérpretes, y Sánchez, junto al pianista Francisco Escoda, supo transmitir esa atormentada y cambiante poética beethoveniana, llegando a la coda final con excelente brillantez.
Por último y no menos importante, Omar Romero demostró algunas cosas importantes que avalan su talento precoz y una de ellas es su capacidad y habilidad para interiorizar la música que toca. Su interpretación de la Sonata nº 10 para violín y piano en Sol mayor, Op. 96, la última de Beethoven en este formato y escrita en 1812 para su alumno y protector el Archiduque Rudolph de Austria, fue verdaderamente talentosa y máxime si tenemos en cuenta su edad y que todavía se encuentra cursando sus estudios en el Conservatorio Superior de Valencia. El violín, para Romero, no es sólo un instrumento sino una parte más de su cuerpo; su actitud escénica es incitante, y tocar con… no es lo mismo que tocar junto a… Romero lo sabe, por eso escucha y dialoga con quien comparte escenario. Y así se hace música.
Este ciclo de conciertos está poniendo en evidencia que el aula de violín que dirige Vicente Huerta en Clemente Pianos es un semillero de talentos.