PEPI BOHIGUES CULLERA
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No hay nada tan personal como nuestra firma: desvela datos de nosotros mismos y, aunque la cambiemos, siempre se reconocerá como nuestra. Los grafiteros la usan para estampar su marca por toda la ciudad, ensuciando el mobiliario urbano. Cullera es un ejemplo. En los últimos años ha aumentado el número de tags o firmas de grafiteros y, por eso, el estudio Grafovalls, dirigido por el perito calígrafo Jesús Ángel Valls, quiere darles caza.
Este experto ha empezado a realizar una base de datos con las más de 1.600 pintadas que ha detectado en Cullera. Así se podrán realizar informes periciales caligráficos para que, en caso de que un vecino quiera denunciar una, pueda aportar esta documentación. Con el estudio Valls está averiguando qué pintadas son de un mismo autor y en qué zonas de la ciudad están. "Hacemos un estudio del grafiti y, cuando se identifique a la persona, el informe servirá para la denuncia", explica Valls. Si se pilla a alguien haciendo una pintada se podrá comparar su tipografía. Aunque lo difícil en este caso es que la policía tendría que pillar al autor in fragranti.
Mala imagen para la ciudad
La proliferación de estos tags ensucia la imagen de Cullera. "Generan inseguridad porque pueden pintarte toda la fachada", dice. Incluso "una pintada en una señal de tráfico puede causar accidentes".
Valls diferencia entre grafiteros y vándalos. Los primeros suelen ser jóvenes, estudiantes universitarios, que hacen sus pintadas en zonas apartadas. Son de mayor tamaño y están más elaboradas; Valls las califica como "arte". En cambio, los miles de tags que ensucian la ciudad son de adolescentes y para Valls eso "no es arte, es vandalismo".