F. ARABÍ VALENCIA
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A Rafael Blasco Castany (Alzira, 1945) le va a pillar la enésima juventud política en esa edad en la que otros están en disposición de sacar el perro a pasear o convertirse en improvisado contertulio inspector de obra pública. A Blasco, el mago o el trilero -según el color político del observador- y parece que el indispensable, le ha llegado su prueba de fuego en el campsismo gracias al escándalo Gürtel y más de 25 años después de aterrizar en la Generalitat de la mano del PSPV. Los socialistas tardaron ayer media h0ra en recordar que salió del Ejecutivo de Lerma expulsado, al ser acusado de corrupción en el llamado Caso Blasco, del que fue absuelto cuando el TSJ anuló las grabaciones en julio de 1991. Profesional de la política como pocos, llevará el peso institucional del PP como portavoz en las Corts y, he aquí la paradoja, compatibilizará esa tarea con la de conseller de Inmigración, un departamento "maría" por presupuesto (75 millones), pero del que está sacando petróleo.
Su función en los distintos gobiernos del PP (con Zaplana, Olivas y Camps), el valor que le ha permitido cotizar en terreno en el que nunca fue "uno de los nuestros", ha sido su capacidad para dar una pátina centrista al Consell y al partido. No en balde inspiró la ponencia "La España de las oportunidades" con la que Zaplana triunfó en el congreso nacional de 1999.
En el año y medio que tiene por delante, Blasco, el más aplaudido ayer en el comité ejecutivo, seguirá acumulando experiencias inéditas. Sobre el papel, hasta podría preguntarse a sí mismo si se desdobla en su condición de portavoz parlamentario y de conseller. Tan esperpéntica o más podría resultar su participación en las Juntas de Portavoces cuando se aborden comparecencias de miembros del ejecutivo. ¿Hablará como miembro de las Corts o como embajador del Consell? El colmo es que, por reglamento, se encargará de preguntar al presidente.
Cinco precedentes en España
Si hoy ya es el único que ha sido conseller con dos partidos antagónicos, ahora se convertirá en un caso atípico de portavoz parlamentario y miembro del Consell.
Hay pocos precedentes de convergencia del poder Legislativo y del Ejecutivo en una misma persona. Rarezas así no existen en la política estatal, pero sí en la autonómica. En Galicia, hay dos ejemplos. En el primer Gobierno de Manuel Fraga, Víctor Manuel Vázquez Portomeñe, fue conselleiro de Relaciones Institucionales y portavoz parlamentario (de 1990 a 1993), según Efe. En la última legislatura de Fraga, 2001-2005, Jaime Pita fue conselleiro de la Presidencia y portavoz del grupo. En Cantabria, en 1994 Dionisio García Cortázar fue consejero de Cultura con el Gobierno de Juan Hormaechea y simultaneó ese cargo con el de portavoz del grupo mixto. En Baleares, durante el "Pacte de Progrés", Pere Sampol fue portavoz del PSM-EN y vicepresidente del Govern y conseller de Economía. La última excepción se localiza en Melilla, donde el portavoz popular en la Asamblea lo es del Gobierno de la ciudad autónoma. Desde el entorno de Blasco se recurría a un ejemplo más glamouroso, el llamado modelo inglés. Según decían, en el país considerado una de las cunas del parlamentarismo, el portavoz del partido del gobierno puede formar parte del consejo de ministros y no es ninguna situación excepcional cuando ocurre.
La pintoresca posición de Blasco abre la posibilidad a que haya retoques en el segundo escalón del Gobierno y que se le quite poder al vicepresidente Rambla. Hasta en el hemiciclo, la dualidad de Blasco presenta incógnitas. Lo normal es que no se siente en el banco azul del Consell sino en el escaño del portavoz, detrás de Camps.