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«El peor enemigo son nuestros prejuicios»

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El cineasta peruano Javier Fuentes-León traslada al celuloide un drama pasional en su ópera prima, «Contracorriente»

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Miguel, un joven pescador de un pequeño pueblo a orillas del Pacífico, casado con Mariela, embarazada de siete meses, mantiene en secreto sus encuentros apasionados con Santiago, un atractivo pintor de fuera que inquieta a otros pobladores al no ocultar sus preferencias. Esta relación, que inicialmente era para Miguel sólo una aventura, empieza a transformarse en un incontrolado conflicto ante los demás y ante él mismo.
En su primer largometraje Contracorriente, el director Javier Fuentes-León (Lima, 1968) aborda las dificultades que enfrentan las costumbres arraigadas cuando son sorprendidas por nuevas situaciones. De su relato, Fuentes ha declarado que «hay películas sobre la homofobia que generalmente la representan como una fuerza externa, que discrimina a una persona diferente, pero en Contracorriente señalo que nuestro peor enemigo no es la intolerancia de los demás sino nuestros propios prejuicios internos. Si uno puede superar sus propios prejuicios y aceptarse como es, responder a la discriminación es más fácil. En Latinoamérica no hay un modelo a seguir para hombres y mujeres que luchan por definir su identidad sexual». En Contracorriente, el joven cineasta peruano cuenta una historia apasionada que ayuda a llenar ese vacío. «El verdadero amor, afirma Fuentes, libera a las personas de sus miedos y les permite aceptarse como son realmente».
Javier Fuentes-León estudió dirección de cine en el Institut of Arts de California. La escritura de Contracorriente la realizó tutelado por John August, guionista de Tim Burton, y, posteriormente, la completó con la colaboración de Lucrecia Martel (La ciénaga). Actualmente, trabaja en su próximo largometraje, Pearblossom highway, inspirado en un relato de Julio Cortázar.
La acción de Contracorriente se desarrolla en Cabo Blanco, un poblado marinero de la costa norte peruana. Rodeado de montañas, se encuentra aislada de influencias externas, sus habitantes son muy tradicionales y religiosos y mantienen un antiguo ritual funerario. Si alguien muere, su cuerpo debe ser bendecido por un varón y luego lanzado al mar, porque si no se hace así el alma del fallecido vagará eternamente sin descanso.
Miguel, muy querido por el pueblo, espera con ilusión la llegada del hijo que tiene con Mariela, una joven fuerte enamorada de su marido. Para el pescador, su relación con Santiago es sólo física, aunque su amante empieza a cambiar su atracción por un afecto apasionado. La inestable relación que les une tendrá un inesperado revés cuando Santiago muere accidentalmente. Miguel se siente en la obligación de organizar un funeral adecuado para su compañero porque le preocupa que su alma no alcance la paz. Sin embargo, los pobladores de Cabo Blanco empiezan a murmurar sobre la desconocida relación de Miguel con el joven que vino de fuera. En las miradas de sus amigos, él percibe la inquietud y que nadie se atreve a hablarle claramente. Miguel no sabe que hacer, el pequeño mundo que le rodea empieza a ser asfixiante.

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