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RAFAEL MONTANER
?El sacerdote gallego Jesús Rodríguez está lleva casi 45 años de compromiso con los más pobres de las barriadas obreras de la periferia de Santiago de Chile, cosa que continuará haciendo "mientras tenga fuerzas", explica cuando está a punto de cumplir 81 años. Este cura, que ha convertido la justicia social en el motor de su vida, presentó ayer en la Universitat de Valencia sus memorias: "Un sacerdote junto al pueblo". En este libro, que acaba de publicar la editorial Entimema, relata su lucha por salvar vidas de perseguidos por la dictadura de Pinochet, entre ellos la del cura de Xàbia, Antoni Llidó. Él fue una de las primeras personas que se movilizó en Chile, en los tiempos más duros del régimen, para intentar encontrar con vida al misionero valenciano, desaparecido a manos de la policía secreta pinochetista en octubre de 1974.
¿Cómo vivió la desaparición del cura de Xàbia Antoni Llidó?
Los servicios de "inseguridad" secuestraron a Llidó a principios de octubre de 1974 y en ese mismo mes las autoridades informaron al arzobispo de Santiago de que otros tres presbíteros, entre los cuales estaba yo, corríamos riesgo de que nos aplicaran "la ley" porque habíamos hecho unas listas de desaparecidos por la noche de las casas. El arzobispo quería que me fuera un año, pero yo sólo acepte cuatro meses, que estuve en Argentina y España. A los cuatro meses clavados estaba de vuelta.
¿Qué hizo por salvar a Llidó?
Nada más regresar a Chile, inmediatamente fui con dos presbíteros a Valparaíso ,y empezamos a mover todo lo que pudimos. El obispo de Valparaíso, Emilio Tagle, nos dijo en abril de 1975 que una "muy alta autoridad del Estado", que nosotros siempre entendimos que era Pinochet, le había comunicado que "está bien y esto pronto se va a solucionar". Sin embargo, en junio nos pidió que fuéramos a verlo a su casa, donde repetía "No entiendo, esto yo no lo entiendo, ahora no lo entiendo. Acabo de llamar a un ministro y me dice que él estaba en un centro de detención y que quisieron llevarlo a otro y en el camino se les escapó". "No lo entiendo", decía, y los dos que estábamos allí, un presbítero de Girona, Joaquim Lloret, y un servidor, nos mirábamos y le dijimos. "Don Emilio, nosotros lo entendemos". Aquella fue la última reunión... Mientras duró el Gobierno militar, los abogados de la vicaría de Solidaridad del arzobispado de Santiago interpusieron muchos recursos de amparo y la respuesta siempre fue la misma: "no ha lugar".
¿Cómo era Llidó?
Era un hombre sumamente activo, buenísimo. Con una enorme sensibilidad frente al dolor humano. Y eso se expresaba en su trabajo, en su manera muy modesta de vivir. Quería vivir al mismo nivel que vivía la gente pobre que él atendía. De hecho yo conozco el camarote donde dormía, que está todavía, con unas tablitas y unos palos.
¿Por qué Pinochet tenía tanto miedo a los curas obreros como usted o Llidó, del que dijo que"no era cura, si no un marxista"?
El régimen tenía miedo a mucha gente. Tenían temor porque desde el primer momento hubo conciencia de que habían dado el golpe para quedarse en el poder, y que aquello tenía una ideología que la llamaban, de forma eufemística, la filosofía de la "Seguridad Nacional", y que tenía precedentes con los países del Eje. Quienes habíamos conocido la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, entendimos en el mismo momento de la asonada que iba a ser trágica, y así lo fue para los más humildes, que estaban mejorando, lentamente, pero avanzando en sus condiciones de vida. La dictadura significó la muerte de todas esas esperanzas humanas.
¿La esperanza era Allende?.
Allende significó muchas esperanzas para el mundo obrero más pobre, pero antes que él también llegaron con el presidente Eduardo Frei padre, que inició la reforma agraria y mejoró los derechos sindicales de los trabajadores. Con el golpe y la persecución asombrosa que se desencadenó, no me dediqué a ver que político había sido mejor o peor ya que mi misión fue la de salvar vidas.
¿Cómo pudo salvar vidas?
El hecho de no militar en ningún grupo me daba libertad de movimiento en aras de que en lo posible no desapareciera nadie, al menos los que andaban conmigo y yo conocía a muchísima gente. También a la vicaría de la Solidaridad le llegaba gente huyendo de la muerte. Nos mandaban a esos perseguidos con una contraseña para que los escondiéramos en las casas parroquiales. Las autoridades vigilaban mi casa porque sabía que daba refugio a gente, pero yo tenía muchas familias que colaboraban y les pedía que me ayudaran.
Esa labor no sería sencilla.
Mientras que todo estuvo en manos del Gobierno Militar, desde septiembre a diciembre del 1973, todo lo hacían los militares, ya que sus patrullas eran las que se llevaban a la gente de noche de las casas. Pero yo. de madrugada, iba al cuartel más próximo, donde ya me conocían los oficiales, y les decía: "Bueno, parece que tienen gente hoy, a ver si me los puedo llevar". "¿Usted, los conoce?", me preguntaban. "¡Claro que los conozco!", respondía. Me los entregaban y yo los llevaba para su casa.
¿Cuanta gente rescató así?
No me acuerdo, pero mucha, porque detenían a la gente por cualquier cosa. Pero eso cambió a partir de enero de 1974, cuando se creo un organismo represivo distinto de los militares, la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), que era como la Gestapo de Hitler.
A partir de entonces nadie sabía donde iban a parar los detenidos.
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