María Tomás, Valencia
Como un vehículo sumergible especialmente diseñado para llegar a grandes profundidades, el cine que practica J. A. Salgot sale a la luz, con toda su carga dentro, para ofrecer al espectador «una crónica de la vida rabiosamente contemporánea». Así la definía ayer su director, J.A. Salgot, que acudía a Valencia en compañía de los intérpretes Ariel Casas y Susana Fawaz para presentar su película My Way, que esta noche se preestrena en el Club Diario Levante.
Un título que, aunque ambiguo, ya resume el pensamiento inicial del director. Retratar este mundo extraño en el que todos, al igual que los personajes de este film, intentan inventarse su vida a su manera y vivirla igualmente, con mayor o menor éxito, pero siempre sobreviviendo. Como canta la canción; ganar, perder, ser feliz, llorar pero también amar? hasta el final. Como canta Jaume Sisa o se reinventaría para la película Dolo Beltrán.
Este relato fílmico ofrece un catálogo del comportamiento humano a partir del retrato de la vida cotidiana de un narcotraficante de poca monta que intenta dejarse el oficio, cansado de dormir poco y mal. «Me interesaba esta figura porque el pueblo español es poco consciente de la cantidad de pequeños narcos que tenemos en este país, que no deja de ser la puerta de entrada del tráfico a Europa». Pero el vistazo no es tanto sobre su oficio, que también, como sobre su vida cotidiana. «Un retrato minimalista, intimista, de su vida personal y sus sentimientos, porque, aunque creamos que viven en un mundo diferente, no se nos ocurre pensar que van a los mismos restaurantes, tienen los mismos problemas con los hijos y una vida parecida», señalaba.
A partir de aquí, y por una experiencia personal del director, entra en escena un padre con Alzheimer, también, una enfermedad contemporánea. Personaje que le sirve para abordar la dificultad de las relaciones entre los padres y los hijos y, sobre todo, «esa gran conversación pendiente, la gran enseñanza del padre que muy raras veces se realiza» en un entorno donde resulta difícil encontrar familias estructuradas y que, en este caso, por la enfermedad, es una comunicación que se hace imposible, convirtiéndose así en un monstruo mental para el hijo incomprendido y no valorado por el progenitor.
La incomunicación, como señalaba Ariel Casas, es otro de los temas del film y la raíz de muchos de los problemas que les aquejan. Como astronautas que no se expresan abiertamente porque no pueden y que en el film canta Antonia Font (Batiscafo Katiusca). O, como decía Susana Fawaz, «la cobardía de no querer mirar, ni tampoco hablar, por salvaguardar el propio bienestar».
Y con esta simbiosis, My way es una película como la vida misma. Las relaciones familiares, las opciones de una pareja actual. La mujer contemporánea en pos del éxito profesional. Las relaciones con los hijos. El consumo de drogas. Los pijos «que siempre sobreviven» y que disponen de todo y, algunos, no aprovechan sino para hacer maldades del tipo: incendiar a un indigente. En definitiva, las difíciles relaciones de cada persona con el resto de un mundo, que para Salgot «mueve piezas muy rápido, acelera las células, provoca reacciones en cadena y conflictos globales y personales de forma permanente hasta convertirlos en un estado normal».
La contradicción intrínseca
Es entonces cuando los protagonistas del film se sienten cada vez más amenazados, más en caída libre hacia la nada. Como el Nothing, un perfume inodoro que la mujer de la película comercializa con éxito y que actúa como «símbolo del consumo». También como símbolo de la muerte y de lo que ya cada uno puede creer en torno a ese final.
Cada uno a su manera. Eso sí, es un film con lecturas varias. También sobre el pensamiento único, el consumo masivo «que parece que incluso nos arregla las depresiones», la medicina convencional, las residencias para ancianos, la repetición de lo recibido y aprendido en la infancia, las malas gentes, las buenas actitudes, la imposibilidad de vivir sin ensuciarse y las distintas formas de estimarse. Cada uno a su manera. Pero, al menos, estimarse.
Y con todas las contradicciones. Otra de las cuestiones centrales del film que Salgot reseña en la charla. «No quería poner el bueno, el feo y el malo. Todos los personajes son contradictorios, buenos y malos al mismo tiempo». Una película que, como señalaba Ariel Casas, tiene un final abierto y que «cada uno verá a su manera, porque lo que quieres ver es lo que ves», señala. Quizá por eso el director afirma en su guión: «toda la vida luchando para acabar así. La vida es un chiste», dice. Y con muchas lecturas.