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PILAR G. DEL BURGO VALENCIA
Muchos lo intuían y ayer se confirmó. El trece, la terminación de la suerte de uno de los dos "cuartos premios" del sorteo de Navidad, acreditó ayer su leyenda de número mágico. El golpe de fortuna salió de la Administración número 14, encajada entre los muros góticos de la iglesia de Santa Catalina, donde se vendieron 193 series -todas menos dos- del número 29013 que ha repartido 38,6 millones entre comerciantes asfixiados por deudas y a punto de cerrar negocios familiares y parados que jugaron al 13 confiados en el golpe de azar.
Isabel López y Raquel García, las empleadas de la lotera María Victoria Royano, declaraban a primera hora con el rostro estampado de sonrisas que la suerte estaba muy repartida. La calle de la Sombrerería, donde está ubicado el despacho, empezó a inundarse de casualidades e historias de ventura, como la que relataba Miguel Guillot, el presidente de la falla Lope de Vega, a quien le llegaron papeletas y décimos del número afortunado por tres vías diferentes.
La primera porque el 29.013 es el el que juega todas las semanas, la segunda porque compró varias papeletas en la tienda de salazones de Guillermo y la tercera entrada de la fortuna se produjo el domingo, cuando en una comida con amigos y falleros, uno de ellos decidió ir a buscar más décimos de este número, -"que es muy buscado y se acaba enseguida porque acaba en trece"-, y compró otros diez que repartió allí mismo. Curiosamente, los décimos que se llevó fue los que acababa de devolver Guillermo, el de las mojamas y bacalaos.
Miguel, que tiene dos restaurantes, reconoció que se lo iba a gastar todo, "de guardar, ni un euro".
La suerte de este cuarto premio ha sido una bendición para comerciantes de la calle Trench como Arturo Suárez, el dueño de la Ferretería Arvi que había pedido cuatro préstamos para sacar adelante el negocio familiar y que llevaba ocho de los 30 décimos que compró para distribuir entre la clientela. "Hemos tenido un año durísimo, pero esto lo compensa todo", declaraba Mari Carmen, una de las dos hijas. Los comentarios más reiterados eran los referidos a la cuantía del premio: 20.000 euros por décimo.
En la plaza Redonda, los comerciantes levantaron ayer las persianas con otra alegría. "Sí, sí, lo llevo", decían en medio del rugido metálico. José, el de la tienda de bolsos, compró dos décimos la víspera, uno para él y otro y otro para Tomás, el de la cerámica. Fue un pálpito. Su mujer también llevaba papeletas de los salazones. "Nos va a venir muy bien para aguantar los nueve meses de obras que nos quedan, porque llevamos 24 meses así y si no pasa gente, no se vende". Por su parte, las dependientas del Café de Camilo recordaban que esta era la segunda vez que las tocaba. La primera fue un segundo premio en 2005.
Mientras Inma de la farmacia que hay frente a la administración celebraba el regocijo con sus empleados, Manoli González, en paro, lloraba conmocionada a la puerta. Fue una corazonada lo que el día 21 la llevó a comprar un décimo. Cuando la empleada le preguntó: ¿qué numero quieres?, respondió: "El que llevas en la mano"."Acaba en trece". "Justo el que busco".
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