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PACO CERDÀ VALENCIA
Cada mañana, al despertar, Verónica Taravilla recuerda el día en que la lotería de Navidad dejó 13,8 millones de euros en su oficina de trabajo. Ocurrió el año pasado. La editorial jurídica CISS, de Valencia, jugaba en el sorteo con décimos del 78400. Fue el segundo premio y la suerte acarició a la plantilla entera, más de un centenar de empleados. Tocó a todos menos a Verónica, la recepcionista, y a otro compañero. Para compensar el infortunio de ambos, los trabajadores de CISS hicieron una colecta solidaria y les regalaron un cheque. Verónica se lo gastó en una vieja ilusión: operarse de la vista y quitarse la miopía. "Gracias a ello he vuelto a tener la sensación de, cada mañana, despertarme y poder ver con nitidez, como cuando era niña. Todavía les estoy muy agradecida", cuenta. El resto de trabajadores se llevaron 100.000 euros por décimo. Amparo Maroto tenía uno. Su ejemplo hace añicos el tópico del agraciado en la lotería: ni se cambió el coche, ni viajó por el mundo ni se mudó a otra vivienda. "Lo guardé todo en el banco y me está rentando 400 euros mensuales, que me vienen estupendamente", afirma. Su compañera Rosario Torromé, que ganó 66.000 euros, sí que fue de viaje a París y de crucero a Grecia. También rebajó la hipoteca del piso y el resto lo ha guardado "para tener un respaldo por si vienen mal dadas".
Aquel golpe de suerte provocó dos cambios en la empresa. Primero, que CISS se haya convertido en un extraño microcosmos ajeno a la crisis. La empresa no ha despedido a nadie y todos los empleados tienen las espaldas bien cubiertas. El segundo cambio lo desvela Rosario: "¡Nos hemos vuelto ludópatas!". "Antes -explica- comprabas lotería casi por obligación. Ahora, en cambio, quieres comprar más y pasan cosas extrañas". Cosas como, por ejemplo, que algunas empleadas se fijaran en el código de barras inscrito en las gafas de una compañera y sintieran la corazonada de que aquel número podía tocar. Tras algunas pesquisas, localizaron el número en una administración de Palma de Mallorca y el billete ya está en sus bolsillos. "Además, como en Palma ha ocurrido este año una desgracia [dos guardias civiles asesinados por ETA], pues eso dicen que da suerte", añade Rosario.
Los empleados de CISS fueron los triunfadores valencianos en el sorteo de 2008. Un año antes, en 2007, los focos recayeron en Alzira. Un quinto premio del 52238 dejaba 2,9 millones de euros en la capital de la Ribera. Rafael Piera, que en su bar Barraca Park repartió "120 millones de pesetas" y que aquel 22 de diciembre aparecía exultante ante las cámaras entre el cava y sus cinco décimos, lo ve ahora desde otra perspectiva. "Fue mucha alegría, pero en realidad no era para tanto. Tocaron 5.000 euros por décimo, y eso da para unas buenas Navidades y algunos regalos más de lo habitual. Nada más", reconoce Piera.
Onil: la "lotería misteriosa"
Otra falsa apariencia fue la del Gordo de 2006. En Onil, el pequeño pueblo juguetero de l'Alcoià, se vendieron 15 series del primer premio. En total, 45 millones de euros. "¡Un millón de pesetas por vecino!", exclamaba aquel día su alcaldesa. Podía imaginarse una transformación de la localidad similar a la que experimentó Genovés tras el gordo de 1996, que aceleró el desarrollo urbanístico del municipio y llenó las calles de Mercedes, Audi y todoterrenos tras caer más de 2.000 millones de pesetas entre sus 2.300 vecinos. O como en Almoradí, donde llovieron 93 millones de euros del tercer premio en 2004. Allí, "los concesionarios de vehículos, las tiendas de muebles y los promotores inmobiliarios lo notaron mucho en los meses siguientes, y ayudó al crecimiento urbano de la localidad", recuerda un lustro después su alcalde, Antonio Hurtado. Pero nada de eso ha sucedido en Onil.
Tres años después todavía se la conoce como "la lotería misteriosa", en palabras de su alcaldesa, Elisa Ribera. "Nunca supimos a quién le tocó. Sólo conocemos a tres o cuatro agraciados, pero del resto, nada. No ha salido la gente. Dicen que si un camionero compró la mayoría de los décimos. El caso es que en el pueblo no se ha notado para nada. Fue muy raro", zanja la regidora.
Donde sí se notó fue en la administración de lotería "La Década" de Onil. Tras repartir en dos meses 15 series del gordo, una primitiva de 400.000 euros y un Euromillón de 60.000 euros, "en las siguientes Navidades se agotó toda la lotería", recuerda la propietaria de la administración, María Teresa Doménech. "Eso sí, la fama sólo duró un año. Al año siguiente volvimos a vender igual que siempre y este año estamos sufriendo por la crisis", asegura la lotera.
La fama de la buena suerte vive su auge en la administración de lotería de Altura (l'Alt Palància). El año pasado repartió 4,5 millones de euros del quinto premio y la suerte alcanzó a casi todo el pueblo en papeletas de 600 euros. Este año, cuentan desde la administración de lotería, visionarios y supersticiosos de toda España les han encargado lotería por correo. De Las Palmas de Gran Canarias, Cambrils, Amposta, Torrejón de Ardoz, Arteixo, Pamplona, La Rioja, GranadaÉ Todo, por haber repartido un quinto premio. La verdadera suerte, desde luego, es para aquellos que la reparten.
Precisamente en esos décimos viajeros que azarosamente cruzan España le llegó la suerte en 2006 a Alberto Aparicio, de Enguera. Aficionado a comprar lotería forastera, Alberto le encargó un décimo a unos amigos del pueblo que viajaban a la localidad hispalense de Santiponce. El décimo en cuestión, el 20297, acabó siendo el gordo y reportando a su dueño 300.000 euros. Alberto sería el paradigma del afortunado en el sorteo. ¿Tanto ha cambiado su vida? "Pues no", responde. Él sigue trabajando en las brigadas forestales de Enguera, como antes, y únicamente se permitió el "capricho" de comprarse un Jeep Cherokee. "Yo sigo igual. Guardé la gran parte del dinero y ahora sigo llegando justo a final de mes, aunque detrás tengo un colchón". Ese respaldo psicológico es "lo más importante", asegura. Pero en el día a día, aparte de comprar algo más de lotería para Navidad, Alberto no ha notado diferencias, pese a la creencia popular.
PremiadosÉ y ahora en paro
Si no hay vuelco vital con los décimos del gordo, menos probabilidades de cambio radical existen con los premios menores. Son testigos en la falla Montortal-Torrefiel, de Valencia. El 28150, segundo premio del sorteo de 2005, repartió 130 millones de euros entre los falleros y sus allegados. Fueron portada de Levante-EMV y coparon los informativos autonómicos. Gracias a la lotería que se había quedado la propia comisión, la falla pudo cambiar de casal y estrenar uno nuevo insonorizado, conservando el antiguo como almacén y oficinas, explica el presidente de la falla, Manuel Ferrer. Pero los réditos de la lotería no son eternos; más bien pasajeros.
Cuatro años después, de hecho, hay falleros de Montortal-Torrefiel inmersos en la actual crisis. Como Jordi Barberà. Con los 72.000 euros que recibió, su familia se mudó a un piso mejor de Paiporta y se permitió un viaje a Costa Rica. Pero en 2007, Jordi perdió su empleo en el almacén de papel en el que trabajaba. Ya se le ha terminado el paro y, a sus 53 años, sigue peleándose con los currículos y las ofertas laborales. "La verdadera suerte gorda para mí sería ahora encontrar trabajo", dice.
Lo mismo piensa María José Albors, compañera de falla y agraciada con 24.000 euros. Está en paro desde agosto y, gracias al colchón lotero, admite que no lo está pasando mal. "La lotería ayuda, pero no te soluciona la vida", afirma. "Te permite tapar agujerillos, que no agujeros", añade Juan Carlos Pérez, también fallero de Montortal-Torrefiel que ganó 84.000 euros.
Él sigue trabajando como técnico de mantenimiento en la sala de calderas y máquinas de la fábrica de cervezas Damm, en el Puig. Y aunque el martes se repitan en algún punto de España las imágenes de cava por el aire, efusivos abrazos y congas entre desconocidos que agitan décimos premiados, Juan Carlos Pérez intenta enterrar los prejuicios y poner las cosas en su sitio. "Lo importante -asegura- es tener trabajo y conservarlo cada mes. Ésa es la mayor lotería que le puede tocar a uno". O al menos, el último consuelo, junto con la salud y el amor, para los desafortunados en el sorteo más esperado.
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