PACO CERDÀ VALENCIA
Faltan pocos minutos para la medianoche. Un termómetro de la Gran Vía Fernando el Católico de Valencia marca cuatro grados. Enfrente, las luces navideñas de Nuevo Centro son atravesadas por una fina e incesante lluvia. La noche, desapacible, ha vaciado el asfalto de coches y peatones. Nadie quiere salir de casa. Pero algunos no tienen más remedio. Ni tienen casa ni albergue en el que hospedarse. Son indigentes y el frío de esta noche, la del lunes al martes, les empuja a salir del parque y buscar un refugio. Dos estaciones de metro, la de Turia y Colón, han sido abiertas para dar cobijo a los sin techo. Y allí, al subsuelo de Turia, ha llegado Nito Constantin para pasar la noche más fría del otoño.
Nito es rumano y sólo tiene tiene 33 años y una maleta azul con todas sus pertenencias. Dormía en un parque próximo hasta que la policía lo echó. Luego se mudó al cauce del río hasta que volvió a ser expulsado. Esta noche ha bajado al metro porque "hace mucho mucho frío y fuera está lloviendo", cuenta. Mientras se prepara el lecho (un par de cartones y una manta azul junto a la máquina expendedora de billetes), Nito Constantin cuenta que las cinco piezas de ropa que viste de cintura para arriba las ha recogido "de la basura". "Hoy he comido en la Casa de la Caridad y normalmente sólo como una vez al día", asegura en un mal castellano. Ha trabajado en los invernaderos de Almería y en la mandarina de Alberic, pero lleva meses sin empleo y "sin dinero". "¿Tú me puedes dar trabajo?", pregunta Nito antes de acabar la conversación.
Pero como repite hasta la saciedad Maurice, "no hay trabajo, no hay, no hay". Maurice es búlgaro, tiene 44 años y esta noche también la pasará en la estación de metro de Turia. "Arriba mucho frío. Día bien, pero noche mucho problema", explica. Llegó a España hace un año. En su tierra era pastor de ovejas. En la Comunitat Valenciana ha recogido naranja en los campos de Cheste y ha vendido chatarra. Pero ahora, masculla, "trabajo no hay, no hay". Maurice descarga su mochila-casa, monta su cama de cartón junto a la de Nito y, en pocos minutos, cae dormido.
Durmiendo en la calle
A la salida del metro, las luces de Nuevo Centro han dejado de brillar. Sólo se ve el cartel de El Corte Inglés y su lema navideño: "Este año te lo mereces". De camino a la estación de Colón, la radio repite machaconamente los cortes de carretera y las incidencias del temporal. Nada de ello asusta a José Luis Gómez, que esta noche -como todas desde hace 21 años- va a dormir en la calle. Lo hará en su sitio: a las puertas de una inmobiliaria de la calle Colón y en compañía de su perro Isaac. Aunque la tiene a escasos cien metros, José Luis se niega a bajar a la estación de metro de Colón, que se ha quedado vacía. ¿Por qué no baja? "Porque una vez, yendo en tranvía de Pont de Fusta a Doctor Lluch a por la metadona, los guardias jurados me pegaron. Y yo ahí no vuelvo a bajar", afirma.
Mientras se arregla un bocadillo con ocho salchichas frankfurt y un poco de queso casi a la una de la madrugada, José Luis cuenta que es toxicómano y que sufre "esquizofrenia, psicosis paranoide y trastorno de la personalidad". Él arremete contra los albergues para pordioseros. "Son peor que estar aquí. Porque lo que yo no quiero -suelta de un tirón- es que me quiten mi dignidad, mi honor, que todavía me queda, que me quiten mi vergüenza, que me humillen, que vejen contra mí, que me discriminen, que me traten como un perro y que me quiten la libertad por un techo". Eso le preocupa mucho más que el frío de esta madrugada de estaciones abiertas e indigentes en busca de cobijo.