M. T., Valencia
Parece una trama de ficción de una películas de espías, pero el libro Rusia dinamitada es un documento basado en hechos reales y contrastados por un historiador de la contemporaneidad rusa, un escritor comprometido y arriesgado, también exiliado en Boston desde 1978, cuya vida está en peligro desde que se ha dedicado a hablar de las tramas secretas del terrorismo de Estado en la Federación rusa que apuntan la inquietante conclusión de que «hoy, quien gobierna el país son los servicios secretos, es decir, el Servicio Federal de Seguridad ruso (FSB), antes KGB».
El que llega a esta conclusión es Yuri Felshtinski, el hombre que escribió este libro incómodo para el actual presidente, Vládimir Putin, y cuya publicación está dejando un reguero de sangre envenenada. Empezando por Aleksandr Litvinenko, el ex agente secreto ruso que murió envenenado con polonio 210, junto a otros inocentes, en el Londres de noviembre de 2006, seis años después de desacatar la orden de sus superiores de matar a un judío ruso multimillonario, Borís Berezovski, que había amasado su fortuna en la era Yeltsin. El fin de Litvinenko. Como escribe Felshtinski: «no había perdón para él. Había actuado contra el sistema y eso no se le consentía a nadie».
Litvinenko no sólo hizo público el hecho acusando a los altos mandatarios de la FSB. Colaboró estrechamente con Felshtinski en la escritura de Rusia dinamitada. El libro destapa y fecha en 1991 una trama de relaciones criminales e intereses corruptos dirigida a minar la carrera de Yeltsin y preparar el ascenso a la presidencia de Putin como estrategia de la FSB para apoderarse del poder político. ¿Cómo? Precipitando la segunda guerra de Chechenia que tan popular hizo al hoy presidente. ¿Cómo? A través de atentados contra edificios de viviendas, en 1999, en los que murieron cientos de personas y de los que se acusó a terroristas chechenos. Rusia dinamitada acusa a los servicios secretos de su autoría como forma de precipitar la guerra. «En Rusia la vida tiene muy poco valor», señalaba el autor en referencia a la frialdad de los servicios secretos para tales acciones.
Un momento decisivo
El fin de la carrera de Litvinenko. El inicio de una difícil trayectoria para el coautor, Yuri Felshtinski, que el martes estuvo en el Club Diario Levante para presentar esta obra que ha publicado en España Alba Editorial. Un acto que fue presentado por el coordinador del Club, Josep Lluís Galiana, quien calificaba el libro de «un viaje a las cloacas de un Estado en vías de putrefacción que parece no tener fin a juzgar por las últimas advertencias y restricciones hechas por Putin en cuanto a la presencia de observadores internacionales en las elecciones rusas de diciembre».
Según Felshtinski, «Litvinenko recibió la orden de matar a Berezovski en el 98. Fue un momento decisivo porque decidió romper con el pasado de la Rusia de la Kgb y apoyar a la gente que quería construir la nueva Rusia», que, según este analista, en manos de Yeltsin, se abría al mundo proponiéndose como una nación más de la Europa occidental. «Yeltsin intentó seguir el modelo suizo de crear un sistema de reparto de poder convocando las primeras elecciones regionales, que permitieron diversificar las inversiones por el territorio. Putin volvió al viejo modelo centralizado. Hoy el 80% de las inversiones que mueve el gas y el combustible se quedan en Moscú y la imagen que ofrece la capital nada tiene que ver con la realidad del país, realmente necesitado».
Felshtinski considera que Putin «tiene claro que Rusia es una sociedad diferente y será gobernada de manera diferente a la europea». Un dato importante es que el presidente trabajó para la Kgb.
«O controlan o destruyen»
El escritor considera que hoy la política de Estado practica el binomio «o controlan o destruyen». Según sus palabras, el FSB «puede amenazar o matar como resorte final, pero le interesa más controlar personas, negocios o instituciones», afirmó. «Si la fuerza no da resultado, usa el soborno porque tienen intereses en el sector del combustible y manejan dinero, compran lo que quieren y si no, lo destruyen».
Felshtinski también se refería a la compra de la prensa soviética y canales de televisión que «practican la política de hablar bien del presidente y ofrecer mala imagen de EE UU y de Europa». Según el autor, «los rusos tienen un cuadro diferente y desde dentro se hace muy difícil formarse una opinión ilustrada».
Todo ello añadido a la «sutilidad de convocar elecciones. Litvinenko fue uno de los primeros que denunció esta maniobra». Una estrategia que consiste en «colocar a miembros de anteriores estructuras de la KGB en puestos oficiales. Sería buena idea una ley que prohibiera su participación en la vida política, como ha hecho Polonia», dijo.
Si bien, Felshtinski se mostró optimista respecto a la evolución de Rusia. «Este régimen no puede durar demasiado. Los últimos ocho años ha habido muchos ingresos pero no han construido nada. En el 78 me fuí porque quería ser libre y poder escribir lo que escribo. Pensé que la URSS existiría para siempre y no. Creédme. La URSS del 78 estaba más asentada que la Rusia de hoy. Aquella se colapsó porque era un imperio centralista que no podía sobrevivir en un mundo tan competitivo». En opinión del escritor, «las maniobras de Putin ahora son confusas. No puede ser primer ministro y jefe del nuevo partido. Me atrevo a decir que está perdiendo poder pero no lo quiere admitir. Y en Rusia el poder viene con el puesto, no con la persona. Y no es que se enfrente con semidemócratas, sino con sus propios camaradas de la Kgb,una gente muy especial marcada por la avaricia», aseveró.