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RAFAEL BRINES VALENCIA
Hoy, 22 de diciembre, es el día en que prácticamente toda España estará -y ha sido así desde los tiempos de Esquilache- pendiente de que los niños de San Ildefonso emitan las voces con los números agraciados y la cuantía de los premios. Dentro de unas horas, la gran mayoría verá desilusionada que los bombos no han estado atentos a los números de casi todos, y correrá de nuevo la gracia del día de la Virgen de la Salud, por aquello de "salud que tengamos".
Para la confección de los periódicos es importante conseguir la lista de premios pronto y así poder lanzar una edición especial vespertina con la reproducción de los números. Era una costumbre, hace medio siglo, que los tres diarios que existían entonces en la ciudad se pusieran de acuerdo y contrataran a un motorista diestro en el manillar, el cual recogía en Madrid, en el momento de grabarse la lista oficial, y efectuaba el recorrido de los 350 kilómetros -con cuestas de Contreras incluidas- para que Levante, LasProvincias y Jornada tuvieran a tiempo el listado que ansiaban ver los lectores.
El motorista se acabó con el paso de la década de los cincuenta a los sesenta del siglo XX; y es que entonces ya se había instalado el "telefoto", las fotografías de fuera llegaban en sobre, y la propia lista empezó a recibirse a través del aparato telegráfico; pues la relación que antes se podía recibir por teletipo había sido tomada "al oído" y no ofrecía garantías.
Un problema al recortar
Quien esto firma es testigo de una anécdota que ocurrió en esta casa -bueno, entonces Levante se hacía en la calle del Pintor Sorolla-, con motivo de la lista conseguida por el telefoto. Y fue que había que recortar para ajustar sus columnas al periódico. Y se produjo el incidente: cortando y recortando, se perdió un pedazo de esa lista; y hubo agraciados que perdieron su oportunidad, pues algunas decenas y centenas no aparecían en las páginas.
Afortunadamente, el ingenio de aquel inolvidable director, Adolfo Cámara Avila, salvó la situación; porque algún ciudadano, conocedor del fallo, podía reclamar; pero otros podían decir también que habían roto sus papeletas y exigir sin razón. Y la solución fue esperar unos días y no publicar el error; y quienes de verdad habían tenido esos números y rompieron las participaciones fueron reembolsados por el diario; pero no hubo pícaros que aprovecharan la situación.
Uno más espabilado
Aquí, en Valencia, tuvimos conocimientos de un individuo muy espabilado que vivía de la lotería, pero en sorteos no tan señalados como el de Navidad y el del Niño, pues en éstos muchos ciudadanos estaban pendientes de la radio y sabían cómo terminaban los números agraciados con los primeros premios.
Este ganapán aprovechaba que, aunque durante la mañana de los sorteos las administraciones no pueden vender décimos, él tenía un corresponsal en Madrid que si el Gordo era extraído muy pronto en un sorteo del resto del año, le llamaba en seguida por teléfono y le daba la cifra final. Con ese dato, el pícaro de Valencia empezaba a recorrer administraciones por diversos barrios y pueblos, y solicitaba billetes que acabaran igual que el número premiado, dato que el empleado de la ventanilla no conocía aún. Pagaba unos dineros que sabía que, por lo menos, al día siguiente recuperaría como reintegro; pero entre todos los décimos así adquiridos siempre tenía alguno que figuraba en la "pedrea", si no con algo mejor.
En fin, disfrutemos hoy con la ilusión de siempre, y, si no... "salud que tengamos".
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