María Tomás, Valencia
Entrar en La casa de mi abuela es adentrarse en ese lugar común donde reposa el secreto de la vida. El que contiene la pócima que une a abuelas y nietas a pesar de eso que llaman diferencia generacional que, en ocasiones, no es más que un accidente temporal.
El cineasta alicantino, Adán Aliaga, lo aprendió mientras buscaba su manera de hacer cine inspirado en la poesía visual del maestro Lynch. Aliaga buscaba y filmaba su realidad natal en Sant Vicent del Raspeig; perseguía una evocación digital del universo visual de su infancia, sin que las horas de grabación y las piruetas estéticas lograran llevarle a ningún destino que le fuera útil. Hasta que un día supo que el secreto de una buena historia no estaba en el exterior sino en un lugar que de tan próximo a veces resulta invisible: la cocina de su madre.
Grabar a su madre frente al puchero y a su abuela en las tareas domésticas cotidianas le provocaron un efecto cautivador, casi renovador. Y de aquél reenamoramiento fue cobrando vida, poco a poco, el largometraje que Adán Aliaga estrena este viernes en los cines de toda España con un título muy revelador: La casa de mi abuela, que el martes se preestrenaba en el Club Diario Levante.
El director, Adán Aliaga y el distribuidor Antonio Mansilla (Sorolla Films) están hoy en Madrid para presentar una película que, según explicaba Mansilla, «se estrena en toda España en la versión original en valenciano», una situación que destacaba «porque es la primera vez que ocurre», tal como señalaba un distribuidor que ayer se manifestaba a favor de apoyar a «jóvenes directores con talento y de la Comunidad Valenciana, como Adán Aliaga, para que sus películas no se queden en un cajón y se puedan exponer a nivel nacional».
Aliaga siempre buscó el cine o al revés. Sus cortometrajes No me jodas que tú no lo haces, Diana y Jaibo, así como el documental Karlitos, son una muestra. Pero un día se encontraba, con treinta y tantos y con las dificultades que significa vivir del cine en Alicante, al borde del ataque rebelde, por los pocos medios y las muchas ganas. Precisamente, lo que le llevó a coger su cámara, «explotar a mi familia» y utilizarla para que protagonizaran una película que, ahora, triunfa en festivales de todo el mundo (Chicago, Amsterdam, Pamplona o Miami), entre ellos, también, los Premis Tirant del Audiovisual Valencià donde consiguió los premios al mejor largometraje documental y al mejor sonido.
Es La casa de mi abuela un relato basado en hechos reales pero ficcionado, sobre la relación de una nieta (la sobrina del director, alter ego de sí mismo), y una abuela (la suya) que ha habitado toda su vida en la casa que su marido construyó con sus manos, donde nacieron sus hijos, vivieron felicidad y penuria, y donde también se veló el cadáver del que la construyó, ese hábito que se pierde en la sociedad actual.
Toda una vida, 52 años en Jacinto Benavente 10, arrancan este relato tierno, emocionante y, pese a hablar de algo que desaparece, muy vital y poético, sobre la relación entre la abuela y la nieta en el marco del tercer protagonista, la casa y la situación urbanística que asola Alicante: la demolición de la vivienda para la construcción de pisos -demasiado pequeños, como señala con lógica la abuela- y las dificultades de la abuela para asumir su nueva situación, gestionar sus recuerdos y la angustia de necesitar la ayuda de los hijos. Y todo, bajo la rebelde actitud y mirada de una nieta que en nada coincide con las formas de la abuela pero a las que les une el afecto.
La grieta generacional
Aliaga relata tantas historias como fragmentos está dividido el film, siempre bajo la desaparición del hogar sobrevolando la cinta. De las visitas al cementerio a la rapidez del tren; de los humos de las cementeras prósperas, al cambio al euro; de la solidaridad entre las abuelas a sus dudas sobre lo que dice Dios y la Iglesia. O de sus dificultades cotidianas, su soledad, las charlas a la puerta de casa, las puñetas, la compañía que da la tele, su paso reposado o las zapatillas agujereadas que dejan salir callos de unos pies que ya han caminado.
Relatos en apariencia fragmentados pero atravesados de un eje fundamental. La desaparición de una forma de vida y la transformación de las relaciones humanas; desde la mirada casi de incomprensión y riña contínua entre nieta y abuela a una identificación tan asombrosa como indisoluble cuando la casa es derruida ante la mirada de las dos mujeres a las que ya no parece separarlas ninguna grieta generacional.