RAMÓN BATALLER SIFRE
PROF. TITULAR DE UNIVERSIDAD
Conocí a Mario Monreal en el Colegio Español de Múnich (años 1959-62), ciudad en la que ambos "ampliábamos", como becarios, nuestros conocimientos. Pronto nos hicimos amigos, con la espontaneidad y facilidad que otorgan una visión similar acerca de la condición humana, basada en el respeto mutuo y el trabajo duro y continuado, así como, en su caso, en la sencillez y humildad espontánea en todos los foros, también con motivo de sus grandes éxitos pianísticos, de los que hemos sido testigos, afortunadamente, en numerosas ocasiones. La última de ellas, aquí, en su querida Valencia, en el Palau de la Música, hace unos pocos días, en que interpretó una pieza (de Saint-Saëns), que yo no sabría justipreciar en su valor intrínseco como mero aficionado que soy, pero en que el público le premió abundantemente con aplausos, que para algunos (para mí, por ejemplo) no podían ser suficientes, ya que su interpretación fue excelsa, apasionada, certera, completa, magistral, porque en ella vació -sin tapujos, pero sin ostentación- lo que tenía Mario de hombre pianista íntegro, fusión de personalidad, apego a su tierra, trabajo sin límites para lograr el objetivo de lo excelso, que en esta materia, como en otras, no es sino hacer de su ejercicio profesional una auténtica pasión. Mi familia y yo no hemos asistido nunca a un concierto de piano de las dimensiones formidables con las que "se despidió" el amigo y maestro valenciano. Descanse en paz.