M.T., Valencia
Emilio Asti es un estudioso de las culturas orientales que se dedica a hablar de paz por el mundo dando clases o conferencias en congresos, cumbres y ocasiones como la del Festival de Cine, Paz y Derechos Humanos de Valencia.
Casi sin preguntarle, ya dice que «hablar de paz es fácil. Lo difícil es poner en marcha iniciativas de paz». A ella, a la paz, se refiere como una inversión a largo plazo, y empezando por los niños, a través de la cultura, la educación, el deporte y el desarrollo, «porque no puede realizarse si hay pobreza e ignorancia». Y afirma entonces que «el eje del mal contra el que deberíamos luchar todos es el hambre, la falta de agua, el desempleo y la pobreza», aunque reconoce que, a veces, «los prejuicios nos impiden lograr una mejor comprensión».
«Hay más acciones de paz que conflictos»
De ahí su dedicación a ser un hombre puente entre civilizaciones. Asti camina por el mundo narrando su experiencia. De ella puede decir que «hay más iniciativas de paz que conflictos en el mundo». El caso es que la paz es discreta y no hace ruido, mientras los medios hablan más de conflictos que de iniciativas de paz». Un dicho le servía para ilustrar esta idea. «Hace más ruido un árbol que cae que un bosque entero creciendo».
Su tono tiene la suavidad del italiano, pero sus palabras son directas para afirmar que «tendríamos que dejar de lado la religión y la política, que muchas veces son motivo de enfrentamiento, para trabajar la paz a través de la cultura de la humanidad en su sentido auténtico como factor que puede relacionar seres humanos entre ellos y, paso a paso, llegar a las altas esferas del poder político y religioso».
«No hay que olvidar la fuerza de las personas», y aunque sea difícil desmantelar las barreras, «no es razón para dejar el compromiso contínuo. Este es un camino largo para el que hace falta paciencia y confianza y no perder de vista el objetivo. Cuando siembras no imaginas que en tres semanas empieza a crecer. Una de las cosas que he aprendido de la sabiduría de los pueblos orientales es la serenidad interior para que lo exterior, por duro que sea, no nos afecte».
En sus intervenciones en Occidente, Asti ilustra la pluralidad de tradiciones culturales que coexisten en Asia. Y allí habla de cómo se vive en la UE y de sus problemas, de la globalización y cómo mantener su identidad. Y argumenta sin poner el acento en la ignorancia mutua, (esa que lleva a enmarcar a los musulmanes como árabes) sino en difundir el conocimiento mutuo. Si bien, reclamaba mayor «corrección en las noticias. Ni Turquía ni Iraq son árabes». Y criticaba «las noticias que contribuyen a difundir la inquietud y donde se da por hecho la peligrosidad de un país sin analizar su situación, cultura o historia».
Asti participa en ese proyecto de cooperación en el sureste de Asia que intenta superar barreras políticas y económicas para crear una organización unitaria entre los estados de India, Pakistan y Bangladesh; los himalayos Butan y Nepal y las Maldivas y Sri Lanka.