En una pequeña localidad una venerable anciana trata de encontrar sosiego mientras espera serena que llegue la eternidad, no es fácil muy cerca se dibuja la silueta amenazadora de una cementera con su columna tóxica. Más cerca aún los trenes van y vienen puntuales con sus ruidosos, temblores. En La casa de mi abuela Adán Aliaga desarrolla una mirada diferente entre la veracidad del documento y el relato emotivo. Con gran precisión su cámara se acerca, descubriendo primerísimos planos. El personaje central nos cautiva con su naturalidad, sin darle importancia cuenta: «Hace 52 años estoy en esta casa que hizo mi marido con mucho esfuerzo. Hace 20 él se quedó sin trabajo. Sufrió mucho, poco después murió. Desde entonces vivo sola».
La casa de mi abuela tiene la valentía de rescatar del olvido a esos seres maravillosos que atesoran los recuerdos de todos. La longevidad generalizada ha sorprendido a instituciones y familias. A ellos no, ellos solo nos miran y esperan. En el film aparecen la ingratitud de los que endosan lo importante, un personaje dice: «Arreglarlo vosotros». Felizmente Aliaga suaviza la narración y es una nieta, Marita, radiante de vitalidad la que nos hace el relato. Las escenas cotidianas se suceden, la compra, las amigas, la casa y sus recuerdos. La abuela lleva a su pequeña nieta a misa a una iglesia vacía con un sacerdote anciano. Aliaga nos recuerda que el tiempo pasa para todos y nos nuestra un realista super ocho de hace tres décadas con una procesión donde aparece un cura joven. La casa de mi abuela es un film necesario, una armonía de imágenes que llegan a lo más intimo. Es lógico su gran éxito en festivales internacionales.