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SERGIO ILLESCAS ALICANTE
La muerte del fotoperiodista Christian Poveda ha conmocionado al mundo entero. Tanto por la injusticia de a quien le arrebatan la vida de manera violenta -cuatro disparos en la cabeza el pasado miércoles, en un pequeño poblado de El Salvador- como por la forma en la que le ha agradecido el traicionero destino su labor. En 2008 estrenó La vida loca, un documental muy humano sobre la Mara 18, una de las dos bandas de pandilleros que operan en este país centroamericano.
Si alguien allí, en El Salvador, echa de menos profundamente a Christian, aparte por supuesto de su compañera sentimental, ése es Edgar Romero, también fotoperiodista y camarada de aventuras de este fotógrafo nacido en Argelia y con toda su familia arraigada a Alicante. Se pusieron cara en 1982, cuando Poveda fue a El Salvador a cubrir la guerra civil. "Sabíamos quién éramos cada uno, pero todavía no se puede decir que fuéramos amigos. Vivimos historias en común, cosas importantes que ocurrieron en el conflicto. Él vino a cubrir la guerra desde el lado de la guerrilla, y yo estaba en ese lado, también retratando el horror con mi cámara", explica Romero desde el otro lado de su móvil, y del mundo, a este diario.
Tuvieron que pasar 20 años para que se estrecharan lazos entre ellos. Fue en 2004 cuando se encontró de nuevo con él, en la sede salvadoreña de Reuters, en la que le comentó que Paris Match le había encargado una serie de retratos sobre las maras. "Andaba buscando a alguien que tuviera "carro" para llegar hasta los mareros, que le presentara gente. A mí nunca me había interesado el tema de la violencia juvenil. De hecho intentaba girar la conversación hacia la guerra civil, pero él no cedía. Estaba seducido con el tema de las maras y me explicó, antes de volver a Francia, que pensaba regresar aquí para comenzar con un documental, con algo grande".
Los orígenes
Pero, ¿de dónde vienen exactamente las maras? Es el término con el que se denominan las pandillas en Centroamérica y en México. Conocer el origen de las dos más importantes que operan en El Salvador, la Salvatrucha y la 18, según Romero, es complicado, porque su historia está escrita en la calle, en una serie de leyendas urbanas de la que sólo se puede extraer una serie de datos aproximados. "Hay una base fundamental, que todo el mundo conoce, y es que nacen en humildes barriadas de Los Ángeles. Durante la guerra muchos salvadoreños se exiliaron a estos lugares, donde ya existían pandillas de mexicanos y afroamericanos que delinquían. Los salvadoreños se agruparon pero no fueron bien recibidos por estas bandas. La gente cuenta que un día se cansaron y, unidos con otros centroamericanos, se enfrentaron a los mexicanos, a los que les consiguieron arrebatar la calle 13 de un barrio angelino. De ahí salió la Mara Salvatruca", explica el fotoperiodista salvadoreño.
Romero cree que la Mara 18 formaba parte de las pandillas mexicanas. "Hay que tener en cuenta que estos jóvenes emigrantes eran ex guerrilleros, ex soldados que llegaban con pocos recursos económicos... Muchos acababan por meterse en el tema de delinquir y para eso se tenían que introducir en bandas ya formadas", sugiere, a pesar de que no olvida que también existen historias que señalan las razones de división de ambas bandas, quizá algo más novelescas, que tienen que ver con amores imposibles entre miembros de las pandillas.
Deportados
Lo que también es verídico, según Romero, es que cuando terminó la guerra, el gobierno estadounidense deportó a El Salvador a muchos de los miembros de estas bandas que ocupaban plaza en sus cárceles. Muchos salvadoreños que vivían en Los Ángeles temían porque sus hijos se integraran en alguna de las pandillas y creyeron, que tras la guerra, en su país de origen encontrarían un mejor porvenir. Pero no fue así.
Se encontraron con un país sin trabajo, arruinado, desintegrado. Con jóvenes criados bajo la protección de sus abuelas o sus tías. Un buen caldo de cultivo para que las pandillas pudieran comenzar a reclutar a jóvenes solitarios y con pocas referencias, y así expandirse. También es cierto que ambas se odian a muerte, hasta el punto de tener en el Salvador cárceles o juzgados distintos.
Según un artículo de Carlos Arrazola, cada mara se divide en células, con un jefe, que se encarga de garantizar que sus integrantes, "los batos" o los "homeboy", respeten lo que quizá sean los únicos principios que para ellos valgan la pena: lealtad y solidaridad. Según apuntaba el propio Christian Poveda, una encuesta realizada en 2003 por las fuerzas de seguridad estimaba unos 17.500 mareros en El Salvador.
Los tatuajes
Uno de los aspectos más llamativos de este tipo de pandilleros son sus tatuajes: símbolos que relatan sus experiencias vitales más intensas: la gente que han matado, que quizá representan con lágrimas, ataúdes o calaveras; sus amores, sus devociones religiosas... También se marcan con números relacionados con la mara a la que pertencen: el 13 ó el 18. Así lo detalla en un reportaje el periodista Óscar Mariscal, titulado "Livin la vida loca", aparte de precisar de que tienen un auténtico vocabulario propio con términos como: clicka (célula o grupo local), estar hule (criar malvas) o palabrero (líder de una clicka).
Exculpan al pandillero retenido el jueves
La Policía Nacional Civil (PNC) de El Salvador descartó que un presunto pandillero que había sido retenido durante un operativo esté vinculado con el asesinato del fotógrafo franco-español de origen alicantino Christian Poveda, dijo ayer fuente de la institución. Un portavoz de la PNC declaró que el sujeto, cuya identidad no ha sido revelada, fue retenido el jueves bajo la figura de "resistencia", después de que intentara escapar durante una operación policial y que se opusiera a la llamada de los agentes.
El portavoz explicó que por medio de esa figura las autoridades salvadoreñas disponen de un plazo de 72 horas para determinar cualquier vínculo con los hechos, aunque no precisó si ya ha sido puesto en libertad. El plazo se cumplió sin que se determinara algún nexo entre el retenido y el asesinato de Poveda, ocurrido el miércoles en una zona rural del poblado de El Rosario, próximo a la localidad de Tonacatepeque, en el departamento de San Salvador. La fuente confirmó que tanto la PNC como la Fiscalía mantienen operaciones para tratar de esclarecer este crimen.
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