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HEMEROTECA » |
PACO CERDÀ
VALENCIA
Un parpadeo significa no; dos parpadeos quiere decir sí. Es lo máximo que puede comunicar Amparo Izquierdo desde su silla de ruedas. Así lleva esta mujer de 45 años desde que, en 2003, un coche colisionó contra el suyo en la carretera de Alboraia a Valencia. Amparo permaneció dos años en la UCI en estado de mínima conciencia. Después salió del hospital. Y su vida, o lo que de ella quedó, ha cambiado por completo. Sobran los comentarios. En ocasiones, cuando su hermana gemela Grego le pregunta si quiere dejar este mundo, cierra los ojos con fuerza. Dos veces. Porque su vida ya no es ni sombra de lo que era y porque sufre por el trabajo que ocasiona a su familia. A la suya y a la de su hermana gemela, pues todos se han unido en una misma casa para sacar adelante el drama. Hay una frase que Grego recalca con toda su crudeza: «Que te quedes muerto en el coche es lo de menos. Lo realmente duro es cuando sales con estas secuelas».
Aunque no se trata de comparar amarguras, a Javier Torres le cuesta imaginar un dolor más hondo que el suyo. Perdió a su hija de 22 años cuando, de viaje en Madrid, un coche que iba a más de 120 kilómetros por hora a manos de un borracho la empotró contra una fuente de la plaza Colón. Una amiga que compartía coche murió en el acto. Carolina duró doce horas en coma. Luego expiró. Y ahí empezó para sus padres un vacío que ya dura siete años. «Pensábamos que este dolor se mitigaría con el tiempo. Pero no. El dolor de la ausencia es imposible de superar», dice su padre.
Para tratar de rellenar el vacío, sus padres crearon poco después de su muerte una fundación cultural con el nombre de su hija: Carolina Torres Palero. Ella estaba a punto de finalizar los estudios de Imagen y Sonido en el CEU San Pablo, que le concedió una beca póstuma por su carisma y sus buenas notas. «Como le gustaba tanto el mundo audiovisual, hemos creado la fundación para ayudar a los cortometrajistas y a los dramaturgos. Ayudamos a otros lo que a ella no le hemos podido dar», cuenta su padre.
Ahora han creado un centro cultural en la calle Rugat de Valencia con la misma filosofía. Su padre, volcado completamente en la fundación, está contento por cómo evoluciona el proyecto. ¿Y es feliz? «No —responde—. Que te arranquen la vida de una hija le impide a uno ser feliz. Sólo puedes aspirar a sobrellevarlo. Mira: puede parecer una tontería, pero yo la felicidad la sentía antes cuando mis dos hijas estaban acostadas, tenía cerca a mi mujer y yo estaba leyendo en el sofá. Lo tenía todo; ya no podía pedir nada más». Pero aquello, él lo sabe, ya no volverá.
Quien tampoco regresó aquel domingo de abril de 2008 fue Enrique Ruiz. Tenía 16 años y esa mañana viajaba en moto de Valencia a Xirivella para jugar su partido de fútbol semanal. Era delantero del Xirivella juvenil y ese día le tocaba enfrentarse al Barrio de la Luz. Pero no llegó al partido. Una furgoneta a más de 100 por hora que se había saltado un semáforo en rojo y cuyo conductor hablaba por teléfono móvil se lo llevó por delante en la calle Pintor Maella de Valencia. Enrique falleció en el acto. Y con él murió una parte de su madre separada, Sole Ortega. Ella se hundió. Hasta el punto de no querer besar ya a su otro hijo, de apenas dos años.
Como consecuencia de ello, el pequeño Alfonso dejó de hablar. Y ha necesitado más de 60 sesiones de psicólogo, psicopedagogo y logopeda para recobrar un comportamiento normal. Ha pasado un año y medio del accidente, pero Sole no se quita de la cabeza el mismo pensamiento del primer día: «Pides que te ocurra algo para marchar con él», confiesa.
Eso es, precisamente, lo que quiere evitar Verónica Martínez, una luchadora nata de Burjassot que acude a rehabilitación en la Asociación de daño cerebral sobrevenido de Valencia. Ella también iba sobre dos ruedas cuando sufrió el accidente, muy cerca de la Avenida Blasco Ibáñez de Valencia. Fue por culpa, dice, «de un niñato que iba haciendo carreras con su primo». Pasó 45 días en coma y los médicos pronosticaron que, si salía del coma, iba a ser un vegetal. «Pues debo de ser una guindilla, porque mira si pico…», bromea Verónica.
El asunto, en realidad, no tiene gracia. «Yo tenía pareja, trabajo, estudios y muchos conocidos. Y todo eso se volatilizó aquel día», cuenta. Trabajaba de camarera y venía de aprobar el acceso a la universidad para mayores de 25 años con el propósito de iniciar Arquitectura Técnica. Pero no llegó a matricularse. La carrera que inició fue otra muy distinta: la de lograr ponerse en pie y desafiar el desequilibrio que le ha ocasionado la lesión cerebral. Por casa se mueve con bastón o andador. Para salir a la calle recurre a la silla de ruedas motorizada.
De la silla de ruedas ha escapado Nicolás Torrano, miembro también de la asociación de daño cerebral, que aglutina a 200 socios y atiende diariamente a más de 20 usuarios, la mitad por accidentes de tráfico. Después de las presentaciones, Nicolás advierte al periodista que va a olvidar su nombre. De la misma manera que al principio olvidaba el de sus familiares, el camino de vuelta a casa o por qué iba montado en el autobús. Son las secuelas del daño cerebral sufrido en 1999.
Aunque todos los accidentes arrastran algo de fatalidad, el de Nicolás estuvo especialmente preñado de mala suerte. Acababa de sufrir un pequeño golpe con otro coche. La conductora y él se apartaron a un lado para rellenar el parte de accidente. Al poco, un vehículo se los llevó por delante a los dos. La mujer acabó vegetal. Él se quedó en coma y después logró despertar.
¿Qué ha cambiado en su vida? «Acabaremos antes si me preguntas qué no ha cambiado», responde. Pero lejos de lamentarse, Nicolás da gracias por la segunda oportunidad que le ha brindado el destino. «Es como volver a ser niño. Todo me sorprende. A cualquier avance le doy importancia», cuenta. Y aunque entremezclado de lagunas discursivas fruto de su enfermedad, Nicolás se arranca a verbalizar la idea que mueve su día a día: «Es tan bonita la vida que… —y empieza a divagar sobre aviones, miedos, el Concorde, una isla cercana que es Ibiza y cuyo nombre no recuerda, los abogados, la Facultad de Derecho— … a ver dónde quiero llegar… —más dispersión— … lo que quiero decir es que amo tanto la vida que temo perderla», remata Nicolás.
Un proyecto truncado
«Que sepa que su marido ha muerto». Con esta frialdad le comunicaron por teléfono a Mari Luz Bolinches el accidente mortal de su esposo, Josep Constantí Gómez. Había nacido en Paiporta 43 años atrás, era funcionario de Justicia y, después de conseguir el traslado, le quedaban unos días para abandonar Tenerife y regresar a Valencia. Ya tenían los billetes de avión, una casa nueva en Alberic y un proyecto de vida por estrenar. Todo se truncó en aquella curva tinerfeña. Josep murió en el acto tras un choque frontal y su cuerpo tuvo que ser excarcelado del vehículo. Mari Luz se mudó a Vinalesa con su hija para estar cerca de su familia y allí se convirtió automáticamente en «la viuda». «La gente te estigmatiza y tu vida da un giro copernicano», cuenta con una amargura inevitablemente contagiosa.
El 6 de diciembre se cumplirá el primer aniversario. Mari Luz aún asiste a un taller de duelo para «canalizar toda la rabia y la ira» que almacena porque le hace «mucho daño». Su hija Paula, de sólo nueve años, va al psicólogo. De vez en cuando, la niña repite una frase que hace llorar a su madre: «Me gustaría que estuviera papá para que me cogiera en brazos». Pero ya no habrán más abrazos.
Ni Mari Luz ni ninguna otra persona se ha dejado entrevistar para dar pena ni suscitar una misericordiosa lágrima. Ya las han derramado todas. Si han aceptado remover sus fantasmas y mostrar sus flaquezas emocionales ha sido por una sola razón: lanzar un mensaje que todos repiten y que Grego sintetiza. «Cuando salimos a la calle con el coche no somos conscientes de que llevamos un arma en la mano, como quien lleva una pistola con el dedo puesto en el gatillo. Y que cualquier distracción o imprudencia puede hacernos disparar». El móvil, el alcohol, el cinturón, el casco, un semáforo, la velocidad. Todo, en un solo parpadeo, se puede truncar.
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