CINE
Pobreza

Chabolistas del siglo XXI

Decenas de familias gitanas ocupan casas abandonadas en distintos barrios de Valencia - Su forma de vida tradicional está en el origen y el problema de la crisis es el agravante

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Algunas de las viviendas ocupadas por estos nuevos chabolistas están situadas junto a monumentos de la ciudad y organismos públicos, lo que no significa que las administraciones competenetes tengan una intervención más decidida. En la foto aparece Antonio junto a su fugoneta y sus enseres personales delante de una de las torres de San Miguel de los Reyes. El otro grupo de vecinos entrevistado ha fijado su residencia junto al Centro Juvenil de Orriols.
Algunas de las viviendas ocupadas por estos nuevos chabolistas están situadas junto a monumentos de la ciudad y organismos públicos, lo que no significa que las administraciones competenetes tengan una intervención más decidida. En la foto aparece Antonio junto a su fugoneta y sus enseres personales delante de una de las torres de San Miguel de los Reyes. El otro grupo de vecinos entrevistado ha fijado su residencia junto al Centro Juvenil de Orriols. levante-emv

JOSÉ PARRILLA VALENCIA La desaparición de los poblados chabolistas entre los últimos años ochenta y los primeros noventa permitió albergar la esperanza de que este estigma social pasara a la historia, pero veinte años después y ya en pleno siglo XXI, el movimiento pervive, disperso en la ciudad, invisible al gran público, pero conceptualmente idéntico. No hablamos de inmigrantes o pobres sin techo. Tampoco del movimiento okupa o antisistema. Hablamos de esas familias, gitanas en su mayoría, que han hecho de vivir en casas abandonadas, en la calle y al margen de todo control oficial, su modo de vida. En el origen de todo está la marginación endémica que padecen y como agravante de última hora se ha sumado la crisis que todo lo inunda.
Seguro que al ver este reportaje muchos de los lectores identificarán algún caso como el descrito. Para este periódico, desde luego, no ha sido difícil encontrarlos, aunque sí hablar con algunos de ellos. La persecución a la que han sido sometidos históricamente los ha marcado para siempre.
A una de estas familias la encontramos en unas casas abandonadas junto al monasterio de San Miguel de los Reyes. Allí viven dos núcleos familiares con varios niños. Al abrir la puerta principal, sujeta con una silla estratégicamente colocada por el interior, parece que hay alguien dentro. La televisión está funcionando, en la mesa hay restos de comida, las camas están deshechas, una pequeña bañera de bebé tiene agua y en el patio trasero hay ropa tendida. Pero no encontramos a nadie. Fue al dar la vuelta por la parte de atrás cuando descubrimos a Antonio y a Carmen. También a un hijo suyo de 15 años que en plena hora escolar dormía en un voladizo de no más de seis metros cuadrados.
"La que viven en la parte de delante es nuestra hija y sus cinco niños, y nosotros estamos aquí", nos explicó Antonio, de 50 años de edad. Él tiene un piso en propiedad, pero ahora lo ocupa otra de sus hijas casadas -en total, Carmen parió a nueve- y ellos empezaron a mudarse a esta nave "porque comprar una planta baja es imposible y en el piso no podiamos meter la chatarra".
Ahora, como hay que cuidar el botín que amasan con la furgoneta -unos 100 kilos de hierro cada dos o tres días-, han terminado por instalarse allí e incluso dormir de noche para que nadie les robe. La mujer y los dos hijos que tienen con ellos, el citado adolescente de 15 años y otra niña de 11, se va a dormir al piso, pero "yo me quedó", dice.
La luz la cogen de la red general y el agua la presta un almacén de construcción que tienen enfrente. Luego, ellos ponen una cocina de gas, unos jergones, una mesa camilla y un sillón. Y con eso se arreglan. El perro y los pájaros son su compañía.

Sin trabajo desde siempre
Al preguntarle por qué ha optado por este modo de vida, su respuesta en tan clara como consabida. "Yo llevo once o doce años apuntado al paro y no me dan trabajo. He ido a mil entrevistas y cuando ven que soy gitano y que no tengo estudios me dicen que ya me llamarán", cuenta. "Ahora por si fuera poco me piden 650 euros por el seguro de la furgoneta y yo no los tengo, así que ahí está parada sin poder trabajar", añade.
En su opinión, "lo que tiene que hacer el Gobierno es darnos casas y trabajo, que todo se lo están llevando los inmigrantes", un discurso que Carmen interrumpe tapándole la boca para que no diga nada que pueda perjudicarles. Ella, en realidad, no está cómoda con esta entrevista. La dueña de la casa ya les ha puesto una denuncia y está asustada.
Al otro lado de la carretera, ya en el barrio de Orriols, hay otro grupo de viviendas abandonadas en las que residen varias familias, también gitanas. En total viven entre 30 o 40 personas, una docena de ellos niños que van bien vestidos y acuden a diario, o eso dicen, al colegio Miguel Hernández, del que están a apenas 50 metros.
Al llegar, un grupo de hombres, algunos almorzando un bocadillo sentados sobre garrafas de agua, piden dinero a cambio de hablar. Luego, al ver frustradas sus intenciones, optan por marcharse y no hacer declaraciones.
Salen entonces las mujeres, más preocupadas por lo que pasa. "Nosotros estamos aquí porque no tenemos dónde ir", dice Amparo, que vive con sus padres, sus hermanos y su abuela. "No tenemos trabajo ni casa y aquí nadie nos hace caso", asevera.
Aunque pasar al interior de la casa, en la que llevan varios años, resulta imposible, su corta narración dice mucho de cómo están las cosas. "Luz no tenemos -explica- y el agua nos la dan aquí atrás en un taller".
Es una hermana, que tiene un piso en las proximidades, la que da más datos. "Están en esta casa porque no tienen dónde ir -cuenta-, pero ahí no se puede estar. Cuando llueve entra el agua por todos sitios, eso es un parral. La mayoría de las veces me tengo yo que llevar a los niños para que no se mojen", dice.

El sueño de un piso
En condiciones parecidas están en una tercera zona de casas ocupadas localizada por este periódico justo enfrente de la nuevo hospital La Fe. En esta ocasión encontramos a dos jóvenes sentados al sol y a Joaquín Cortés Santiago, pastor evangelista y patriarca del clan, que en ese momento salía de la casa para darles a probar unas aceitunas que estaba endulzando.
"Esta casa la van a derribar el año que viene, pero mientras tanto el dueño nos deja estar aquí a estas tres familias", cuenta. Como las anteriores, no tienen ni agua ni luz. El agua la cogen de una fuente cercana y la luz la producen ellos mismos con un pequeño generador de gasolina. "Para una nevera y una televisión es suficiente", dice.
Como los anteriores, su actividad principal es la recogida de chatarra, aunque esporádicamente se dedican también a vender en un mercantivo o a trabajar para Fomento. Según dice, "estamos dos meses en la obra y luego nos llaman otro poco tiempo. Así vamos".
En este caso, no obstante, el anhelo de una casa parece algo más fuerte, pues no quieren seguir calentando agua para lavar a los niños pequeños en un pozal, ni mojarse cuando llueve, ni hacer la vida en medio de una huerta amenazada.
"Nosotros lo que queremos es un piso", dice Mercedes irrumpiendo en la conversación. Con sus cuatro garrafas en la mano lista para ir a la fuente, confiesa que un piso es su "sueño inalcanzable". "Llevo toda la vida viviendo de agujero en agujero y yo creo que ya está bien. Hace 16 años que me apunté para una vivienda y todavía no me han dado nada", cuenta con vehemencia. Mejor dicho, le han ofrecido alguna en un pueblo fuera de Valencia y la ha rechazado, algo que ahora se pensaría dos veces.
Para tratar de calmar los ánimos, Joaquín abandona el discurso de pobre y toma el de predicador evangelista. "No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita", dice, aunque admite que "la vida va cada vez a peor". "Vamos al caos", sentencia ante el desconcierto del resto de familiares.
"Los gitanos estamos peor que nunca"
"Los gitanos estamos peor que nunca". Con esta frase resume Juan Roige, "Tío Juan", la situación del pueblo romaní de Valencia, que, según dice, está siendo el más perjudicado por la crisis. Para explicar esta situación, Juan se remonta unos años atrás. "Mucha gente que era chabolista hace años consiguió una casa, pero como trabajo nos les dan, no pueden pagarla", explica.
Esa situación, además, se sigue reproduciendo en la actualidad. Hace unos días, sin ir más lejos, detectaron un caso de una joven gitana que estaba embarazada y con la gripe A. Según el Tío Juan, ellos han intervenido y han conseguido que le den una vivienda, pero "¿y pagarla?", se pregunta. La consecuencia inevitable es la marginalidad, irse a casas viejas o pasar por los supermercados para ver que hay, porque "si tienen cuatro o cinco hijos y no hay trabajo para nadie ¿qué quieres que te diga?"
Para el representante de los gitanos en Valencia la solución es una mayor implicación de las administraciones públicas con el colectivo. "No queremos premios, queremos acciones, que nos apoyen como han apoyado a los inmigrantes para encontrar casas y trabajo, porque ahora apoyan a cuatro asociaciones y no dan ni para pucheros".

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