Dice el aforismo que cuando el dedo señala a la luna, el tonto mira al dedo. El PP ha convertido esta frase en uno de los argumentos principales de su política de comunicación. Tras largos años de práctica, ha conseguido crear una maquinaria perfectamente engrasada, que tiene como objetivo lograr que la opinión pública centre toda su atención en el dedo, cuando esta formación se enfrenta con algún asunto lunar especialmente espinoso. En las denuncias sobre el caso Gürtel, este dispositivo de camuflaje de la realidad ha funcionado con una pasmosa efectividad. Durante meses, las páginas de los periódicos y los informativos de las teles y de las radios se han llenado de acusaciones de corrupción contra diferentes cargos del PP nacional y autonómico. La única manera de frenar esta sangría para la imagen del partido era lanzar al ruedo de la actualidad un tema sustitutivo, que tuviera la fuerza suficiente para desplazar la cadena de escándalos. La polémica en torno a las escuchas telefónicas se ajusta perfectamente a todas estas condiciones y previas. Es una jugada maestra, que ha conseguido (con la conveniente fanfarria de una orquesta mediática) cumplir todos los objetivos marcados. En pocas semanas, la indignación de los populares ante una presunta red de espionaje por parte del Gobierno se ha enseñoreado del panorama periodístico, desplazando a un discretísimo segundo plano todas las referencias relacionadas con los contenciosos judiciales a los que se enfrentan diferentes dirigentes del partido. Nos encontramos ante una táctica que oscila entre lo político y lo poético: cuando a uno no le gusta la realidad, crea una realidad paralela en la que se encuentra más cómodo.