PACO CERDÀ VALENCIA
?Ni en un despacho ni por teléfono. La mejor forma de conocer a los médicos rurales es imitándolos: coger el coche y viajar de consultorio en consultorio. Mejor aún si el piloto es Ramón García-Noblejas, presidente de Semergen en la Comunitat Valenciana -asociación que agrupa a los médicos rurales-, y facultativo de Alfarrasí, de 1.300 habitantes. Llegó allí en 1980. Cuenta que se encontró con un consultorio vacío. "Una mesa, una silla, y una tabla sobre dos cajones de naranjas que hacía las funciones de camilla". Mientras enfila por las sinuosas carreteras de la Vall d'Albaida -uno de los reductos de la medicina rural en Valencia-, recuerda que "lo más duro" de aquella época era la esclavitud de estar disponible las 24 horas del día, 365 días al año. "Era especialmente pesado para la familia". Por ello, cuando en los años noventa se efectuó la integración de los médicos rurales en el nuevo modelo de atención primaria, la mayoría de los galenos prefirió abandonar el pueblo y su consultorio para recalar en centros de salud urbanos.
Todo ha cambiado mucho para el médico de pueblo, es cierto. Ahora acaban su jornada a las tres de la tarde, disponen de más medios técnicos, mejores consultorios, y cuentan con el apoyo de su centro de salud de cabecera. Sin embargo, los rasgos principales, la esencia del médico rural, permanece viva. Siguen estando prácticamente solos en los pueblos de menos de 2.000 habitantes, remarca García-Noblejas. "En la mayoría de consultorios auxiliares sólo hay un médico y un enfermero. Y eso es un handicap. Porque tienes que estar pendiente de los teléfonos, de abrir y cerrar las consultas, de hacer todas las tareas administrativas, de entregar las recetasÉ Todo lo que hace un auxiliar administrativo o un celador lo tienes que asumir tú y el enfermero", cuenta.
También las ventajas se mantienen intactas. Entre ellas, el conocimiento a fondo de los pacientes. "Yo atiendo ahora mismo a abuelos de 92 años que tienen biznietos, y todas las generaciones de esa familia son pacientes míos. Si algo debe hacer un médico de familia es conocer a la familia. Y así no hace falta preguntarle, porque ya sabes que el abuelo era diabético, que el padre era hipertenso y que se habían muerto de infarto. Te conoces la historia de salud de esa familia. Y eso sólo se consigue así: viviendo en un medio rural, porque sabes cómo comen y cómo viven tus pacientes", detalla García-Noblejas.
El primer alto en el camino es Benissuera, que no llega a los 200 habitantes. El consultorio, ubicado dentro del ayuntamiento, permanece cerrado. "Doña Carmen ya se ha ido", informa una vecina. No hay problema. El coche pone rumbo a Bèlgida, de 700 habitantes. En la antigua casa del médico de la calle Sant Jaume están pasando consulta. Don Javier, que llegó en 1987 y sigue instalado en el pueblo, está de vacaciones. Hoy lo sustituye Juan José Bolinches, médico de El Palomar y Bufali desde 1983. El año pasado le entregaron una placa por llevar 25 años al pie del cañón: atendiendo por la calle las dudas de sus vecinos, yendo a sus casas, y recibiendo alguna que otra visita a horas intempestivas. Mientras prepara recetas, don Juanjo desvela otras ventajas de ser médico rural. "De las 60 o 70 consultas diarias que atienden los médicos de un gran centro de salud, puede que se levanten de la silla en sólo dos ocasiones. Más que un médico, eso es un funcionario que administra recetas y volantes. Y esa marcha de no levantarse de la silla a mí no me gusta", explica.
Sin relevos entre los jóvenes
Don Juanjo sabe que en la era Cavadas, la de los doctores mediáticos, muy pocos estudiantes de Medicina quieren acabar de médico rural. Pero se niega a que adornen la profesión con incentivos artificiales. "Mira, el médico rural es como es. Puedes darle más dinero, puedes ofrecerle pasar un mes al año en el hospital u otros estímulos. Pero el trabajo no lo vas a cambiar: vas a estar solo en tu consultorio. El problema -añade- es que hay una generación de jóvenes que no quieren ser maestros de pueblo, ni médicos de pueblo, ni curas de puebloÉ Pero los pueblos pequeños siguen estando ahí. Y aunque resulte más caro ofrecer servicios a menos gente, los servicios tienen que seguir prestándose", avisa.
La realidad es que en los municipios más pequeños los servicios menguan paulatinamente. Cuenta don Juanjo que en Bufali, de 190 vecinos, ya han quitado la peluquería y la panadería. "Así es que las temporadas en las que no funciona el bar del pueblo, la sala de espera del consultorio se convierte en un lugar de encuentro social para los vecinos", dice con malicia.
Eso mismo se comprueba en la sala de espera del consultorio de Bèlgida. Allí todos los vecinos asienten cuando se les pregunta si es mejor tener siempre al mismo médico, y que, además, resida en el pueblo. Mercedes Palací, de 78 años, lo sintetiza como nadie: "Claro que es mejor. Él nos conoce a todos y sabe de qué va la cosa. Además, tú tienes más confianza en él porque ya son más de 20 años juntos. Si lo llamas, va a tu casa. Y eso da tranquilidad", resalta.
Regalos de los pacientes
Ramón García-Noblejas arranca el coche y deja atrás Bèlgida después de contactar por teléfono con doña Carmen. Debido a la falta de sustitutos en verano, a Carmen García, de 54 años, le ha tocado pasar hoy consulta en el centro de salud de l'Olleria. Pero no es lo habitual. Después de ejercer en Villar del Arzobispo y en Montaverner, ahora atiende tres consultorios locales a la vez. "Los lunes paso consulta en Guadassèquies; los martes, en Benissuera; los miércoles, en Guadassèquies; los jueves, en Sempere y Benissuera; y los viernes, en Guadassèquies y Benissuera", cuenta entre paciente y paciente.
Entre los tres pueblos no suman 700 vecinos. "Allí todos te conocen, y la gente del pueblo es más afable que en la ciudad", subraya. De hecho, en Sempere se toma un café con las cuatro mujeres que acuden cada semana a por recetas. Y cuenta con orgullo que le han regalado sandías y aceite por un tubo. A don Juanjo no le ha faltado la fruta, la verdura, los pollos y los conejos de sus convecinos. Don Ramón, por su parte, no puede callarse que en Alfarrasí todas las Navidades recibe un cordero y que ha estado más de veinte años sin comprar huevos. "¡Cada semana me regalaban una docena en Sempere!", presume.
"Pero los regalos van a menos", afirma doña Carmen. De igual modo, se ha reducido la confianza de la gente del pueblo en su facultativo. "Antes -explica Carmen García- la gente confiaba mucho en el médico del pueblo. De hecho, todavía quedan muchas personas mayores en los pueblos que quieren que las trate su médico y que no las manden al hospital. Pero las nuevas generaciones prefieren una medicina más elevada. Quieren más pruebas diagnósticas, más tratamientos. Más hospital y no tanto médico de pueblo, en definitiva".
No obstante, un hospital lo tiene quien lo tiene. Por los pasillos del centro de salud de l'Olleria, el enfermero Enrique Sanchis recuerda los años que pasó trabajando en Alpuente, en la apartada comarca de los Serranos. "¡Esos sí que son médicos rurales de verdad!" Lo confirma, al otro lado del teléfono, Enrique Cardós, médico de Aras de los Olmos (390 habitantes), que lleva 18 años trabajando en los Serranos. Aunque admite que la profesión ha cambiado mucho, don Enrique señala que siguen existiendo enormes contrastes entre los centros rurales y los urbanos.
"Para nosotros -explica el galeno de Aras de los Olmos-, la principal diferencia es la dispersión geográfica de los pueblos a los que hemos de atender. Hay hasta 40 kilómetros entre unos y otros. Además, la distancia a un centro hospitalario condiciona mucho nuestra profesión. En la mayoría de zonas suelen tener un hospital a 10 ó 20 kilómetros. Pero nuestro hospital de referencia es el Arnau de Vilanova de Valencia, que está a 90 kilómetros. Eso condiciona mucho las urgencias y te obliga a lanzarte a la carretera cada dos por tres".
El aislamiento se agrava todavía más en la zona norte de Castelló. Es la provincia con más médicos rurales de la Comunitat Valenciana en proporción a su número de habitantes. La nieve en invierno y los caminos de tierra para llegar a las masías dificultan el trabajo del médico rural. Bien lo sabe Enrique Beltrán, que pasa consulta en Tolodella, la Mata, Olocau del Rey y la Cuba, situados en els Ports y el Maestrazgo turolense.
En total atiende unas 450 cartillas. Eso le permite "dedicarle más tiempo al paciente y ejercer más la medicina", destaca. Por contra, moverse por los cuatro pueblos le reporta ciertas incomodidades que sonarían marcianas sobre el asfalto de una capital. Una es coger el vehículo propio para llegar hasta las apartadas masías cuando los enfermos no pueden desplazarse. En esos trayectos, a Enrique una vez se le cruzó una cabra montesa y le destrozó la parte delantera del coche. "Nadie se hizo cargo de la reparación", masculla. Y es que más allá de un complemento de dispersión que cobran todos los profesionales de una misma zona, los médicos itinerantes no son compensados por el kilometraje o las averías.
Goteo de deserciones
Antes de abandonar el centro de salud de l'Olleria, al presidente autonómico de Semergen le entregan un sobre blanco en la recepción. Con él se sube al coche y pone rumbo a Xàtiva, principio y fin del viaje. Durante el trayecto, García-Noblejas insiste en la modernización que ha experimentado la sanidad rural. Por ejemplo, en la informatización de todos los consultorios y la reciente instalación del programa Abucasis II, que agiliza las gestiones administrativas en los pequeños consultorios auxiliares. Pero aun así, el goteo de deserciones entre los médicos rurales más veteranos avanza a medida que se avistan los concursos de traslados. Entonces, ¿por qué ha aguantado don Ramón, un manchego de Manzanera, 29 años en Alfarrasí? "Tú has visto a Juanjo: ¿cómo va a cambiar Juanjo de vida? Pues igual me ocurre a mí -responde-. ¿Qué hago yo en Valencia si no conozco a ninguno de mis pacientes? Aquí la gente te aprecia, continúa dándote fruta, verdura y animales para comer. Y te regala una cosa fundamental: el cariño".
Y entonces, mientras sujeta el volante con una mano, saca con la otra el sobre blanco recibido en l'Olleria. "Mira: este sobre es de una mujer de Alfarrasí que ahora vive en l'Olleria. Su pareja tiene un problema de salud y ella me ha dejado el informe de su médico actual para que yo lo estudie y le dé un consejo. Porque yo he tratado a toda su familia. Porque ella confía en mí", enfatiza don Ramón.
Esta confianza disminuye cuando el médico del pueblo cambia cada poco tiempo, algo frecuente desde la reforma de primaria. Por ello, antes de dejar aparcado el coche en Xàtiva, el presidente de la Sociedad de Médicos de Atención Primaria en la Comunitat Valenciana profundiza en una última cuestión: el futuro de los médicos rurales.
"La atención primaria -señala- está muriéndose por la falta de apoyo institucional. A los políticos les gustan más los hospitales; sufren hospitalocentrismo. Y no se dan cuenta de que lo que quiere la gente es que se les trate con cariño. Que se les escuche, porque en los hospitales no se les escucha. Que se les trate bien. Que no sean un número. Por tanto, o los políticos cambian de pensar y potencian la atención primaria, o la atención primaria se cae y se derrumba el sistema sanitario. Hay que volver a lo de antes, a humanizar la medicina". En dos palabras: al médico rural.