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IGNACIO GRACIA NORIEGA VIGO
Santiago Grisolía (Valencia, 1923) ha escrito una novela, "El enigma de los grecos" (UNED Alzira-Valencia). Escribir una novela no es raro y mucho menos publicarla en esta época en la que se publica cualquier cosa. Más extraño es que el autor de la novela a la que nos referimos sobrepase con amplitud los 80 años y que no haya escrito ninguna otra ni cualquier otro texto de ficción, sino que se trate de uno de los científicos españoles más respetados, prestigiosos y reconocidos internacionalmente. Discípulo y colaborador de Severo Ochoa y candidato él mismo al premio Nobel, profesor e investigador en Nueva York, Wisconsin, Chicago y Kansas, este bioquímico valenciano es autor de trabajos decisivos como el descubrimiento de algunas enzimas fundamentales para entender los ciclos metabólicos o sobre la cristalización de proteínas.
Es excepcional publicar una novela después de los 80 años y también que la publique un científico. Grisolía, escribe bien. Aunque no sea la misma prosa la que se requiere para un artículo de divulgación que para una novela. La novela del presidente del Consell Valencià de Cultura (CVC) está tan bien expuesta como un artículo sobre bioquímica escrito para la comprensión del lector común. En "El enigma de los grecos" el científico ha compuesto una novela compleja, cuyo desarrollo se sigue bien porque está bien escrita.
También es extraordinario que esa novela esté tan adecuadamente escrita que el interés no decae desde la primera a la última página (y tiene 312). No es una obra singular porque la haya escrito Grisolía, sino porque se trata de una buena novela, como si la hubiera escrito un novelista profesional (y no todos los novelistas profesionales escriben buenas novelas).
Una obra compleja
Escribir la novela le ocupó varios años, sin dedicación exclusiva, claro es. Como parte de ella se desarrolla en el pasado, tuvo que documentarse. Cita como fuente principal el libro sobre la Guerra Civil española de Hugh Thomas. La idea de la novela se la proporcionó la abundante documentación sobre los templarios que se custodia en la Fundación Jaume I. Se acabará diciendo que es una novela sobre templarios, aunque, en mi opinión, no constituyen el principal elemento del libro ni el más espectacular.
Mucho más espectacular es la figura hoy prácticamente olvidada del necrófilo doctor Velasco, el anatomista fundador del Museo Antropológico, que en 1864 embalsamó a su hija y la sacaba a pasear por Madrid en una carroza descubierta, vestida de novia. Juan Antonio Cabezas le califica como "personaje real de un cuento de Poe" y, con extraordinaria intuición, Grisolía abre la novela con un breve texto, enigmático y necrófilo, en el que describe a la muchacha embalsamada, de la que "tan sólo quedaban ya el esqueleto momificado y su vestido de novia".
No hará falta adelantar que "El enigma de los grecos" es el tesoro de los templarios (esta novela es de tesoros y de mapas), cuyo mapa estuvo escondido en la tumba de Goya y más tarde en la cabeza de la momia de la hija del doctor Velasco. Adelanto esto para que el lector compruebe que Grisolía, como novelista, se atreve con todo y no retrocede ante nada. En su libro suceden muchas cosas con ritmo trepidante, sin que el novelista pierda el pulso. Lo que demuestra que es un novelista firme, seguro de su oficio.
Buen oficio de narrador
Para tratarse de una primera novela, ha elegido una historia que exige mucho y buen oficio de narrador, en la que personajes reales se mezclan con otros imaginarios, y, sobre todo, se mezclan pero no se confunden épocas, fondos históricos y países. Los templarios ocupan una parte del relato, pero también la Guerra Civil, las Brigadas Internacionales, la masonería y el departamento de bioquímica de la Universidad de Chicago, y es preciso constatar que el novelista se mueve con tanta desenvoltura por este departamento como por Limassol en 1314 o por la batalla de Guadalajara, donde las tropas mussolinianas huyeron en desbandada.
En la actualidad se han puesto de moda los templarios y la Guerra Civil no ha dejado de estarlo por lo menos desde el 18 de julio de 1936. Tal vez suene a anacronismo que un templario vuele una nave con pólvora; pero los templarios poseían muchos secretos de Asia.y William Golding explica en "El enviado especial" que la pólvora, la brújula y el papel fueron descubiertos por un griego muy pelmazo a quien un emperador romano de la decadencia envía a China como embajador, para librarse de él.
A fin de cuentas, estamos en el terreno de la novela (tanto en el caso de Golding como en el de Grisolía), que no es un manual de historia. Esto le hemos de agradecer también a Grisolía, además de haber escrito una novela abrumadora por la cantidad de personajes, escenarios y sucesos, de los que no pierde el control.
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