JOSEP DOMINGO SORITA
¿Qué representa la Virgen de la Balma para todos los devotos que cada año la visitan en el día de su fiesta? La pregunta encuentra múltiples respuestas entre las almas que se reúnen ante el santuario, enclavado en la cueva, un emplazamiento que en los últimos años ha permanecido a la suerte de contingencias humanas que han alterado, de uno u otro modo, el sentimiento de los que se acercan a Sorita. El año pasado fue un drama ya que la ermita estaba cerrada a cal y canto por las obras de rehabilitación de la antigua hospedería, aún en marcha.
Ante la queja general cuando los devotos no pudieron acceder a la ermita el día de la fiesta, las cosas han cambiado para este año. La fe mueve montañas, vallas, hormigoneras y paletas. Así, pese a las obras, ayer los fieles entraron en la cueva y vieron a su Virgen de la Balma. Así, este año, las lágrimas entre los más pasionales no eran de tristeza sino de alegría. Al penetrar en la cueva y verse ante los ojos de la Balma admiraron ese nexo entre lo humano y lo divino a tan sólo un beso de distancia, ya que no pudieron tocarla por la prevención de la Gripe A. Todo comenzó con la lectura de la relació que dio paso a la procesión acompañada por danzas, tambores y castañuelas desde Sorita hasta la Balma.
En la Creu Coberta, el demonio detuvo a la procesión y trató de embaucarles para que cayeran en las tentaciones. Como marca la tradición cristiana, apareció un ángel que acabó por derrotar al satán y se reanudó el camino.