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Santiago Grisolía

«Severo Ochoa nunca hablaba mal de nadie, era verdaderamente modesto»

Presidente ejecutivo de los premios Rey Jaime I. Fue el primer alumno de Severo Ochoa en EE UU y aquellos recuerdos se convierten en añoranza de sus tiempos de científico. Agasajó y vivió a la sombra del premio Nobel de Medicina, del que se cumplen cincuenta años. Valencia ha heredado su biblioteca personal.

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Santiago Grisolía recuerda que Severo Ochoa tenía una relación muy intensa con su familia.
Santiago Grisolía recuerda que Severo Ochoa tenía una relación muy intensa con su familia.  j. aleixandre

PILAR G. DEL BURGO VALENCIA Tiene 86 años y muchos recuerdos del año de laboratorio que compartió con Severo Ochoa en Nueva York, un tiempo que todavía evoca con nostalgia. Grisolía se ha erigido en el guardián de la memoria del Premio Nobel.
Usted tiene nacionalidad americana, no española
Sí. Tengo la nacionalidad americana, un pasaporte que me permite estar aquí cinco meses. Yo no iba a volver nunca. Si te haces con una familia, mi mujer es americana, mis hijos también... La primera vez que volví, el profesor de Fisiología me dijo: «Vuélvase a Estados Unidos». Fue muy honesto en lo que me decía porque aquí no había nada que hacer y me volví.
Se fue a hacer las Américas
Yo me marché en 1945 y regresé en 1949 en mi primera visita. Volví con el billete de ida solo. Era una época muy buena, había acabado la II Guerra Mundial. El americano es muy abierto, no había censura y había libertades civiles que se mantuvieron hasta que llegó Bush. Cené con Truman y fui a la ópera con él. En la Moncloa he comido una vez con Felipe González. Invitó a Severo Ochoa y le acompañé.
Ha vivido siempre a la sombra de Severo Ochoa
Fui su primer alumno español. Estuve un año en el laboratorio con él, en Nueva York. Todo lo que hice, me lo aconsejó. Yo empecé a trabajar en anhídrido carbónico porque descubrió que se unía a los tejidos animales y me mandó a Chicago con un grupo competitivo y luego a Wisconsin, donde viví siete años. Yo descubrí el catalizador que activa el carbonil fosfato, que es fundamental para la cirrosis hepática.
Siempre cobijado bajo el paraguas del Nobel
Le caía muy bien mi mujer, Francis, y mis hijos, había una relación familiar muy intensa. Vino un par de veces a mi casa. Le puse unas canciones populares de Olga Ramos y se las sabía todas, siempre se iba silbando.
¿Cuántos años se sacaban?
Dieciocho.
¿Cómo se fraguó la amistad entre ambos?
Después de que le dieran el Premio Nobel yo propuse que a Carmen, su mujer, le dieran la medalla del Santo Cáliz. En Barcelona le llevé a ver la iglesia de San Severo, donde muchos van a casarse, pero no encontramos la reliquia.
¿Severo Ochoa era generoso?
Hacer un cheque no le preocupaba, pero le costaba soltar dinero.
Diga un rasgo humano que le caracterizara
Nunca hablaba mal de nadie. Y que era verdaderamente modesto.
¿Le llamó para felicitarle cuando le dieron el galardón?
La diferencia horaria que teníamos me permitió saberlo muy pronto. Y le felicité, claro. Además del Nobel de Medicina, que compartió en 1959 con su alumno Artur Konberg, le tenían que haber dado otro por su descubrimiento del Código Científico. El premio se veía venir, y que obtuviese un ácido nucleico por primera vez en un tubo de ensayo fue determinante.
¿Le hablaba de usted a Ochoa ?
Siempre, él no quería pero yo no me atrevía a tutearle.
¿Qué le expresó tras enterarse que era Premio Nobel?
Que era un estímulo para trabajar más; era muy trabajador y tenía muy buenas manos de laboratorio. Le cuento esto porque en una ocasión se me cayeron dos manómetros de mercurio que usábamos para medir gases, que él había calibrado anteriormente, y cuando se me cayó el segundo, y pensaba que me iba a regañar, sólo comentó que eso también le había pasado a él. Era muy comprensivo.
¿Por qué se convirtió en su mentor?
Todavía sueño con los experimentos de don Severo. Era un gran persona, tenía sentido del humor y hablaba muy poco, prefería escuchar.
¿Por qué optó por convertirse en la sombra del científico?
No lo sé. Cuando lo conocí yo era muy joven. Vivíamos todo el día juntos, comíamos en el laboratorio, quería mucho a mis hijos...
¿Ochoa era un humanista?
Era enormemente conocedor de la música. Se sabía media docena de óperas de memoria y tenía mucho conocimiento de pintura.
¿Conocer a Ochoa le ha permitido a Grisolía vivir mejor?
Seguro que sí. Yo creo que he vivido muy bien. He tenido bastante suerte, he pasado por todos los estamentos: profesor asistente, ayudante, asociado... Durante un tiempo fui catedrático de Bioquímica y de Medicina Interna, y todavía soy profesor distinguido emérito de la Universidad de Kansas.
Háblenos de lo que Ochoa aportó a la ciencia
La oxidación de la fosforilasa. Sirve para explicar que la mayor parte de la energía que utiliza la célula proviene de la quema de los hidratos y las grasas en la mitocondria. Fue espectacular.
¿De dónde le venía la intuición?
Es de las cosas que tienen los españoles: la intuición y la imaginación, sobre todo en la época más joven que estás más desinhibido.
¿Ochoa fue un adelantado?
Sí, porque eran muy pocos. Y tuvo la ventaja de empezar con Negrín en el laboratorio de Fisiología.

la ciencia
¿Qué opinaba Severo Ochoa de la ciencia?
Siempre hablaba de lo que estaba haciendo. A las cuatro de la tarde paraba para tomar café y para comentar las novedades. Nunca tuvo grupos más grandes de seis. Destacaba su amor por la ciencia, por su mujer, y por ser un demócrata y un republicano, por eso cuando el Rey le ofreció varias veces un título, lo rechazó.

la anécdota
¿Qué tal se llevaba con el Rey?
Eran amigos. El Rey le hablaba siempre de usted, le llamaba Don Severo. Un día le llevó un sillón y le dijo: «siéntese». Y él dijo: «no, no». Entonces —dijo el monarca— me pondré de rodillas y ahí fue cuando él se sentó.

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