Hasta siempre, Paco. Cuando su suegro, Manolo Martínez, entre sollozos, me comunicó la noticia de su fallecimiento, llovía. Nacho Lavernia, su amigo y compañero, con el que compartió tantas alegrías, lo ha dicho con afecto y justicia, era el amigo inteligente, estimulante y divertido; el diseñador culto, potente y brillante.
Le conocí cuando desde el Impiva creímos que era posible dinamizar el modelo productivo valenciano en base a unos sectores industriales que necesitaban de mayor valor añadido que pensamos podían aportarle unos diseñadores que estaban embarcados en un proyecto, que vino a coincidir en el tiempo, con el sugerente nombre de La Nave. Allí estaban Paco Bascuñán y Dani Nebot, y José Juan Belda y Eduardo Albors, y Nacho y Luis Lavernia, y Marisa Gallén y Sandra Figuerola, y Carlos Vento y Luis González.
Recientemente fui a felicitarles al Centro Cultural de La Beneficencia con motivo de un merecido premio que les había sido concedido. Me encontré allí rejuvenecido en el tiempo y contento de haberlos reencontrado a todos juntos. Juntos y, sin embargo, amigos, como apuntaba con acierto Lola Castelló el día de su sepelio, hablando de una característica adicional de este numeroso grupo de excelentes diseñadores valencianos. Su enorme calidad humana, lo que pienso ha favorecido su éxito como diseñadores, y quizás sea por eso.
Lo reencontré en la Feria de Muestras cuando continuó echándonos una mano para ver de promocionar el Salón de los Diseñadores en cada una de nuestras ferias monográficas como pretendía la conselleria de Garcia Reche para hacer de efecto demostración al resto de expositores industriales.
Para mí, personalmente, fue motivo de especial satisfacción una cosa tan mínima y tan singular como las felicitaciones navideñas que, año tras año, Paco tenía la bondad de diseñarnos, contra sus propios intereses económicos, y que desde entonces conservo enmarcadas y, con afecto, por él dedicadas: Por ejemplo, un diseño basado en el libro de A. Kruchenij con portada de O. Rozanova o ilustraciones sobre un bodegón de Juan Gris o sobre un collage de Raoul Hausmann.
Lo despedí verdaderamente cuando oí sus palabras, a través del cuaderno de notas que leyó una de sus hijas, en el sentido acto de su incineración. Escribía Paco, estar muerto es como estar quieto, muy quieto; un tiempo, mucho tiempo. Para él, la eternidad venía a ser como las cuatro horas que pasó en su estudio sin apercibirse que se había consumido la pila de su reloj. También cuando su familia eligió la música de Tom Waits para decirle adiós. Hasta siempre, Paco.